Es nuestra fiesta (la más hermosa) la que marca el paso de la fértil
primavera al seco y abstracto verano: es una puerta abierta a esa
estación en que la luz, los colores, las sensaciones adquieren una especial dimensión.
Así corona nuestra hoguera una alegoría de la fiesta, ataviada con
sus galas multicolores y rematada por su melena de fuego,
aspirando los aromas de la nueva temporada, dejando tras ella la
feracidad y el vigor impresos en ese despertar a los sentidos
posterior a los rigores invernales. Es un mirar hacia delante sin
volver la vista atrás: el gran secreto de todo buen caminante, es buscar
continuamente el frescor entre los colores y la calidez cuando son los fríos los
que imperan, el descubrir nuevas emociones aún a riesgo de confundir noche
y día, es ese pulso con el tiempo, que todo lo puede y rige, es el ritmo que
marca nuestro paso mientras andamos a la descubierta. Es por ello por lo que
nuestra hoguera mira al futuro: a esa situación que, a pesar de su cercanía,
nos resulta tan desconocida e imprevista quedándonos, sin embargo, un
cierto poso de ilusión que nos da las suficientes fuerzas para enfrentarnos a
lo desconocido: a lo que nos surge todos los días al despertar; la verdad, es
que es un equipaje muy ligero, pero... para qué más?