llibret 2000
IV Centenario de D. Pedro Calderón de la Barca.

UN DRAMATURGO MUY COMPLEJO.
 
Prolífico y longevo, Calderón de la Barca escribió dramas y comedias, autos sacramentales e historias mitológicas. Triunfó en palacios y corrales y encarnó como nadie el espíritu polifacético del Barroco español.

 
DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA es nuestro principal dramaturgo barroco e integrante del canon universal. Su teatro forma parte del patrimonio de la Humanidad, y así lo prueban las numerosas traducciones a las principales lenguas y las repetidas puestas en escena -dentro y fuera de España-, no sólo de sus obras emblemáticas, sino de otras muchas de su amplio repertorio dramático. Esta presencia universal “defiende” a Calderón de los críticos que no han sabido ver en su teatro el poliedro de tantas caras de un creador profundo y contradictorio, más allá de una lectura unidireccional que tanto ha perjudicado a nuestro dramaturgo, creando una imagen tópica de corto alcance y vuelo
 
En la obra de Calderón de la Barca hay una pluralidad y variedad de niveles y registros, que van del más profundo drama filosófico y tragedia política de la ambición y el poder a la comedia de enredo -en la que hasta se burla a veces de su propio sistema teatral o de sus dramas serios-, al complejo mundo lúdico de la risa de entremeses y mojigangas, sin olvidar, claro, el monumento simbólico, de belleza singular, que son sus autos sacramentales.
 
Calderón nace en Madrid el 17 de enero de 1600, día de San Antón, de familia hidalga, y no faltaron en los años de niñez y primera mocedad desgracias familiares: pierde a los diez años a su madre y cinco años después, a su padre y tiene algunos problemas con sus hermanos por la herencia.
 
A los ocho años inicia estudios en el Colegio Imperial de los jesuitas y después en prestigiosas universidades como las de Alcalá y Salamanca, adquiriendo una sólida cultura que será la base de la profundidad de pensamiento que nos descubre su creación teatral, que parece iniciarse en 1623 con Amor, honor y poder, aunque antes había participado, a los veinte años, en un certamen por la beatificación de san Isidro y quizá ejercitado su pluma en primerizas obras teatrales.
 
Sangre y líos de faldas.
 
Al llegar a la mayoría de edad, en 1621, decide no ordenarse sacerdote, a lo que estaba destinado, aunque lo hará muchos años después, en la madurez de su vida. Se vincula ya a la nobleza, entrando al servicio del Condestable de Castilla, y hay por esos años algunos sucesos escandalosos, como la implicación de los hermanos Calderón en el homicidio de Nicolás de Velasco (1621) o el quebranto de la clausura de las Trinitarias (1629), persiguiendo a Villegas, que había herido a uno de sus hermanos, lo que disgustará grandemente a Lope de Vega y al famoso predicador Paravicino.
 
   
En su larga vida, Calderón conoció los reinados de tres Austrias: Felipe III, Felipe IV, representado abajo a la izquierda como defensor de la regla sabiduría en un grabado de 1634, y Carlos V, aquí en una estampa de 1666 (ambos grabados se conservan en la Biblioteca Nacional de Madrid).

El longevo dramaturgo que se hizo sacerdote a la edad de 51 años, en un retrato anónimo correspondiente a los
años de su madurez (Museo Lázaro Galdeano, Madrid).
 
De la vida de nuestro principal dramaturgo barroco no estuvo ausente la experiencia militar, como correspondía a un caballero en un Imperio, metido, por necesidad, en tantas contiendas. No sabemos si estuvo entre 1625 y 1635 en campos de batalla de Flandes e Italia, y quizá participara en la defensa de Fuenterrabía, pero donde ciertamente
 
se distinguió como soldado fue en la guerra de Cataluña, siendo herido en combate. Sin embargo, interesa resaltar que los perfiles fundamentales de Calderón en los años treinta son los del hombre de teatro y del cortesano, que obtendrá, como Velázquez, el preciado hábito de la Orden de Santiago.
 
La década de los años treinta es la de las grandes obras calderonianas, que muestran la variedad de registros y pluralidad de su creación: desde la perfecta comedia de enredo de calculada teatralidad (La dama duende), a la tragedia de amor y celos (El médico de su honra), al drama filosófico (La vida es sueño), el abuso de poder (El alcalde de Zalamea), sin olvidar los autos sacramentales -género en el que llegará a cotas de excelencia, como muestra El gran teatro del mundo-, las fiestas teatrales mitológicas y el teatro breve cómico.
 
Obras para el Buen Retiro.
 
Como escritor de teatro es reconocido por dramaturgos de la talla de Lope de Vega. Sus obras son buscadas por los autores de comedias, pero es muy importante recordar que en 1635 es nombrado director de las representaciones palaciegas, y escribirá obras para el nuevo palacio lúdico del Buen Retiro y después para su Coliseo, a la par que sus autos sacramentales están presentes en los carros y tablados del Corpus y también en los corrales.
 
En la vida privada de don Pedro, es en la década de 1640 donde se sitúan los amores de los que luego nacería un niño, que muere prematuramente. También en esta década la caída en desgracia del Conde Duque de Olivares le supone entrar, después, al servicio del duque de Alba, retirándose a Alba de Tormes, a la par que disminuye su producción teatral; pero a la Villa y Corte volverá en el año de 1649 para participar en las celebraciones del matrimonio de Felipe IV con Mariana de Austria, a las que contribuirá también con un auto sacramental.
 
A los 51 años, Calderón vuelve sobre su aplazada decisión de ordenarse sacerdote y lo hace ahora obteniendo después diversas distinciones, beneficios y mercedes: capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, capellán de honor de Su Majestad, capellán de honor de la Congregación de Presbíteros Naturales de Madrid. Como a Lope de Vega, también debió planteársele el dilema entre el sacerdote y el dramaturgo. Disminuye su producción de teatro profano para los corrales, pero no deja de escribir piezas mitológicas para Palacio y autos sacramentales para el Corpus. Calderón va reconcentrando vida y pensamiento en el espacio privado de la casa, en el interior “museo del discreto”, rodeado de cuadros religiosos, imágenes, objetos de plata, libros... con pasión de coleccionista, que siempre tuvo. Surge asimismo en sus obras una destacada preocupación por el arte de la pintura.
 
Calderón de la Barca escribió teatro hasta el mismo año de su muerte, dentro, sobre todo ahora, de los cauces del drama religioso y mitológico. A 1680, un año antes de su muerte, pertenece la pieza palaciega “Hado y divisa de Leónido y Marfisa”, y todavía el mismo año de su muerte escribió el auto sacramental “El cordero de lsaías” y casi concluyó otro: “La divina Filotea”.
 

CRONOLOGIA
 
1600. Nace Calderón en Madrid.
1601. Traslado de la corte a Valladolid.
1605. Primera parte del Quijote, de Cer-vantes.
1609. Expulsión de los moriscos. Canoni-zación de San Ignacio de Loyola. Lope de Vega: “Arte nuevo de hacer comedias”.
1615. Harvey descubre la circulación de la sangre.
1616. Peste en Sevilla. Muerte de Cer-vantes y de Shakespeare.
1618. Caída de Lerma. Inicio de la Guerra de los Treinta Años.
1621. Felipe lV sucede a Felipe lll.
1622. Privanza del Conde-Duque de Oliva-res.
1624. Richelieu, primer ministro de Fran-cia.
1625. España frente a la alianza de la Haya. Toma de Breda.
1626. Cortes de Aragón, Valencia y Cata-luña. Primera bancarrota de Felipe IV. “La vida del Buscón”, de Quevedo.
1628. Guerra de Mantua. “Los borrachos, de Velásquez.
1629. Calderón: “La Dama duende”.
1630. Paz anglo-hispana de Londres. “El burlador de Sevilla”, de Tirso de Molina.
1631. Revuelta de Vizcaya: Motín de la Sal. Calderón: “La vida es sueño”.
1632. Cortes de Castilla y Aragón. Cataluña niega el subsidio a Olivares.
1633. La Inquisición romana condena a Galileo.
1635. Inicio de la guerra hispano-france-sa.
1637. Pérdida de Breda - Motín de Evora contra el dominio español. “Discurso del Método”, de Descartes.
1638. Cortes de Castilla.
1640. Revuelta de Cataluña: el “Corpus de Sangre”.
1641. Conspiración del duque de Medina-sidonia en Andalucía.
1642. Calderón: “El Alcalde de Zalamea”.
1643. Caída de Olivares.
1645. Muerte de Olivares. Derrotas his-panas en la Guerra de los Treinta Años.
1646. Cortes de Castilla. Carlos I de Ingla-terra es hecho prisionero.
1647. Conspiración del duque de Híjar en Aragón.
1648. Luis de Haro, valido. “El parnaso español”, de Quevedo.
1651. “El criticón”, de Gracián. “Leviat-ban”, de Hobbes.
1652. Capitulación de Barcelona.
1655. Cortes de Castilla.
1656. Tercera bancarrota de Felpe IV. “Las Meninas”, de Velázquez.
1659. Tratado de los Pirineos. Fin de la guerra con Francia.
1664. Muerte de Felipe IV. Regencia de Mariana de Austria.
1668. Paz de Aquisgrán con Francia. Tratado de Lisboa: Independencia de Portugal.
1673. Valenzuela, favorito de Mariana de Austria.
1675. Mayoría de edad de Carlos II.
1677. Llegada al poder de don Juan José de Austria. Peste en el sur de España.
1680. Gobierno del duque de Medinaceli. Recopilaclón de las “Leyes de Indias”.
1681. Muerte de Calderón.
 
Grabado con la efigie de Calderón, de 1681, año de la muerte del escritor.

Un entierro de diseño espectacular.
 
Con los naturales achaques de la edad, llegó al final de su vida -muy longeva para la época- el 25 de mayo de 1681, a los 81 años. Había otorgado testamento cinco días antes, detallando con minuciosidad sus bienes, obligaciones de herencia, entierro, honras fúnebres, etc. Con la imaginación visual del gran dramaturgo, Calderón diseñó, minuciosa y detalladamente, su entierro y honras fúnebres de calculado espectáculo. Su entierro debió de estar a la altura de tan estudiado diseño y tan importante dramaturgo, ahora en el Madrid de Carlos II, pues su vida conoció los tres reinados. Pero sus restos se perdieron después, como ocurrió con los de tantos creadores ilustres del siglo XVII español (Lope de Vega, Velázquez...).
 
Calderón fue un auténtico dramaturgo de oficio, que escribió teatro en muy distintos planos; para corral, palacios, Coliseo, calle. Esta pluralidad de niveles, registros y espacios da la talla de un dramaturgo universal, quintaesencia del Barroco, consecuentemente de claroscuros y contrastes, y problemático, como corresponde a su sólida formación y profundo pensamiento, aunque una lectura superficial o sesgada haya empequeñecido el significado de su obra.
 
Sin llegar a la producción del monstruo de la naturaleza, Lope de Vega, de quien se conservan más de cuatrocientas obras teatrales –y alguno de sus biógrafos nos dice que superan el millar las escritas-. Calderón escribió mucho teatro en variedad de géneros, como corresponde a un profesional de las tablas, que hizo de ello oficio de excelencia. Superó las doscientas piezas teatrales pues hemos de contar con las obras perdidas -como las comedias sobre Don Quijote o La Celestina, dos mitos universales españoles-, doble redacción de una misma pieza, textos en colaboración, etcétera.
 
Calderón no es excluyentemente el dramaturgo de una España religiosa, cerrada, imperial, paladín del más puro código del honor, sino también el dramaturgo contradictorio y complejo que, con supremo dominio de la técnica dramática y escénica, construye un mundo teatral perfectamente organizado y estructurado, pero múltiple, poliédrico y, en contraste, -como corresponde a la cima barroca en que se instala su teatro-, también el de enredo y pasatiempo.
 
Hay un Calderón trágico, no según los cánones aristotélicos, pero sí con la grandeza de la tragedia. Obras como “El médico de su honra”, “El pintor de su deshonra”, “A secreto agravio, secreta venganza, tragedias del honor matrimonial”, no tienen qué ser entendidas como una defensa del férreo código del honor matrimonial, pues puede verse lo que hay en ellas de denuncia de tan duro sistema de control de la vida en común. Hay que mencionar también la tragedia de ese monstruo de mil cabezas, los celos, en obras memorables, como “El mayor monstruo del mundo”, o “La tragedia de la ambición de poder y mando”, que enfrenta a madre e hijo en “La hija del aire”. Y supo convertir en tensión trágica hechos de la historia del catolicismo, como el sacrificio de Fernando de Portugal en “El príncipe constante”, de la guerra religiosa en “La cisma Inglaterra”, o de la Biblia en “Los cabellos de Absalón”.
 

El Palacio del Buen Retiro y sus jardines vieron el estreno de muchas obras de Calderón, encargadas para el teatro de cámara del Rey (óleo de Leonardo Jusepe,
de 1636. Museo municipal de Madrid).

Portada de un libro en homenaje a Calderón, con ocasión del segundo centenario de su muerte.
 
Las obras maestras.
 
Pero en la mente de todos hay dos piezas señeras repetidamente editadas, traducidas, recordadas y puestas en escena en todo el mundo, en proporción muy superior a las demás: “La vida es sueño” y “El alcalde de Zalamea”. Esta última entra dentro de los ámbitos del drama, ahora sobre el abuso de poder y el honor del pueblo. Retomando un texto anterior de Lope, nos ofrece Calderón una magistral obra dramática acerca de la violencia de un capitán sobre un inferior, Pedro Crespo, a cuya hija viola, con desenlace, sancionado por el rey, de la justicia que se toma por su mano el alcalde, tras fracasar todas las otras soluciones, llenas de verosimilitud atemporal, que el padre propone al violento capitán del Ejército de Felipe II. Destaca especialmente la modernidad de los planteamientos del amor paternal hacia la hija deshonrada, hacia el hijo que va a la guerra... en una obra, con razón, memorable.
 
El Calderón del drama filosófico nos ha dejado en “La vida es sueño” la quintaesencia del pensador barroco que medita sobre el poder, el destino, el libre albedrío, la vida, la muerte, la culpa... en fin, sobre el ser del hombre en la tierra. Es el desasosiego de resquebrajar las certezas de la realidad -como hará también en “El gran teatro del mundo”, en otra clave- al igual que hizo su admirado Cervantes en los complejos cruces y recruces de la cordura-locura, vida-literatura en “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”.
 

LA "REPUBLICA" CATALANA
 
El alojamiento de tropas tras la declaración de la guerra a Francia en 1635, los agravios institucionales y la demanda de mayores contribuciones acabaron suscitando un alzamiento campesino y popular en Cataluña en 1640. Los grupos menos favorecidos se manifestaron violentamente contra la opresión de los alojamientos y del fisco hispánico, pero también contra las cargas señoriales y la prepotencia de las oligarquías urbanas.
 
Aunque el objetivo inicial de los sublevados era ahuyentar los tercios, pronto atacaron también a los ministros reales y a la gente noble, ya que en la mentalidad popular todos los ricos eran iguales. Madrid se inclinó por la represión armada y la ocupación militar de Cataluña.

Calderón fue soldado de Felipe IV en la campaña contra la sublevación catalana. Sobre estas líneas, alegoría de la ciudad de Tortosa, representante de la Cataluña felipista (grabado de 1641, Biblioteca Nacional, Madrid).
En agosto, el marqués de los Vélez recibió la orden de partir al frente de un ejército de 30.000 hombres.
 
A comienzos de septiembre, la clase dirigente catalana, acuciada por la presión de la revuelta social y por la amenaza del ejército organizó la resistencia armada, pero su flaqueza militar motivó finalmente su entrega a Luis XIII. El 16 de enero de 1641, Cataluña se transformó en República bajo la protección francesa y juró fidelidad al Rey de Francia. Numerosos dirigentes se exiliaron y la ocupación militar francesa fue igual o peor que la castellana, lo que provocó nuevas revueltas campesinas. El desencanto hacia Francia fue pronto visible y finalmente se produciría un retorno a la monarquía española en 1652.

Costosas fiestas mitológicas.
 
La última obra mencionada nos lleva al Calderón de la fiesta mitológica de costosa ostentación, que llenó los ocios de Palacio con la vida y obra de los dioses de la gentilidad, pero no para quedarse en el ornato y lo externo, sino para seguir planteando problemas de alcance en una síntesis de las artes, tantas veces en colaboración con la música. Recordaré sólo obras como “La fiera, el rayo y la piedra”; “Fortunas de Andrómeda y Perseo”; “El laurel de Apolo”; “El hijo del Sol, Faetón”; “Eco y Narciso”; “La estatua de Prometeo”..., cuyo sólo titulo evoca contenidos y correlatos pictóricos, pero no la complejidad de pensamiento que se esconde entre los pliegues de la dramatización de la mitología. Habría que sumar las calificadas por la crítica de novelescas como “El jardín de Falerina”, “El castillo de Lindabridis” y otras.
 
Todavía dentro de los terrenos del drama, habría que recordar su teatro religioso -aparte de los autos sacramentales- con singulares obras como “El mágico prodigioso”, “La devoción de la cruz”, “La exaltación de la cruz” -además de las tragedias ya vistas- y, en el teatro histórico de acontecimientos de la dinastía reinante, obras como “La aurora en Copacabana” -sobre la conversión de los incas-, “El Tuzaní de la Alpujarra” -sobre la rebelión de los moriscos contra Felipe II, en que se han señalado actitudes críticas- o “El sitio de Breda” -sobre el triunfo en Flandes, con un claro paralelo con “Las Lanzas” de Velázquez-.
 
Pero articulado con todo lo anterior, y como corresponde a un dramaturgo de oficio y contraste barroco, hay en Calderón comedias del mejor teatro de enredo, de capa y espada, de teatralidad en los recursos llevada a sus últimas consecuencias, en obras corno “La dama duende”, “Casa con dos puertas mala es de guardar”, “El escondido y la tapada”, “Antes que todo es mi dama”... que gustaron en corral y palacio, con sus efectismos, su sistema concertado de causas y efectos, equívocos, confusiones, en los mecanismos teatrales de amor-honor-celos... Y no podía faltar en su obra el mundo lúdico de la risa, el disparatar adrede en entremeses, mojigangas y jácaras, que hay que interpretar en la complejidad de articulación de su teatro, sin simplificaciones maniqueas.
 
Pedro Calderón de la Barca es también, claro está, el dramaturgo, por excelencia, del auto sacramental del Corpus, que en el marco de la compleja fiesta sacramental barroca es la puesta en escena del dogma de la Eucaristía, articulando conceptos teológicos, contenidos de historia sagrada y profana. doctrinales y morales, puestos de manifiesto por la riqueza de símbolo y alegoría, la altura estilística, la rica escenografía, con incitación a todos los sentidos de una fiesta total. Al género contribuyó con más de setenta obras, entre las que recordaré “El gran teatro del mundo”, “El gran mercado del mundo”, “La vida es sueño”, “Los encantos de la culpa”, “La cena de Baltasar”, “No hay más fortuna que Dios”.
 
Los géneros teatrales vistos muestran como, partiendo de los rasgos de la comedia nueva, se puede llegar a la cima del teatro barroco de la solemnidad y del enredo, de los grandes conceptos y la carnavalesca mojiganga, del aparente realismo de vida de galanes y damas y el exquisito ambiente de cortesanía, pura teatralidad, de piezas como “El galán fantasma”, “Lances de amor y fortuna”... Son las múltiples caras del teatro español del Siglo de Oro y, consecuentemente, de un dramaturgo excepcional como fue Calderón de la Barca.