llibret 2008
Ocho décadas de fogueres.

EL PRODIGIOSO NACIMIENTO DE LES FOGUERES.
Vicente Ramos.
Revista oficial de Hogueras de San Juan. Núm. 39, 1978.

 
Una muy honda significación en la historia de nuestra querida ciudad tiene sin duda el año 1928. Entre los acontecimientos que más destacaron a lo largo de sus doce meses, recordaremos -además de la implantación de les fogueres- los que siguen: el Estado hace entrega a nuestra municipalidad del Benacantil, cuyo real decreto firmó el Rey el 4 de octubre; el 10 de noviembre; el sabio filósofo P. Luis Fullana Mira ingresa en la Real Academia Española; la Orquesta de Cámara, dirigida por José Juan Pérez, ofrece su primer concierto público el 6 de marzo en el Teatro Principal; la Central Urbana de teléfonos se incorpora -19 de febrero- a la Compañía Telefónica Nacional de España; el 27 de abril, Alicante rinde homenaje de cariño y admiración a Oscar Esplá; Antonio Torres, gana, para nuestra patria chica el campeonato de España de ciclismo el 22 de julio; y, entre el 10 y el 16 de diciembre, la Asociación de la Prensa brindó una suculenta semana de arroces al ilustre escritor Wenceslao Fernández Flores.
 
Julio Suárez-Llanos Sánchez era alcalde de la ciudad; Pascual Mas y Mas, presidente de la Diputación; Modesto Giménez de Bentrosa, Gobernador Civil, y Militar, Manuel Montero Navarro.
 
Pues bien; aquel año, un vecino de Alicante, José María Py y Ramírez de Cartagena, a quien tanta gratitud debemos los alicantinos, tuvo el mérito, hijo de una lucida observación, de penetrar en el espíritu de nuestro pueblo, y concebir el pensamiento de adaptar las fallas valencianas a la idiosincrasia alicantina. La idea pretendió y consiguió reavivar lo que, agónico, yacía bajo un largo silencio de abandonos, pues, como denunció Rafael Altamira, no se supo mantener “la sustancia de una de las fiestas más significativas y hermosas del año”. Se refería a “les fogueres”, que, secularmente y alimentadas de trastos viejos y “astoretes velletes”, brotaban, legendarias, en calles y plazas entre el estentóreo gozo de la chiquillería y los hábitos casi rituales de los mayores. Con el fuego, se enlazaron prácticas de naturaleza mágica como la de “pendre el ros” o las “festes de carrer”.
 
De tan viejos y alicantinos juegos derivase un rico caudal de canciones, como, por ejemplo, las tan conocidas:
 
“Tres pardalets, una moneta,
d’eixos que van en bisicleta,
¡Chiquets, ploréu,
que pardalets tindréu”.
 
“Nanos i chagans,
xicotets y grans,
quant siguem fadrins
tots serem iguals”.
 
Abundando en esta entrañable raigambre popular, asiento de un saber con trascendencia, escribió Rodolfo Salazar que nuestras fiestas “son la dignificación de todo un pueblo; la manifestación de su cultura; la exteriorización de su espíritu, siempre afanoso de superarse”.
 
De no ser así, ¿cómo explicar la fervorosa participación en la fiesta tanto del pueblo como de sus intelectuales y artistas? ¿No dijo Rafael Quilis Molina, durante aquellas primeras y enfebrecidas jornadas aurolares, que “nos estamos esforzando por hacer revivir nuestra tradición?”. Pues, allí, junto al pueblo, entre el pueblo, vemos, gozosos, a Rafael Altamira, Rodolfo Salazar, Francisco Figueras Pacheco, Angel Pascual Devesa, Víctor Viñes, Eduardo Irles, José Guardiola Ortiz, Lorenzo Aguirre, Emilio Varela, Daniel Bañuls, Gastón Castelló, y tantos otros que oficiaban, exultantes y fraternos, en la “liturgia de les fogueres”, con palabras de Miguel Juan Gozálbez. Toda aquelIa vasta y profunda sentimentalidad no tardó en convertirse en himno. Me refiero, claro es, al pasodoble Les Fogueres de San Chuan, de Luis Torregrosa con Ietra de José Ferrándiz Torremocha:
 
“Ya s’alsen les flames camí del sel,
i ronquen les traques al seu content;
com si foren estreies del firmament,
esclaten les bombes formant dosel”.
 
José María Py comunicó el proyecto a sus íntimos amigos Julio Guillén Tato, Roberto Torras, Elier Manero, Manuel Pérez Mirete, Manuel Arques Such, quienes, con Ferrándiz, Moscoso y Ayela, acogieron la iniciativa con verdadero entusiasmo “Y enredé la madeja -escribió Py en La Voz de Levante, de 22 de junio de 1930-, y la bola de neve creció. Y, a fuerza de incansable organización y sacrificios, de lucha tenaz y persistente, conseguí, mejor dicho, hice conseguir al pueblo alicantino el éxito del primer año, obra que fue de sólo tres meses”.
 
Glosando tan rápida aurora festera, Manuel Arques Such dijo en 1931: “El pueblo -este pueblo bueno- quedó como atemorizado ante lo que había hecho. Daba la sensación de un niño que cree haber cometido un pecado ¿Pero, era posible?”.
 
Es, pues, evidente que, con las primeras “fogueres” Alicante experimentó una íntima conmoción vital, ya que, como acertadamente supo definir Francisco A. Segrelles Ñíguez, “la foguera, aun después de la cremá, sigue siendo durante lodo el año el fuego sagrado de nuestro alicantinismo. Ese alicantinismo artista que supo concretar en una bella fiesta aquella clásica costumbre levantina de prendre el ros les vespres de San Chuan y San Pere”.
 
La conjunción de lo popular y lo artístico -síntesis que únicamente se logra cuando el arte revela el alma del pueblo- tipifica aIicantinísticamente la fiesta sanjuanera. Fue este sentimiento el que movió a Manuel Arques Such a proponer la creación, en la actual plaza de Gabriel Miró, de un “Jardíin de los artistas alicantinos”.
 
Si Torregrosa y Ferrándiz nos legaron los himnos de la foguera y de la Bellea, Emilio Varela y Daniel Bañuls consiguieron llegar a la cumbre expresiva, en lo plástico, de la vinculación pueblo-arte, al realizar, en el barrio de Santa Cruz, su foguera Ensómi del bon aIicantí. Este memorable acontecimiento se dio en junio de 1934. La hoguera sencilla y bellísima, suprema encarnación folklórica del espiritu aIicantino, tuvo su voz adecuada en los emotivos versos deI Romans del bon alacantí original de Eduardo Irles:
 
“En tartareta de fira
munta el bon alicantí.
Fragancies de mar y alfábega
embalsamen el matí.
Colomets blancs en el cel
ran revols de querubí”.
 
Tal es la maravillosa confluencia de estos tres factores -fiesta, pueblo y arte-, resuelta en la encantada y encantadora realidad de les fogueres. Júbilo, en suma, del vivir de un pueblo, de nuestro pueblo. que sabe, dicho en palabras de Rafael Altamira, “reflejar el entusiasmo de la colectividad alicantina entera, la que aquí vive y la que fuera de aquí siente en alicantino, al que ningún miembro de ella queda insensible, y que, con eso, se eleva a la más alta categoría de la manifestaciones sociales”.
 
Y, con respecto a José Maria Py y Ramírez de Cartagena, a quien los alicantinos le eberemos siempre cariño y gratitud, digamos que supo manifestar en verso su amor a Alicante ya la fiesta fogueril:
 
“¡Foguera de Sant Chuan!
¿Es extraño que te quiera?
Si a mi humilde iniciativa
todo un pueblo se desvela
por engrandecer tu nombre,
y parece que despierta
de una paz octaviana
trocando en luz las tinieblas
por el nombre de Alicante,
del Mediterráneo perla,
un pueblo que tanto amo...
¿Es extraño que te quiera?
Si en tí se unieron el arte,
pintura, escultura bella,
arrolladas por la musa
y de acordes suaves llena,
entre el bramar de las tracas,
trons, piules y cantarellas,
cantares a tí alusivos
con alegrías bullangueras,
Alma de un pueblo que amo,
¿Es extraño que te quiera?".