llibret 1992
Els que fan la Festa.

EL LENGUAJE DE LAS FLORES.
Luis Dobón Lillo.

No se puede tachar a nadie de ser muy cariñoso, y menos en Gaspar, que si lo era desde siempre, pasaba a serlo de tono mayor ahora, su hija lo había hecho abuelo hacía un mes, y tuvo que darle la llave de su casa, Gaspar iba muy frecuentemente a ver cómo le sonreía y crecía Gasparín, según justificaba y ya perfilaba que ese mozuelo que ocupaba una cuna, sería un gran foguerer como lo era él, de esos que no se dejan nada por hacer cuando la voluntad cabalga a pleno galope.
 
Aquella mañana Gaspar andaba con cierta prisa, se le hacía tarde para acudir con sus compañeros de la comisión a la recogida del premio y... no tenía ni tiempo para echar una primera ojeada del día al nieto, y en ese instante que andaba con paso vivo por la acera, oyó un golpe, y eso le hizo mirar lo que había sido y se quedó sorprendido, de un coche fúnebre que pasaba en aquel momento se desprendió una de las varias coronas de flores que llevaba, y ésta rodando se acercaba hacia Gaspar. Con agilidad vino a coger la corona para evitar que se deterioraran las flores, a la propia vez que lanzaba un aviso hacia el conductor de lo que se le había caído, y no logro que le oyera. Gaspar miró la corona y apreció una hechura de gusto, y el texto del lazo que llevaba le aclaró el porqué: “a nuestro abuelito Pipo al que no olvidaremos nunca”... la lectura le produjo cierta pena, esos nietos quisieron mucho a su abuelo, y lo comprendía porque él también era abuelo, y se desvivía por su nieto y no dudaba que el chiquitín, al crecer, iría demostrando su gran querer a su abuelo.
 
Gaspar no podía entretenerse, se le hacía tarde, y buscando soluciones decidió ir a dejar la corona a su casa, y luego a la tarde ya iría al cementerio a buscar a ese abuelo difunto al que no podía faltarle el presente floral de sus nietos, pero... cuando ya habla andado un trozo de calle cargado con la corona, oyó la voz de la señora Teresa, que en voz alta señalaba a Gaspar: "ˇqué fechas tan señaladas para morirse, en plenas Hogueras!”. Gaspar aceptó ese comentario que iba dirigido a él respondiendo con una afirmación. “Sí, señora Teresa, la muerte no tiene fiestas", y ya la mujer, con un sentido cristiano, mientras se le acercaba le señalaba en voz alta "pobre tía Carlota, tanto que la quería usted”. Gaspar se quedó sorprendido, tía Carlota era su tía y estaba vivita y coleando, como le constaba a él, y ya entendió que la confusión la producía la corona. Rápidamente le señaló que tenía prisa, mucha prisa. y que su tía Carlota vivía, y que la corona se la había encontrado, apresuro los pasos, y más cuando oyó entre dientes a la señora Teresa que murmuraba "primero las fiestas, después los muertos”, Gaspar precisaba llegar cuanto antes a su casa y evitar preguntas y más preguntas de un vecindario difícil de convencer y en unos momentos que sus compañeros de Comisión lo estaban esperando, tenía pues que andar más y hablar menos.
 
Conchita vio entrar la corona en su casa y se alarmó, hay muertes tan instantáneas y floristas tan diligentes, y concluyó el extravío de sus ojos mirando la corona, cuando Gaspar le dijo en tono rápido: “me la he encontrado en la calle, y tengo que buscar a su dueño”, y Conchita con un comentario salomónico aclaró: “de quien quiera", pronunció Gaspar, que ya perfilaba que su mujer le entretendría con explicaciones, pero aquélla le dio una solución vía rápida al señalar, fijándose en el texto del lazo, "yo de tí la llevaría a la radio, allí que divulguen la noticia”... Gaspar sólo acertó a señalar ese deseo de resolver el problema a la tarde, “ahora no, porque me están esperando", y no se equivocaba, en la entrada de la casa estaba la señora Virtudes y doña Lola, que al verle, de forma educada pasaban a darle su pésame, ya se figuraban al verle cargado con una corona que doña Carlota había dejado de existir, y que bien merecía esa corona que el había encargado... Gaspar se deshizo con harta prisa de aquellas vecinas que estaban cargadas de curiosidad, y pasaron a serlo mayor cuando Gaspar, marchándose, señaló que esa corona no era para nadie... de mi familia, y doña Lola se quedó sin respuesta, el viento se llevó su consulta de “żentonces para qué muerto es?”, porque las orejas de Gaspar estaban ya lejos, éste dentro de la prisa aún tuvo que alargar sus pasos para eludir preguntas de vecinas muy curiosas que le hablan visto pasar cargado con una corona, y necesitaban en vía urgente saber quién se había muerto.
 
El tema de la corona quedó silenciado, no quiso decir nada a ningún compañero de la Foguera, ni tan siquiera al Presidente, era un hallazgo tan raro que lo mejor era no comentarlo, y solucionarlo tan pronto concluyera de comer en casa, pero eso sí, llevaría la corona al cementerio y la depositaría en la tumba del abuelo, de ese que tanto querían sus nietos, y por esta causa no podía dejar de estar presente ese recuerdo en flores que le dedicaban los niños al difunto.
 
El lazo, que marcaba un destinatario, no estaba muy claro para el empleado del cementerio, habían enterrado aquella mañana siete difuntos y si la palabra Pipo, en esa media lengua de los niños, sería de seguro el nombre de Pepe, y ya el empleado le facilitó los datos del lugar en que estaba la sepultura. Gaspar estaba muy preocupado de no mancharse el traje de foguerer, y ello le obligaba a llevar la corona con una postura un poco incómoda, ni tenía que aplastar flores con la mano ni tenía que mancharse... Al llegar al lugar del enterramiento los lazos de unas coronas le marcaban que el difunto era soltero, y emprendió el regreso a la Conserjería, allí el empleado le facilitó el emplazamiento de otro Pepe que se enterró aquella mañana.
 
A Gaspar le costó un poco encontrar aquella sepultura, o le dio el número mal o lo entendió así, por lo que al fin unas coronas marcaban un recién fallecido, Gaspar ya se disponía a unir su corona con las demás, pero se abstuvo de hacerla, “tus compañeros de trabajo”, que figuraba en el lazo, atestiguaba que aquel difunto no podía ser el abuelo, y el color de las flores también le aportaban un dato, a una persona de edad, a un abuelo no debe cargársele de colorines y como a él no le gustaba y era abuelo, suponía que el abuelo de los nietos se le parecerían a él, estaba claro que el destino de la corona no era allí, y decidió hacer nueva tentativa, el corazón le decía que estaba actuando como un abuelo ejemplar, y ello obliga a hacer las cosas bien hechas.
 
El registro de difuntos volvió a facilitar otro nombre, pero el empleado compartió la duda, un Pepe con un Tomás, el tal Tomás tenía 72 años, pero si llegó a fumar en pipa, tal vez fuera el Pipo que se refería el lazo, era una idea que Gaspar agradeció, y le rogó que le anotara las tumbas que ocupaban ambos, así si no era el Pepe, se acercaría a ver a Tomás y...
 
El reloj le decía a Gaspar que se le hacía tarde y que el tema del destinatario de la corona había entrado en un rompecabezas, los pasos que dio hacia la tumba del nuevo Pepe los consideró baldíos, tenía la corazonada de que ese José Linares Baldoví no era el abuelo que él buscaba, ni tampoco el Tomás Casarejos que visitó de manera posterior le decía nada, pudo fumar en pipa o no, pero aquél seguro que no era, sólo tenía un ramo de flores y Gaspar vio en el coche fúnebre que llevaba varias coronas.
 
Después de andar y más andar, soportando alguna que otra mirada aguda que le lanzaba alguna viuda al verlo vestido de foguerer en un lugar de penas y no de alegrías, no sólo el reloj le recordaba que se le hacía tarde, que de nuevo estarían los compañeros de la Comisión de su barrio intranquilos por su tardanza, las flores de la corona también le parecía a él que denotaban el paso del tiempo, alguna que otra flor estaban mustias y... de pronto su semblante cobró alegría, al fin había encontrado la tumba que debería dejar la corona, allí, con una evidencia de un olvido al por mayor, una cruz oxidada de hierro, sostenía una placa de porcelana que en parte estaba desconchada, pero aún se podía leer un Juan Benavente Capelo que falleció el 24 de junio de 1892 a la edad de... años, no podía leerse por faltarle un trozo de esmalte, pero Gaspar en voz alta, bien vino a señalar alegremente: ˇno podrás quejarte de los alicantinos que vivimos cien años después de tu muerte, porque esta corona que aquí te dejo, demuestra de que alguien se ha acordado ti, y lo es un Foguerer de tantos, y que te rinde visita en los días de Hogueras de San Juan!