llibret 1988
Alicante: 60 Anys de Foc.

BARRACAS DE MELONES Y TERTULIAS CALLEJERAS.
Emilio Chipont (Periodista).

 
Hasta antes de 1936 estaban vigentes las tertulias callejeras: soparet, botella de vino “con cañeta” para beber al gallo; pay-pay, botijo, mesa improvisada sobre dos o tres sillas, sin mantel, pero con plena felicidad. Tiempos sin velocidad, sin prisa, sin stress... la gente se reunía en plena calle para hablar, desde luego en las noches -a veces angustiosas por el calor- del verano alicantino. Cualquier calle servía para tal fin, desde el principio de Navas o Torrijos, pasando por Quintana y Travesías, Franciscanos, Pérez Galdós con el glorioso recuerdo de “Les Oliverets”, estas tertulias comenzaban a animarse tras la caída del sol.
 
De aquellas reuniones de tipo familiar recordamos a un alicantino de pro, que fue popularísimo en los anales de la convivencia, era José Moscoso Sellers, en primavera incorporado a la Semana Santa; en verano a “Les Fogueres”; en invierno a la construcción de Nacimientos... y en otoño, a evocar tiempos mejores después de las fiestas del Arrabal Roig. Incorporados a aquella hora, contemos con el confitero Francisco Casa; con el “Chato Estrada”, que tuvo una barbería en la calle de Pablo Iglesias, y fue miembro de varias hogueras, entre ellas las de “Alfonso el Sabio, Quintana y Travesías”, o “Benito Pérez Galdós”, con el mecenazgo, tantas veces del propietario de Panificadora Magro, don Alberto.
 
Pues bien, en aquellos “soparets” en el “carrer”, las amas de casa rivalizaban por ver, cual de ellas presentaba un mejor menú. Toda suerte de tortillas grandes y redondas, de patatas; el “Conill amb tomaca”, los filetes empanados -que tenían que ser del puesto de Jaime Llorca, en el Mercado Central de Abastos-, todos los salazones del Mercado, la bacoreta, la melva, la hueva de atún o de corvina; el bonito seco, “els miquets”... Extensas ensaladas con sus aditamentos de alficoz, y cebolla, y lechuga, y las “olivetes del cuquello”. Y los vinos de León Dupuy -a granel claro- o de Marcial Samper...
 
Eran días fabulosos e inolvidables, antes de nuestra cruenta Guerra Civil. Eran días que cuando hoy se recuerdan, sin damos cuenta asoma a nuestras mejillas una furtiva lágrima.
 
Y con todo aquello las “barracas” de melones. El peculiar encanto de las “barracas” de melones, en tantas calles de la capital. En el paseo de Ramiro, en la plaza de España, a la puerta del Panteón de Quijano, de la playa del Postiguet, en el entonces incipiente paseo de Soto, en el parque de Canalejas frente al Teatro de Verano, etc.
 
Aquello también eran tertulias improvisadas, o permanentes durante todo el estío. A las que acudían los serenos, los poceros, los “guardias del casco” del servicio nocturno, los señoritos “calaveras”... y las tanguistas de los cafetines cercanos a la placeta de San Cristóbal, las que se albergaban en las calles del León, Aliaga, San Andrés o Santo Cristo... o las que pululaban por Argensola, Santo Tomás o Virgen de Belén. Muchos compraban la deliciosa fruta fresca, aquellos melones medianos y dulcísimos, de Altet, de Torrellano, del campo de Elche, Bacarot o Rebolledo... Las veladas eran largas pero muy acogedoras. Alrededor de aquellas barracas se tejieron tradiciones y costumbres indestructibles.
 
Hombres de la prensa, como Víctor Viñes, Fernando Montes, Aristarco, Abelardo de Teruel, Pepe Bosch, etc. dejaron imborrables huellas en las páginas de diarios y revistas en torno a las “barracas de melones”. Con la cordialidad, con el amor, con la confraternidad...