llibret 1985
Los Pueblos, el Fuego, su Folklore.

VII CERTAMEN LITERARIO.
Accesit en PROSA.
Título: "NOCHE COMO UNA PURPURA INCENDIADA".
Autor: Manuel Terrín Benavides.

Nunca muerte oxidada, sino los pasos que ordenan el camino para que actúe. No rayo que fulmina, el que fecunda es esta hoguera acercándose a nuestra vida. Ella sube como un beso desnudo que genera el alba de Alicante en plena oscuridad, húmeda, suntuosa, masticando la sombra entre sus dientes porque es inapresable.
 
Todo amor degenera en orgullo, todos los errores corren cada mañana por el río de la lengua, pero estas hogueras suben sin vendas mortuorias, audaces incandescentes mientras yo reclino el alma, amarrada a las palmeras, porque ellas son como un perfume que penetra.
 
No hay naufragio en esta lumbre. Es una lluvia de pisadas grandes, un fulgor irradiado. ¡Sube!. A su paso se incendian los corazones, cruje la madera podrida por los sueños oscuros y mi cuerpo recorre todas las sensaciones.
 
Hoy no quiero mirar hacia atrás porque tengo compasión de los ojos. El camino es un cementerio de labios apagados y la mente al crecer se queda sola. Pero el fuego sube desplegado, sumiso, silencioso como si alguien hubiese soltado el viento de la mañana.
 
El fuego grande es aposento de las almas dichosas en aquellos que vibran atentos a otro latido. Se levanta como un fervor, como una llamarada extraña que queda atrapada en la noche, en los vagos crepúsculos, como tu corazón, Alicante, como tu mano de flor con hojas extendidas sobre cuerpo viajero, sobre pupilas atraídas por tu imagen.
 
Los dioses no meditan. Brota de sus ojos un aplauso de tierra servida para el ocio. Es un mensaje de guirnaldas que sobrepasan lo inmediato, amor maduro, amor sin límites aupado en la belleza que el espíritu refleja y adorna un mundo de artesanía anónima.
 
Los sentidos ocultos en la noche alicantina engendran un sentimiento narcotizado y el plumaje de los pájaros roza labios serenos.
 
El alma de Alicante se aposenta en la sombra iluminando la materia amada, el ojo que acaricia la cabellera femenina del horizonte, el cuerpo emergido de la mar como un Lázaro frío resucitado de su propia expresión.
 
Así tu amor es grande, Alicante de las palmeras, parecido al aliento de los dioses, montaña erguida como un orgullo de horizonte sonoro, manantial rescatado en la costa luciente donde la vida es un calendario salpicado de oraciones marinas.
 
Tu hoguera recuerda un beso intenso, un soplo airado de tiniebla sosegada en los hombros. Golondrinas espesas en la frente levantan esos rizos por el viento del alba acariciados. Algo quiere acercarme al árbol vivo, roja vigilia densa, con las raíces sueltas en el corazón
 
Tu hoguera invoca un horizonte de pájaros dormidos, el color primitivo que tuvo la caricia levantina. Hay silencio de dioses en la seda que resbala suave por las playas como un desmayo de juventud, la garra de una raza soñadora y viajera.
 
Tu hoguera es el maremoto que siempre se perdona, oleaje por donde el sol impregna un brillo diferente. Alguien quiere acercarme hoy la suavidad que ha sido almohada de ángeles, un vendaval melancólico donde se multiplica el deseo, la hierba roja de tu hoguera.
 
El paisaje diluye dimensiones y el amor es un don, no se merece. ¡Oh la noche!. En su pulmón los agitados mártires de la ciudad podan oxígeno, destila espíritu la piel doblega y da comienzo la consagración de los sentidos.
 
Hay silencio, miradas fugitivas, confidencias de labios que apenas pueden verse. Los parques acumulan tentáculos de fantasmas, amores juveniles, cabello verde de lluvias viejas, sombras monótonas, crecientes y yo del corazón de las palmeras siento el peso.
 
¿Perdura entre lo oscuro desnudez sollozada? ¿Es confidencia, lujo inconfesable todo escudo de sombra? Sube a los lechos un rubor espeso, llamarada espiral, imagen de contactos femeninos.
 
¡Oh la noche!. Delante apenas suena el estupor de un río en una llanura seca, la inocencia civil de los caminos entregados.
 
Pero tu, Alicante, te sublevas desde el borde encendido del silencio, desnuda de contornos, elevas a la altura la sangre de tu fuego, tu fuego como una música que puede verse, como un galope de caballos rojos que se amontonan, y mis labios concretan la dispersión ardiente.