llibret 2010
José Ferrándiz Torremocha.

ARTICULOS de José Ferrándiz Torremocha.
De la fiesta. COMIENZO Y FIN.
Libro de Oro. Año 1934.

 
La calle, en declive, parece que corre hacia el mar, tendido mansamente bajo el cielo. Dos horizontes tiene la calle, los dos intensamente azules: mar y cielo. El fondo de lo calle, allá donde acaban los edificios a derecha e izquierda, y ya hasta donde muere la visualidad, es un telón sedeño de tonos añiles. Acaba de morir un día y lloran por él los teñidos de la media noche... Se apagan algunos focos y queda la calle en semipenumbra, dentro de un misterio amable. Parece que el telón de fondo se ilumina, porque sobre él se estrellan muchos reflejos.
 
Sobre este telón de fondo se recortan, en esta hora febril de la plantá, siluetas, contornos, actitudes de estos hombres que trabajan en el montaje de la foguera. Cuando más avanza la noche y llegan esas horas de trasgos y duendes, hay un esqueleto inmenso en la calle. La foguera ofrece sus huesos, la tramazón de lo que será monumento bello. Semeja una anatomía fantástica, que comienza por la parte ósea y que espera, para vestir la fantasmagoría de su alucinante esqueleto, las suavidades de formas que soñó el artista, vestidos de cartón y papel, que han de cubrir la vergüenza de sus huesos. Pero, así, en estos primeros menesteres de la plantá, es el esqueleto de la foguera primer plano de esta visión de la calle foguerera.
 
Avanza la noche y, como si le avergonzase a la foguera que el día la sorprendiese en tal estado va cubriendo su esqueleto con paños y esculturas y colores y ornamentos. Cuando el sol asoma su faz de oro por el orto, ya la aguarda la foguera radiante de tonos, acicalada y bonita, sorbiendo sus colores altivos la luz que la envía el astro.
 
Un momento se piensa, viendo esta natalidad de la foguera, en el misterio de la hacia la nada entre chispas y chirridos. El espíritu de la foguera huyó envuelto en el humo de la combustión. Sobre el gayo tapiz del incendio, se recortan, precisos, negros, otra vez, los huesos de la foguera, el esqueleto, aquel mismo esqueleto que noches antes se erguía sobre el fondo de la calle, nuncio de una vida, heraldo de promesas de triunfo.
 
Comienzo y fin son iguales, ambos sobre el mismo fondo, que si esta noche de su muerte es el incendio el horizonte, en aquella otra noche de su nacimiento fue también la fogaratla del amanecer, pródiga de luces y de maravillas, al rondo del magnífico fondo de la calle.
 
En el comienzo había chispas prendidas en el azul del cielo, a uso de luminarias para el momento decisivo de nacer. En este fin, tope de una vida efímera, las chispas de la combustión se van huyendo, hacia arriba, en busca de un lugar en el Firmamento...
 
Un esqueleto fue nuncio de vida y un esqueleto es símbolo, también de esta muerte.