llibret 1991
La Porta de l'Estiu.
LAS HOGUERAS DEL MAR.
Leonardo Tomás.
Aitana, Nuria y la pequeña Nuria, habían acabado por hacerse muy amigas; tanto que
Rosana, nuestra belleza de la Hoguera Calderón de la Barca-Plaza de España y hermana
mayor de Nuria, no tuvo más remedio que transigir:
- ¡Bueno! Os podéis venir este sábado conmigo a la playa. Pero ojo con dar la lata que
vamos todos los amigos y no quiero tener la mañana ¿eh?.
Las tres niñas iban emocionadísimas en el autobús que subía por la cantera. El grupo
había decidido ocupar una playita de las que forma el mar de camino a la Albufereta. Una
vez instalados Rosana dio a las pequeñas las últimas recomendaciones:
- ¡Cuidado! No os alejéis demasiado y no nos deis un disgusto con las aguadillas.
Mientras los mayores desplegaban las toallas y sintonizaban “Los Cuarenta” en un
descomunal transistor, Aitana, Nuria y la pequeña Nuria, ya le habían echado la vista a
una pequeña ensenada donde se localizaba una gruta, con capacidad apenas para un par
de personas. Inmediatamente, como es lógico, la curiosidad pudo más que su prudencia.
- ¡Vamos! -dijo Aitana.
- Pero Rosana ha dicho... -terció Nuria.
- Si no nos vamos a alejar ¡venga!. Y tú también Nurieta.
Jugaron un rato en la cueva, lo que les parecía muy excitante a la vista de los gritos que
daban. Y cuando la pequeña Nuria empezaba ya a cansarse y amenazaba con quererse
marchar, Aitana decidió incorporarle alguna emoción al juego.
- ¡Mirad! -dijo- Allí hay un náufrago.
La verdad es que parecía una figura humana, medio recostada entre las rocas, algo
escondida, y aunque se le había ocurrido espontáneamente, no abrigaba la menor
esperanza siquiera de que pudiera ser cierto.
- ¡Vamos a acercarnos a ver qué pasa!.
La iniciativa pareció animar a la pequeña Nuria que empezada a contagiarse del
dinamismo de la que era su belleza infantil de la Hoguera. La otra Nuria, la más alta y de
más edad, daba muestras de sensatez:
- ¡No os valláis muy lejos que luego mi hermana me echa a mí la bronca!.
La recomendación no amilanó a las dos pequeñas que ya llegaban a la altura del presunto
náufrago. A unos pocos metros empezaron a calibrar la envergadura del descubrimiento.
Sorprendentemente no era un náufrago, aunque esto ya lo esperaban ellas, sino una
figura humana, de una niña que las miraba fijamente, como hipnotizada. Tenía un cabello
larguísimo y del color del oro. Sus ojos eran azules, muy claros, y del cuello llevaba
colgando un precioso collar de corales y pechinas.
- ¡Ahí va! -dijo Aitana- ¡Si parece una sirena!
- ¿Y eso que es? -contestó Nuria, la pequeña.
En ese momento las alcanzó Nuria que venía correteando por la orilla.
- ¿Que os pasa que estáis tan bobas?
El cuadro quedó definitivamente compuesto por unos instantes: tres bobas miraban a una
boba y ninguna se lo creía.
Podían haber permanecido así las cuatro horas enteras, a no ser por la oportunidad del
trenet que en ese momento se acercaba haciendo sonar el silbato en su camino de los
acantilados de la Serra Grosa.
El fuerte ruido y la improvisada presencia rompió de golpe el encantamiento: Aitana, Nuria
y la pequeña Nuria, se miraron incrédulas mientras la sirenita se zambullía entre las olas
¡Menuda cara se les quedó a las tres!.
- ¿Habéis visto? -dijo Aitana-. Era de verdad.
- Y ha desaparecido -secundó Nuria.
- ¡Vamos a decírselo a Eva y a Rosana! -apuntó la pequeña Nuria.
Sin poder apartar la vista del lugar donde había tenido lugar la aparición, las niñas fueron
al encuentro del grupo. Cuando llegaron, la pandilla en pleno estaba bañándose. La más
pequeña se puso de inmediato a gritarles.
- ¡Hemos visto una sirena! ¡Hemos visto una sirena de verdad!
- ¡Venga ya niña! -le contestaron.
- Es de verdad. Estaba allí. Que lo diga Aitana... Bueno, y Nuria.
- ¡Vale! Pero venid al agua con nosotros que es tiempo de poneros a remojo.
- Rosana -le dijo Nuria dirigiéndose a su hermana mayor-, es verdad lo que
dice Nurieta ¿Eh? La hemos visto. Estaba sobre una roca, sentada y era guapísima. Como
la Bellea del Foc del año pasado pero en vez de con piernas, pues con cola de pescado, y
aletitas de esas ¿Sabes?.
Pero como los mayores no les hacían mucha caso y ellas estaban locas por divertirse en el
agua, acabaron resignándose a no contar lo sucedido y a comentarlo entre sí mientras
jugaban en la playa.
Las bromas de los mayores en el autobús de vuelta sobre la historia de la sirenita les quitó
las ganas a las tres de hacer ningún comentario. Ni siquiera durante la semana, la última
del colegio, dijeron nada a sus compañeros de clase. Por las noches recordaban cada
momento del encuentro sin terminar de creérselo.
Al siguiente sábado, con el curso terminado y las Hogueras plantadas, Rosana las volvió a
invitar a ir a la playa con sus amigos.
- Pero nada de historias ¿Eh? que luego se ríen de vosotras.
Ese día les acompañaba Javi, de la comisión de la Hoguera, y Santi, el presidente infantil.
Por el camino, Javi se interesó por lo ocurrido la vez anterior: atropelladamente,
interrumpiéndose continuamente unas a otras, acabaron por contárselo, todo eso ante la
atenta mirada de Santiago.
- ¿Que te parece? -le inquirió Aitana.
- ¡Hum! -exclamó Javi tratando de salir del paso- que podíamos invitarla a la Hoguera y
hacerla madrina de honor.
El grupo de amigos había decidido ocupar el sitio habitual en la playa, por lo que las niñas,
nada más quitarse la ropa, invitaron a Santi:
- ¿Vienes con nosotras?
Algo remolón nuestro presidente, no viendo mejores expectativas entre los mayores, se
decidió a seguirlas. Aitana iba la primera, muy nerviosa, y detrás la pequeña Nuria.
Doblaron por un montón de piedras y apareció a su vista la hendidura en la roca. Santi
empezaba a su vez a emocionarse. Desde allí se divisaba el espigón donde vieron a la
sirenita.
- No está ahora -dijo Nuria.
- iVamos! -casi mandó Aitana
Esta vez fue Santi el primero en seguirla. Al llegar a la parte más saliente del terreno no
encontraron a nadie.
- ¿Y ahora? -preguntó el muchacho.
Nuria y la más pequeña se unieron a ellos.
- ¿Y por qué no la llamamos? -apuntó la chiquitina.
En ese momento un helicóptero volaba sobre sus cabezas y todos levantaron la vista
para verlo.
- Es de guerra -aseguró Santi.
- No. Es de la Diputación, que tienen uno. Que me lo ha dicho mi madre -corrigió Aitana.
- iVenga Vale! No discutáis -dijo Nuria poniendo paz
Cuando bajaron la vista pudieron comprobar que no estaban solos: la sirenita les
acompañaba en la mirada y junto a ellos compartía su curiosidad.
- iAhí va es ella! -exclamó Aitana. Aún sin sobreponerse añadió:
- ¿Eres una sirena de verdad? ¿Cómo te llamas?.
La niña rubia, que mantenía la mitad de su cuerpo sumergido en el agua, se apoyó sobre
sus manos en una roca y se alzó para sentarse. Al instante quedó recostada mostrando
una bellísima cola de color de la plata.
Aunque no lo creáis soy una sirena de verdad y si queréis podéis llamarme “sirenita”.
El grupo comenzó a animarse. Al punto todos rodearon a la feliz aparición y la
bombardearon a preguntas.
Ella les contó que vivía en el fondo del mar en una casa muy bonita y que su papá era
Neptuno, el rey de todos los mares. Les describió la figura de su padre, su corona, su
tridente, su carruaje arrastrado por los más poderosos peces de las profundidades y les
habló del azul y de los increíbles colores del mundo submarino.
- ¿Y vosotros? -preguntó
Nuria intentó explicárselo, y a decir verdad lo consiguió en buena parte. Lo más difícil fue
cuando Santi quiso expresar qué eran las hogueras. Además, él creía que una persona que
vivía en el agua no podría conocer el fuego.
Aitana quiso arreglado todo:
- ¿No os acordáis de lo que ha dicho Javi? ¡Oye! ¿Por qué no te vienes con nosotros?.
Los cinco no tardaron lo más mínimo en ponerse de acuerdo en los detalles. Lo único
difícil era ver como se lo decían a Javi. Se despidieron de la sirenita hasta el día siguiente
y se encaminaron decididos hacia donde se encontraban los demás.
Esta vez fueron más prudentes y discretos. Santi se tumbo a tomar el sol y las niñas
corrieron a bañarse.
Esa tarde, guapísimas las tres con sus trajes de novia alicantina y antes de que comenzara
el desfile, abordaron a Javi.
- Javi -fue Nurieta la que habló esta vez-, tienes que cumplir tu promesa de
esta mañana. Hemos vuelto a ver a nuestra sirenita y la hemos invitado a ver la cremá.
El Vicepresidente de la Hoguera no daba crédito a lo que escuchaba, pero como todo
estaba a punto para comenzar y los nervios afloraban, no quiso discutir.
- iBueno! ibueno! luego hablamos...
Durante todo el recorrido estuvo dándole vueltas a la situación. Volvía la cabeza y notaba
a las niñas encantadas, felices, con cara de complicidad.
Santi le tiró de la manga:
- ¿Qué? ¿Ya te lo han diho, no?
- ¿Cómo dices?
- Que si ya te han dicho lo de la sirenita.
- ¿No me digas que tu también estás en el ajo Santi?, y Santi asintió.
- Yo también la he visto. Y he hablado con ella. Javi esperó a que el mundo entero se le
viniera encima. Pero el mundo no se le cayó.
Terminó el desfile y llamó a las niñas. No tuvo más remedio que claudicar. Nuria casi llora
cuando intentó convencerlas de que era una locura.
- iEstá bien!, mañana a las doce en el Principal.
Mientras esperaban a las niñas bajo los soportales del teatro, Javi no dejaba de hacerse
preguntas en voz alta. Mabel, a quien había pedido que le acompañase, le animaba:
- No te preocupes hombre. Ya verás como es sólo cosa de críos.
Momentos después ya iban los cinco camino de la Albufereta en el coche de Javi.
- Aquí es -dijo Aitana
Javi buscó un sitio para aparcar no muy lejano y se dirigieron hacía el lugar de la cita.
Como si de una premonición se tratara, Javi y Mabel pudieron comprobar, casi de
inmediato, que la versión aportaba por las mañanas era auténtica.
- ¿Y ahora que hago yo? -pensó para sus adentros Javi.
Javi y Mabel tenían, en el momento de las presentaciones, la misma cara de bobos que las
niñas cuando vieron por primera vez a la sirenita. Y Mabel, sin llegar a descomponer la
cara, de boba, le susurró a Javi:
- ¡La que has montado, tío!
- iBueno! Venga! ¡Vamonos ya! -se apresuró la pequeña Nuria.
Casi sin darse cuenta Javi se vio a sí mismo, camino de su coche, con cara de embobado y
llevando -quien lo diría- una sirena en brazos.
Eva, que se había incorporado al grupo inmediatamente después de comer, fue la que
tuvo la feliz idea:
- ¿Por qué no la vestimos de novia alicantina y la sentamos en la sillita de ruedas de
“yaya-bis”, de Aitana?. Así podemos decirle a Garrigós que es cojita y que no puede
andar. Seguro que no se da ni cuenta y no pone ningún reparo para que desfile con
nosotros y lo pasemos muy bien.
Mientras Javi se daba su decimotercer cabezazo con la pared, Eva y Mabel se pusieran
manos a la obra.
Las niñas y la sirenita estaban entusiasmadas.
No resultó difícil integrar a nuestra sirenita entre la buena gente de la Hoguera Calderón
de la Barca-Plaza de España que, sin darle la mayor importancia, compartieron enseguida
su alegría y disposición con la menuda niña de la silla de ruedas.
Fue como un sueño para ella: las luces, el colorido, la música, los confeti, las serpentinas,
las risas y el fuego; el fuego fue lo que más la impresionó. Esas hogueras gigantescas de
la noche de San Juan, con su duende y su tradición. Y el cielo, lleno de luz y de matices
fantásticos, casi fantasmagóricos. Ni siquiera echó de menos el baile, tan feliz que se
sentía rodeada por sus amigas, con su abanico.
Al término de la última palmera miró a Santi, que le guiñaba un ojo.
Poco rato más tarde, y tal y como habían convenido, sin despedidas, sin caras tristes, se
marchó. Javi y Mabel la condujeron al mar. Esta vez fue al puerto, a las escalinatas que
hay frente a la Comandancia de Marina. Desde allí empezó a alejarse la sirenita envuelta
en la noche por el puerto enfilando hacia la bocana. Atrás dejaba una ciudad, unos amigos
y una aventura inolvidable.
No había pasado todavía el verano cuando Alfonso Garrigós recibió en su casa una curiosa
carta. En su interior pudo leer: ‘Neptuno, dios del Mar, Plaza de España y tiene el honor
de invitarle, junto a la comisión que preside, a las Hogueras del Mar. La recepción de
invitados tendrá lugar el primer domingo de septiembre, a las 12 horas, el la isla Plana de
Tabarca. Ruego traslade invitación al presidente infantil en mi nombre”.
Al principio Garrigós alucinó un poco, luego pensó que seria una broma y al final decidió
guardarla carta, por aquello de que también se invitaba a Santi y le daba reparo no
comentárselo al menos.
Así lo hizo pasados algunos días, coincidiendo con una excursión que realizaban los
miembros de la Hoguera.
Santi comprendió al instante de lo que se trataba y se fue a la cola del autobús a decírselo
a Javi y a Toñi, su mujer, que estaban sentados juntos, al fondo.
Garrigós tuvo cumplida información de todo a lo largo de la jornada; de cómo conocieron
a la sirena, de cómo la vistieron y de la forma en que se despidieron de ella. Mientras
daba cuenta de todo, Javi se preparaba para que el mundo se le echara encima.
Pero tampoco esta vez se le cayó nada encima.
Nadie sabe cómo, pero un sorprendente y animado Garrigós despachó en pocos días los
permisos con los padres de las niñas, organizó la travesía a Tabarra en la “Kon-Tiki” y dio
las instrucciones precisas para la embajada. El día señalado todos viajaban en la popular
barcaza engalanados con sus trajes de fiesta alicantina. Santi se erguía imprudentemente
en proa desafinando al viento. Se sentía inmensamente seguro de si mismo.
Quienes apenas se movían o decían palabra eran Aitana, Nuria y la pequeña Nuria. Las
tres iban sentadas en cubierta, algo resguardadas del viento y con enormes síntomas de nerviosismo.
Al desembarcar en la isla, Garrigós no dudó:
- Vamos a la playa. En el merendero esperaremos.
La comitiva no se hizo de rogar emprendió camino seguida de la curiosa mirada de los
últimos turistas. Un refresco y un poco de aire irían bien para eliminar lo que pudiera
quedar de mareo.
No habían transcurrido más allá de veinte minutos cuando apareció flotando frente a ellos
una enorme embarcación. A bordo una niña les hacía señas:
- iVenid! Venid!. Subid a la barca.
Otras niñas, de cabellos largos como la anterior, nadan ágilmente alrededor de la nave
que se fue aproximando a la orilla. Al punto estuvieron todos dentro, acomodándose como
cada uno podía.
- ¡Bienvenidos! -les dijo la niña-. Tengo encomendado llevaros a la presencia de
Neptuno y de mi princesa Sirenita. En ese instante descubrieron que tanto ella como sus
acompañantes eran sirenas auténticas.
La anfitriona del grupo les entregó, uno a uno, una burbuja de cristal.
- Conservadlo -les indicó- y cuando nos sumerjamos, os la ponéis.
Esto sucedió un rato después, justo al avistar un islote rocoso donde desembarcaron. El
grupo de foguerers y las bellezas fueron descendiendo por unas escalerillas, al mar,
enfundados en sus improvisados cascos de cristal y dirigidos por las pequeñas sirenas.
Sorprendentemente podían respirar con normalidad, y sus vestidos y trajes no parecían mojarse.
Precedidos por Garrigós y Javi los invitados de Neptuno fueron caminando un trecho por el
fondo marino. Todos estaban maravillados de lo que veían: algas, corales, madreperlas,
moluscos de mil colores..., resultaba indescriptible.
Pronto las sirenas les indicaron la entrada de una gruta submarina, por la que penetraron.
Evidentemente -pensaron todos- ésta debe ser la sala del trono, Y así era. A su vista
apareció una inmensa cámara, muy iluminada, al fondo de la cual se encontraba el rey,
sentado en un trono de esponjas y de barba de ballena. Su porte era imponente: largas
melenas blancas, tanto como su larga barba de muchos años; alto y fuerte, con
musculosos brazos y, como no, piernas también. Su hermosa cabeza estaba premiada por
una corona tradicional, de rey, con piedras preciosas y oro. Y en su brazo derecho, lo que
todos esperaban ver: el tridente, símbolo de mando y poder del rey de los mares.
A su lado, inmensamente feliz, se encontraba nuestra sirenita. Sonreía y no dejaba de
agitar su mano saludando a sus amigos.
- ¡Bienvenidos! -habló Neptuno-. Mi querida hija me ha dado cuenta de vuestra
hospitalidad en la tierra y todos queremos corresponderos en nuestro agradecimiento.
¡Acompañadnos!.
Neptuno señaló unos asientos donde los visitantes fueron conducidos. Aitana, Nuria y la
más pequeña, se sentaron juntas y enseguida se les unió la sirena.
- Ahora veréis que bonito. Papá ha organizado un desfile, como el vuestro de Alicante. Y
también unas hogueras.
A partir de ese momento fue una velada excepcional. Desfilaron delante de ellos carrozas
inimaginables, arrastradas por los caballos de mar más bonitos, por tiros de cetáceos, de
peces multiformes, de animales nunca vistos por el hombre. Un derroche de gusto y de brillantez.
Las suntuosas carrozas, realizadas todas ellas con materiales y adornos marinos,
transportaban a las bellezas de la mar. En la más bonita, la más lujosa, que era remolcada
por cuatro ballenas blancas, aparecía sentada nuestra sirenita princesa.
- iAhí va! -exclamó Nuria-. Si no nos habíamos dado cuenta de que se había ido.
Al terminar el desfile departieron un rato con Neptuno y su corte mientras tomaban un
refrigerio y Garrigós y el jefe de Protocolo del rey intercambiaban recuerdos y presentes.
Las niñas, como era lógico, jugaban y se reían, emocionadas de estar otra vez juntas.
- Y ahora -cortó Neptuno con su impresionante voz- es tiempo de la cremá.
Los de la Hoguera Calderón de la Barca-Plaza de España se miraron incrédulos entre si.
- ¿Cómo van a quemar las hogueras aquí? -pensaban
Fuera de la gruta del trono, sobre terreno escampado, se alineaban dos docenas de
hogueras, todas ellas realizadas, como las carrozas, en un estilo muy especial, con
motivos diversos, incluso alguna de ellas con detalles irónicos. Los materiales, también,
eran todos marinos, aunque muy parecidos a los nuestros en el calor y su estructura.
- iComenzad! -ordenó Neptuno.
Como respondiendo mecánicamente a la voz, aparecieron al punto seis majestuosos
peces, como besugos gigantes. Cuidadosamente, cada uno de ellos iba formando, con su
descomunal boca, una burbuja gigante de aire en la que introducía una hoguera; así hasta
aprisionarlas a todas. Terminado el trabajo los peces se retiraron y Neptuno volvió a ordenar:
- iSoltadlas!.
Era un sueño: las hogueras comenzaron a elevarse, envueltas en su globo de aire,
brillando con infinitas reflejos y jaleadas en su paseo hasta la superficie por miles de peces
entusiasmados:
Al llegar arriba las burbujas se rompieron y las hogueras quedaron flotando sobre el agua.
Era noche casi cerrada.
- iAyúdame, primo, rey de las estrellas! -bramó Neptuno.
Fue como otro sueño: como si el cielo se abriera y de él saliera una intensa luz a modo de
estrellas fugaces. Cada una de ellas prendió una hoguera.
Con el fuego de testigo mudo, Garrigós y los suyos se despidieron de sus amigos del mar,
con la impresión embargándoles de que habían asistido a un espectáculo inenarrable. Las
niñas, ahora sí lloraban, y todos volvían llenos de regalos.
En esa vuelta en la barcaza podían ver la bahía de Alicante, preciosamente iluminada por
las Hogueras del Mar.
- ¡Aitana! ¡Aitana! Despierta que se hace tarde para la presentación en el casino y Toñi ya
está aquí para ayudarte con el moño. ¡Venga!. Que Javi ya está abajo.
Después que su madre la despertara de una siesta obligada y mientras Toñi y Ana, su
madrina, se esmeraban detrás de ella con los ganchos, con el moño y con la mantilla, la
belleza no podía alejar de su frente ese sueño que acababa de vivir; tan intensamente.