llibret 1993
La Vida es Sueño.

LA TRADICION DE NUESTRAS HOGUERAS.
Visentico.

 
No es cierto, como algunos han dicho, que “les fogueres” de nuestra noche de San Juan sean un festejo sin arraigo y tradición. Quienes así opinan parten de las memorables jornadas del año 1927 en que José María Pi y Ramírez de Cartagena, sugirió el festejo actual, tras aquellas laboriosas y fecundas reuniones del Círculo Mercantil en que se estudió y se perfiló el proyecto con el entusiasta concurso del inolvidable don Manuel Gallar, del dinámico don Miguel Llopis, del entonces Presidente de la Asociación de la Prensa don Manuel Pérez Mirete, del alicantino de adopción don Luis Corno, de don José Romeu, de don Ramón Guilabert y de tantos otros que mi flaca memoria habrá omitido, pero que merecen la gratitud de todos los alicantinos.
 
Ello no quiere decir que las hogueras nacieran el año 1928 que fue el de la primera “plantá”. Las hogueras tienen en Alicante más y profundo arraigo. Y si se transformaron en monumentos artísticos, al uso y costumbre de nuestra hermana Valencia, fue, precisamente, porque ya contaban de tiempo inmemorial en la conmemoración alicantina de la noche de San Juan. Como en Valencia era milenaria, antes de las fallas actuales, la hoguera de la noche de San José.
 
Fuego y pólvora constituyen el ritual saludo al amanecer del 24 de Junio, con el aditamento suculento de la “coca en toñina” y de “les bacores primerenques”. Esto es lo perdurable y lo seguro. Y por lo mismo podrá, quizás con el tiempo, desaparecer nuestra fiesta actual al modo que se viene celebrando, pero subsistirá la simple y primitiva hoguera, la “coca en toñina”, “les bacores” y “els trons”.
 
Esto es lo nuestro, lo centenario, seguramente lo milenario. Y por eso se mantiene y se mantendrá, con Gestora o sin Gestora, con barracas o sin ellas, cotizando o sin cotizar.
 
Las hogueras de hoy cuentan 25 años. Están en la infancia del costumbrismo y en el temible momento en que pueden arraigar definitivamente o pasar al olvido.
 
Lo que no es posible olvidar ya, es que en la víspera de San Juan se amontonaban todos los trastos viejos e inservibles de las familias, que los chicos se afanaban en recoger en una divertida peregrinación por cada barrio.
 
Y llegada la noche alumbraban las Hogueras en la Ereta de San Roc, en el carrer del Socós, en el Barranquet o en la Torreta, en la Plaza de San Cristóbal, en el Portal Nou y en la Plasa de la Mar o en la del Carmen. Y más tarde en San Antoni, en el Barrio Nou, en San Francés, en el barrio de San Fernando, en el Malecó o en la Montañeta.
 
Un enjambre de chiquillos se agitaba en torno al fuego. Danzaban en corro y se abalanzaban, en saltos atrevidos, sobre las llamas que se elevaban majestuosas y fascinantes. La muchacha, vista de lejos semejaba la danza vertiginosa de los insectos en torno al punto brillante del fuego en que acabarán quemando sus élitros.
 
Numerosas familias salían a las afueras, a la escollera del puerto o a la playa del Postiguet, a “pendre el ros”, como de manera peculiar se conocía y conoce la excursión nocturna para comer las brevas y la “coca en toñina”.
 
Don Rafael Altamira, en sus “Cuentos de Levante”, recoge esta estampa alicantina con todo su colorido, en una deliciosa descripción.
 
Se tomaban su tiempo marchando al atardecer. Junto a las higueras de la Huerta, en la playa o en el puerto, tendían sus blancos manteles sobre los que iban depositándose las apetitosas y conocidas viandas, la hogaza de pan, la ensalada de “bacallar desfet”, “moxama” y “ou de toñina”.
 
El padre gustaba, junto al mar, de tirar alguna “fluxa” o llevar caña para pescar “al tiento”. La madre se afanaba en trocear, llorosa, la cebolla, el tomate y el “alficós” de reglamento.
 
Los chicos triscaban por uno y otro lado celebrándolo todo como vistosa novedad.
 
De fiambreras y cacerolas iba saliendo, al “primer grit”, el oloroso condumio: tortillas, carne empanada, “fritangueta” con abundancia de aceite para que resulte “mullaora”...
 
El padre, con severo ritual, alternaba entre la carná de los anzuelos y la delicada operación de prender fuego, con la punta del cigarro, a algún que otro petardo, cuyos estallidos saludaban alborozados los pequeñuelos, mientras se extasiaban con el cruce meteórico, por el cielo de “les cañetes volaores”.
 
Si la excursión nocturna era hacia la huerta, en busca del “rastre de figueres”, se exploraban los alrededores hasta encontrar la “carchofa punchosa” que se abre con violáceos temores. La mano de la muchacha casadera, avanzará entonces, temerosa de nocturna hechicerías para segar la flor prometedora, que se quemará más tarde en holocausto de una imposible y vana curiosidad.
 
“Pa fer boca” se tomará el aperitivo con sus tiras de bonito seco, pedacitos de “garrofeta” y “olivetes del cuquello”. Y en la lejanía, el mismo pensamiento e idéntico afán, festoneará de luces las sierras de Castalla y de Agost, la Carrasqueta, Cabesó, la Aitana y Puig Campana, porque también allí, como en la Capital, se queman las hogueras tradicionales que al ancestral conjuro de la noche de San Juan elevan al cielo sus humos, como mudas plegarias de no se sabe que atavío impulso.
 
En la hora bruja y alucinante de la medianoche, se harán infinitos conjuros enraizados en la fecha misteriosa. Pero otra poesía vendrá a exigir sus derechos para sentar en derredor del mantel a toda la familia.
 
La “coca en toñina” hace su aparición junto a la fuente de brevas. Continúa firme e inconmovible la tradición, que es esto... la coca se trocea meticulosamente y cada boca alarga su respectiva mano para cumplir con el rito de la noche de San Juan.
 
Coca en toñlna... bacores... Vino de la Condomina...
 
iCoca en toñina!
 
He aquí querido lector, la más bella descripción de la coca en toñina que yo conozco. Su autor es un buen alicantino. De otra forma no hubiera podido inspirarse tan deliciosamente. Y no quiere desvelar el incógnito. Pero como no puede ocurrir nada con que a más de yo lo sepa uno más, que es usted -persona discreta que a nadie lo confiará- sepa que la descripción de la coca en toñina es original de don Juan Vidal y dice así:
 
“Demane a la Fas Devina
estar sempre en Alacant
en la nit de San Joan.
y tenir coca en toñina,
sistelleta de bacores
y vi de la Condomina.
 
¡Coca en toñina!... Primeta...
Después que ya ha reposat,
s’asenta la fritangueta.
y la pasta, clevillá,
sembla eixos bancais de l’Horta
que se queden cuartechats
después que’ls rega la dula
y el sol nostre els va apretant.
¡Coca en toñina!... La seba
doraeta, no cremá,
la toñineta de tronc en son punt de desalá
y els piñonets asomanse
grasiosos per un costat.
 
Coca en toñina, Qu’es talla
en gavinet atilat
y en tiretes aproposit
pera poderla agarrar
(cuidant que no se desgrune)
en tots els dits de la má...
¡Coca en toñina!... Famosa.
dábolengo patriarcal.
que ya m’aguela tenía
un cuadro, qu’era un encant,
en una coca en toñina...
icom si estaguera parlant...!
 
Pues eixa coca en toñina,
verdaera, alicantina,
qu’en la olorosa foscor
del modest aparaor
guarda el bon alicantí
pera ferse un got de ví
al festechar la nit gran
de fogueres y de trons,
diu també qu’es Alacant
iLa millor terra del mon!
 
Esto es la tradición, la costumbre, muy anterior a las actuales Fogueres con un arraigo que la hace perdurable, y por tanto ajena a especulaciones sobre su mayor o menor modernismo.
 
No son las Hogueras nacidas en 1928 lo que los alicantinos conmemoramos. Son las que durante siglos celebraron nuestros antepasados y dieron lugar a ese ritual que explicado queda.
 
Asi pues ia “pendre el ros” y a cumplir con el ritual establecido, que tiene la solera de las cosas nuestras y más queridas!.