Premio a la mejor obra en PROSA.
No todo es polvo y es humo. Me convertiré en humo liviano colmando el anochecer de cielo
claro. Me creasteis desde una sonrisa iluminada, besada por un sueño en cualquier noche de
verano. Me acunaron las mareas cantándome nanas escritas en valenciano. Me gustaba tocar
la dulzaina y escuchar los pasacalles; comprendía mi futuro de cartón piedra en una noche de
milagro. Mi corazón latía reventado en mascletás de tequieros encendidos con ternura. Y hoy
aquí, ahora, vivo la plenitud al saber la razón por la que fui creado. Soy joven y viejo como el
mundo. Soy vosotros. Me tocará volar hacia arriba convertido en aire oscuro. Me tiemblan las
manos y las piernas desde esta tarima de colores y espejismos. No es que la vida sea corta,
es que se dispara hacia su culminación en vertiginosa carrera de esperanza. No apagar las
luces en las calles ni en las almas. Todo ser es fuego adormecido que sueña prepararse para
faro o para estrella. Puedes tocarme, pequeño, aunque los carteles no quieran. Todo es fiesta
pese al llanto arrinconado e inconfundible que permanece espectrante deseando inundar los
ojos. No apaguéis las luces. Que parezca todo llama. No seré sacrificado. Las llamas
absorberán mi cuerpo, como vuestras llamas brillarán cualquier noche de San Juan, aquí en la
fiesta o después de este tiempo de cartón y pintura. Vuestro tiempo de mirar desde la tarima
en las ocupaciones cotidianas, también se dispara en un castillo de fuegos artificiales
colmando las décadas de ilusiones y de razones de no olvidarse del polvo ni del humo.
Mirando al cielo quise coger la primavera...
Desde esta hoguera, me gustaría obsequiaros. Los muñecos también compartimos el vino,
humedeciendo nuestras resecas gargantas de sabores, absorbiendo el fruto de la tierra con
alegría de compartir con el sol sus vacaciones. No parar la música, ni siquiera cuando ya sea humo...
No olvidaros que los muñecos también lloran al verse de nuevo entre vosotros. El fuego no
destruye, glorifica. Os revelaré el secreto. Todos los años vuelvo a levantaros del televisor y
de los despachos, os enseño vuestras calles, incluso vuestras cosas parecen acicaladas de
ganas de elevarse como hoguera hacia el cielo que las ampara. No es un cartón lo que
vuestros ojos miran. Es un espejo que abrasa enseñándoos a pensar que no todo es humo y
polvo. Dejar las luces encendidas. Prender la llama. Todo será como antes. Yo también
pasee por la Explanada. Fuego y noche; vida que se desparrama hacia el mar... llevándose
un recuerdo en cada infancia y trayendo cada día un milagro en la mañana. Somos algo más
que muñecos que se admiran en las plazas. Somos un castillo y una playa. Una historia que
precisa de incendios en madrugada. Que comen engalanados de trajes típicos en las
barracas, que temen el día que el sol se olvide de lamer sus casas dejando todo al amparo
de unas cenizas sin llamas y unas calles con bombillas apagadas.
Por eso no quiero que os olvidéis de mi mirada, mañana volveré a estar donde el humo me
esperaba, escuchando aquellas nanas escritas en valenciano, entonadas por aquellos desde
sus tarimas blancas, que surgieron con el polvo hasta el humo que auguraban sus pechos de
cartón piedra, sus ojos de pintura opaca que empiezan ya a desatarse, inundándose de pena
porque las luces se apagan.