ACCESIT EN PROSA. Premio especial Hoguera Calderón de la Barca-Plaza de España.
El diccionario, nos define la palabra fuego, del siguiente modo: “Hoguera que como señal
se hacia en las atalayas de la costa”; en los corazones de los alicantinos en la noche de
San Chuan, se convierten en atalayas; el fuego brota de ellos y parece que quieran
avisarse unos a otros -fogueras, atalayas-, corazones de que la noche bruja, la noche
misteriosa, la noche gitana por antonomasia, está en su punto álgido:
A coger el trébole,
el trébole, el trébole,
a coger el trébole
la noche de San Juan.
A coger el trébole,
a coger el trébole
mis amores van.
esta canción que cantan los mozos de la austera y seca Castilla, no se oye en tierras
mediterráneas el mare nostrum es otra cosa, aquí es Paquito el Chocolatero, el que se baila
a ritmo frenético unas veces, cadencioso otras; es el paso-doble el que triunfa, es la
“marcha” en todos los sentidos de la palabra la que brilla, es el fuego que a las doce de la
noche, pondrá fin y principio -para el año próximo- a la mágica noche.
Decía don Ramón Gómez de la Serna, en una de sus visitas a esta bendita tierra, que “el
fuego en la hora más bella de la naturaleza, es como un holocausto que se debe al cielo, al
mar y a los campos; queda -añadía- después de haber estado en les “fogueres”, como la
idea de haber sido sacerdote en una fiesta ritual, cumpliendo una misión sagrada.
La “foguera” de la Plaza de España-Calderón, es semejante a todas -crítica, sátira, ironía- la
cara del pueblo que se descubre, la careta que se cae, y por encima de todo el “ninot” que
espera tal vez con gozo, tal vez con tristeza, hundirse en el fuego o salvarse de la quemá; si
se salva, pasará a la posterioridad, será el orgullo de la “foguera”, y del escultor que le dió
soplo y vida, y también del pueblo al que pertenece; si no se le indulta, si es pasto de las
llamas, podrá decir tranquilo: misión cumplida, porque fue construido para eso, para que el
fuego prendiese de sus ropas, de su cuerpo, de su rostro, para convertirse en ceniza, en
humo, y mientras esto ocurre, mientras el humo se levanta hacia el cielo, dando a entender
a todos los alicantinos que la misión de la foguera Calderón de la Barca-Plaza de España, ha
cumplido la misión a la que estaba destinada; de los corazones de los alicantinos allí
reunidos, brotará un murmullo -el murmullo y grito de las antiguas monarquías europeas- “la
foguera ha muerto ¡Viva la foguera!” y por los rostros de las bellezas y sus damas, en estos
tres días brujos, cuando lloran de tristeza o de alegría -el llanto no tiene matices- no
derramarán lágrimas, derramarán perlas que se deslizarán mejor por sus cutis finos,
marfileños, y también porque así lo exige su reinado; repito cuando el último penacho de
humo se pierda en el cielo, las bellezas, dejarán resbalar “sus” perlas de tristeza, cansancio
y añoranza: su reinado ahora terminado; ha sido efímero, pero fructífero, porque sin sus
rostros juveniles y bellos, el fuego sería menos fuego, ya que los ojos de ellas, le dan más
color, le dan un brillo centellante -como de cielo estrellado- y todas llevarán en sus hogares
un bello recuerdo; tal vez cuando su pelo negro se cubra de plata, y tengan en sus brazos a
sus nietos, les contarán: “cuando yo fui belleza o dama...” y no podrán continuar, porque
esta vez, no serán perlas, las que resbalen por sus mejillas, serán lágrimas agridulces, al
recordar un pasado glorioso, un trono vacío y un centro sin mano.
Todas las “fogueras”, hemos dicho, en su elemento esencial, son iguales: cartón, pintura,
fuego y humo, pero tal vez de la de Calderón-Plaza de España, se distinga de las otras,
porque el humo también suele aparecer antes de las doce de la noche; a su lado, vieja,
destartalada, pero gritando a veces tardes gloriosas, se levanta el coso taurino, “nostra
plasa de bous”; redonda de triunfos, arena de sinsabores, burladero del miedo, espejo de
damas, palcos de peinetas; a las cinco en punto de la tarde, como diría el malogrado
Federico, hacen el paseíllo la terna de turno; es una corrida más de la feria de les
“fogueres”, y los toros, como ninots vivientes, escarlan y buscan el cuerpo del torero, que
también como un ninot henchido de vida, le hace el quiebro con elegancia, con lentitud,
parando templando y mandando; el torero huye que la muerte, al revés de la “foguera” que
busca el fuego para que se produzca “su” muerte; ante la faena del maestro, las palmas de
los espectadores echan humo -humo de entusiasmo, borrachera de ilusiones- y echan este
humo antes de quemar la “foguera”, que a pocos metros de distancia, silenciosamente y
colorista, parece vivir la corrida.
Un año, cuentan las malas lenguas, bajo el sol abrasador de “las cinco de la tarde” -perdona
Federico García Lorca, poeta y soñador que te cite- repito bajo el sol abrasador, se escapó,
un “ninot” que tenía dentro el gusanillo de la aficción: se coló en la plaza e intentó tirarse al
ruedo, porque él también soñaba -quizás más- en el humo de las palmas ante una brillante
faena que en el humo del fuego; pero también cuentan -todo es leyenda, todo es fantasía
en la noche de San “Chuan”- que cuando ya estaba a punto de tirarse, cuando ya su cuerpo
se balanceaba sosteniendo un viejo trapo, hizo un quiebro no al toro, sino asimismo, y
arrepentido y lloroso, se volvió a la “foguera”; las lágrimas le resbalaban, hasta humedecer
el cartón; los demás compañeros de la “foguera” -porque señores que visitaís “les
fogueres”- los ninots hablan también “su” lenguaje silencioso que le imprime el soplo del
artista, cual un Diviso Creador.
Al ver aparecer al “ninot espontáneo”, los compañeros le afearon el gesto de querer huir de
la “cremá”, y el arrepentido, se volvió a colocar en el sitio; ola las fuertes palmas y
ovaciones de los espectadores, pero se consolaba porque dentro de unas horas, él también
oiría o mejor dicho vería los ojos de las bellezas y sus damas, llorando al cumplirse la misión
por la que fue creado: ser pasto de las llamas; con ello, quedaría simbolizado todo el
espíritu del pueblo; el trabajo y la ilusión de todo un año. A poca distancia de sus rescoldos,
también la arena del viejo coso de la Plaza de España, la envolvería el silencio de la noche
bruja, y la “foguera” hecha ceniza, tardaría todo un año en volver a oir los clarines que
darían la salida al primero de la tarde.
No, no podemos separar, la “foguera” Calderón-Plaza de España, de la Plaza de Toros,
porque son dos puntos, dos vértices, dos paralelas, que no se juntan, pero andan unidas;
son la manifestación de la fugacidad de los bienes terrenales; la una -“LA FOGUERA”- juega
con el fuego -coquetea mejor dicho-; la corrida, juega con la muerte, y ¡señores! pocas
“fogueras”, sin mediestra del Señor, repito, pocas “fogueras” tienen dos atributos tan
sagrados, tan simbólicos; el fuego y la muerte acechante.