llibret 2005
Cuarto centenario de "El Quijote".

NUESTROS CASTILLOS. SANTA BARBARA Y SAN FERNANDO.
 
Su construcción fue el fruto de una sociedad que se ha ido transformando a lo largo de los siglos y que ha conseguido convertir una obra humana en un patrimonio histórico-monumental de todos, que hoy constituyen casi nuestros únicos ambientes de relación capaces de equilibrar los duros lenguajes constructivos y especulativos de nuestra ciudad de Alicante.
 
Estado en que se econtraba la entrada del castillo de Santa Bárbara
en los años veinte del siglo pasado
 
En origen, la escarpada orográfica del monte Benacantil sirvió para abrigar y proteger en su cima a una población inicial de marineros y piratas norteafricanos que se instalaron en sus faldas. Su altura, reforzada por unas leves defensas constructivas, permitió al gobernador al-Sayj al-Aslami oponerse al futuro califa Abd al Rahman III en el año 924.
 
    
Personas viviendo en el interior del castillo cuando se instaló en él un asilo de mendigos, en los años cuarenta.
 
De esta primera oposición del pueblo contra el Estado, se pasó a ser un pacífico y dinámico puerto comercial, defendido por su eminente castillo, al servicio de los distintos señores Tarifas del siglo XI hasta llegar a la primera mitad del siglo XIII en el que Alicante se convirtió en el puerto franco de la emigración musulmana, temerosa de la represalia de los conquistadores cristianos.
 
Restos del aljibe y del pozo del primer recinto, y panorámica del
puente que da acceso al macho del castillo, después de la guerra civil.
 
La historia se repite y la ciudad será a lo largo de su historia más puerta de salida que de entrada, de poblaciones y culturas expulsadas y castigadas al exilio las cuales lo último que vieron de la península fue, sin lugar a dudas, el perfil altivo de la enigmática “Cara del Moro’ del Castillo de Santa Bárbara.
 
 
             
El torreón como de la “Torreta” con su fosa excavada en la roca y el puente que da acceso al primer recinto, en plena
década de los años sesenta y fachada norte del cuartel de tropas y restos de la antigua ermita de Santa Bárbara.
 
Si el castillo de Santa Bárbara fue el origen de la actual ciudad, el castillo de San Fernando tiene el orgullo de ser quien le dio la vida a Alicante; es decir, de sus entrañas manó el agua que abasteció a gran parte de su población hasta bien entrado este siglo. Y así lo recoge la leyenda de la fuente de Santa Ana, la cual brotó al golpear la tierra el mismo D. Alfonso el Batallador.
 
El castillo de San Fernando cuando en los años cuarenta se le dotó de una agradable
y recordada pérgola que venía a sustituir su cora de cañoneras.
 
Cuando la ciudad había crecido y presumía de un hermoso cinturón de murallas, el peligro de la invasión de las tropas francesas a principios del siglo XIX fue la razón por la que se creyó prudente y necesario reforzar sus defensas con la construcción de este impresionante fuerte, pero de corta vida pues quedó inutilizado por la debilidad de sus cimientos a los pocos años de su construcción.
 
    
Vistas del recoleto parque que la ciudad de Alicante erigió en los años treinta a la memoria del Dr. Rico.
 
Inútiles y quizás avergonzados por servir de prisión y suplicio de liberales en el siglo XIX, estos castillos pasaron a convertirse en patrimonio de la ciudad que durante tantos siglos defendieron, siendo hoy una inapreciable legado lúdico-paisajístico para sus ciudadanos.
 
Ladera de las cuevas, a las faldas de la antigua escuela de magisterio y ahora
escondida tras los muros del instituto Miguel Hernández, en el barrio de San Blas.