llibret 2000
IV Centenario de D. Pedro Calderón de la Barca.
VUELTA A LOS ESCENARIOS.
Luciano García Lorenzo. Profesor de investigación del CSIC.
Utilizado con fines políticos por el primer franquismo, Calderón ha revivido en España a partir de 1981,
con nuevos directores y compañías que han devuelto al público el placer de los clásicos.
La presencia de nuestro teatro clásico en la escena de las últimas décadas ha pasado
de la instrumentalización política a la recuperación del placer estético, aunque la
valoración completa del conjunto es labor aún pendiente. A muy grandes rasgos se
podrían establecer dos períodos: uno primero, en tonos grises o pardos, que iría desde
los años cuarenta hasta finales de la década de los setenta; y uno segundo que arranca
de la temporada 1980-81, en la que se conmemoraba el tercer centenario del
nacimiento del escritor, y llega hasta el presente.
En los años cuarenta y cincuenta, el teatro clásico era esencialmente un hecho cultural
minoritario, en espectadores y número de funciones, aunque artísticamente era lo
mejor que se presentaba en los escenarios, ya que contaba con mayores medios que
cualquier otra parcela escénica. También se pretendía, y en no pocas ocasiones se
lograba, que fuera un instrumento de propaganda política, de didactismo interesado, de
adoctrinamiento y vehículo de unos valores, nacidos desde arriba e impuestos con
diversa fortuna. Torcuato Luca de Tena, Luis Escobar, Huberto Pérez de la Ossa, José
Tamayo o Alberto González Vergel llevaron a cabo montajes de obras calderonianas que
poco o nada seguían las consignas marcadas. Consignas que quedaron, finalmente,
abandonadas en los sótanos de los teatros, de donde
ya no las rescatarían los sucesivos estrenos de Gustavo Pérez Puig, Miguel Narros o
José Luis Alonso.
Lo que sí es cierto, y ha sido una constante con todos los autores clásicos, es que los
títulos, con muy contadas excepciones, eran los mismos durante años: sobre todo “La
vida es sueño” y “El Alcalde de Zalamea”, y en menor medida “La dama duende”, “El
médico de su honra” o “Los encantos de la culpa”. Por lo que se refiere a los autos
sacramentales y fundamentalmente en montajes llevados a cabo por José Tamayo, los
títulos también se repiten: “El pleito matrimonial del alma y el cuerpo”, “La cena del rey
Baltasar”, “El gran teatro del mundo”... Así hasta que llegamos a los años setenta, una
década en que hay un marcado desinterés por el teatro calderoniano, que incluso lo
hace estar ausente de los escenarios en más de una temporada, dejando aparte alguna
función de carácter vocacional o aficionado.
Las puestas en escena de don Pedro durante estas décadas irán desde las más
tradicionales y respetuosas en cuanto a texto, escenografía, etc., hasta la osadía -como
la calificaron algunos críticos- con que Miguel Narros ofreció su versión de “La dama
duende” en 1958.
Un momento de la representación de "No hay burlas con el amor", por la Compañía Nacional de Teatro Clásico.
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Primera página de "La vida es sueño", en una de las primeras ediciones de la obra.
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Cambio de signo.
La fortuna cambió para Calderón a partir de la temporada 1979-80 y, sobre todo, en la
siguiente. Las razones son varias y en general afectan a todo el teatro clásico, aunque
alguna, como veremos, es específicamente calderoniana. En 1981 se celebra el tercer
centenario de la muerte de don Pedro, lo que hace, como había ocurrido con Lope de
Vega en la temporada 1961-62, que se vuelva hacia su escritura dramática, poniéndose
hasta una docena de obras, a la vez que se acentúa el interés de los estudiosos y hoy,
ya con la suficiente perspectiva, podemos afirmar que la obra calderoniana ha gozado
de unos acercamientos que la han enriquecido considerablemente y desde muy diversos
enfoques críticos. La visión que se tiene de Calderón está ya muy lejos de la que desde
Menéndez Pelayo se habla intentado legar por no pocos.
La segunda razón de esa mayor presencia de Calderón en los escenarios es la
preocupación que, desde las administraciones públicas y especialmente el Gobierno
central, se tuvo por las artes escénicas, con una incipiente política teatral en diversos
sectores y una evidente atención a la literatura dramática clásica. La ley del teatro, las
ayudas a espectáculos o giras, la rehabilitación de numerosos locales, la construcción
de auditorios, la creación de la red de teatros, son, entre otros, factores que deberán
tenerse en cuenta no sólo a la hora de escribir sobre teatro clásico sino, naturalmente,
sobre cualquier manifestación artística.
La tercera de las razones, y consecuencia de esa atención al teatro, es, por un lado, el
fortalecimiento del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, y, por otro, la
creación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). El Festival de Almagro, que
se celebró por vez primera en septiembre de 1978, adquirió, a partir de 1983, mucha
mayor importancia, aumentando el número de espectáculos y creando una demanda
que condujo al montaje de cada vez más puestas en escena.
La CNTC, por su parte, ofreció su primer montaje en 1986. bajo la dirección de Adolfo
Marsillach: “El médico de su honra”, de Calderón de la Barca; la labor realizada por la
CNTC, con unas puestas en escena recibidas muy positivamente y otras con fuertes
críticas, ha sido, sin embargo, determinante a la hora de explicar la mayor presencia del
teatro áureo en la escena última.
Hoy, son varias decenas las obras que se han presentado en el Teatro de la Comedia de
Madrid y en otros muchos espacios, y en esa lista Calderón ocupa un puesto
privilegiado.
Ensayo de la representación de "Mañanas de abril y mayo" que, dirigida por Miguel Narros, se estrenó en enero en el teatro
Villamarta de Jerez.
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Una escena de "No hay burlas con el amor", en una versión de la Compañía Nacional de teatro Clásico.
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Un público que “va al clásico”.
Como resultado de todo lo anterior, y sin que se puedan echar las campanas al vuelo,
se constata que se ha creado un público que “va al clásico”, que demanda montajes
de Lope, Tirso, Calderón, Moreto, etc. en los escenarios. El hecho es que
desde Marsillach, Narros, Nieva, Femando Fernán Gómez, Canseco, José Carlos Plaza.
Lluís Pasqual o José Luis Gómez, hasta Francisco Portes, Angel Facio, Guillermo Heras,
Ernesto Caballero, Denis Rafter, Calixto Bieito, César Oliva, Zampanó o Teatro Corsario,
el acercamiento a Calderón -y con él al resto de los autotes clásicos- es contínuo y con
resultados, en no pocas ocasiones, excelentes.
De ahí que, a la hora de acercarnos a Calderón y citar títulos que hayan logrado esa
acogida positiva por parte de crítica y público en las últimas décadas, la nómina esté ya
muy lejos de los malhadados, para el clásico, años setenta. Algunos ejemplos serían el
magnífico montaje que en 1981 hizo José Luis Alonso con “El galán fantasma”; el
realizado por Lluís Pasqual el mismo año con “La hija del aire”, la inteligente
interpretación que de “La vida es sueño” llevó a cabo, también en 1981, José Luis
Gómez; el montaje ya citado de “El médico de su honra” con que Marsillach inició su
labor en la Compañía Nacional de Teatro Clásico; las inolvidables versiones que de “El
Alcalde de Zalamea” (1988) y de “La dama duende" (1990) realizó José Luís Alonso; sin
olvidar otras puestas en escena, como la de González Vergel (1988) de “El príncipe
constante”, la de “No hay burlas con el amor” (1995) de Manuel Canseco, o la muy
reciente de “La vida es sueño”, que Bieito ha llevado a cabo en 1998.
No debemos olvidar la presencia, muy escasa, por cierto, de autos sacramentales, como
la realizada por José Tamayo una vez más (1981) con “La cena del rey Baltasar”, no muy bien
recibido el montaje ni por crítica ni por público; de la misma manera que también a los
escenarios han llegado las obras breves de don Pedro -jácaras y mojigangas sobre todo- y
espectáculos con la música también como protagonista, como sucede con “La púrpura de la rosa”.
Relativo optimismo, pues, al que nos conduce la última presencia de Calderón en las
tablas. El problema es que la ya numerosa oferta de espectáculos de don Pedro para
celebrar su nacimiento en el año 2000 corrobore esta afirmación y no se quede en fuegos
artificiales, como ha sucedido otras veces a la hora de conmemorar fechas significativas.