llibret 1988
Alicante: 60 Anys de Foc.
LA CASERA EN BARRAQUETA.
Lola Climent de Chipont.
Se ha escrito poco sobre la “casera en barraqueta” o caza de pajarillos con
redes, tanto en la capital como en la provincia. Tan solo algunos artículos
de José G. Morato, crítico deportivo de la prensa local de años treinta, y el
buen libro de Víctor Viñes Serrano, “Al pie del Benacantil”, en el que
dedica uno de sus mejores capítulos.
La costumbre típica alicantina tuvo otros refrendos, porque este especial
deporte se practicaba también en lugares del Sur de Francia y del Norte
de Africa. De todos modos, como bien se escribió Victor Viñes, “la
distracción que parece trivial, constituye, sin embargo, un delicioso y
complicado encadenamiento de preparativos y de realizaciones, que
hacen de la caza en “baraqueta” una típica costumbre alicantina
merecedora de glosarla...”
Las cazas especiales de las aves canoras se solían realizar en el “Hort del
Chorret”, “Hort de Arques”, “Les Oliveretes”; barrios de San Fernando y
San Blas; cerrillos de Babel, el Plá del Bon Repós, Garbinet, lomas de
Orgegia, Santa Faz, La Condomina, etc. Entre los famosos cazadores de
pájaros recordemos a don Antonio y don Román Bono, don Fermín
Bronchal Costa, procurador de los Tribunales, El Tío Tonet o el Roch de
Andana. Y entre los más humildes, pero eficaces, el mecánico Paco Ferri,
que trabajó en los Talleres de Martínez, Roselló y López; y Angel Mira
Planes, que vendía en su puesto del mercado las piezas que capturaba
los domingos. Fue popular en los años veinte, el Tío Miseria, que tenía su
comercio en la Plaza del Ayuntamiento, y cuyas mercancías eran muy
apreciadas por los cazadores. Y la Tía Teresa, que tejía como nadie las
finísimas e invisibles redes para la “casera”.
Otoño, las casi frías amanecidas de octubre y noviembre, era la época
idónea para la caza.
Las “barracas” -generalmente- estaban bien acondicionadas, pues no
en balde el cazador habría de pasar muchas horas allí. Algunas tenían
hasta su pequeño hogar, para el asado de chuletitas de cordero, las
morcillas de cebolla, las blancas y las encarnadas. Sobre el fuego de
sarmientos de viñas o ramas secas de olivo -y a veces naranjo-,
también se solían colocar las “boches” de tomillo, que perfumaban el
ambiente. Y a la hora del condumio aparecían también los encurtidos,
el “agua y sal”, los “ditets”, las “olivetes partides”, y se bebía vino de
la bota; caldos de Jalón y de Castalla.
En cada casera -hablamos de aquellos tiempos- se capturaban mil
pajarillos o más. Algunos decían -quizás con razón- que aquello no era
bueno, que al fin ya la postre los pájaros eran unos benefactores de la
agricultura, pues no en balde destruían muchos insectos. Y puede que
les asistiera la razón...