Premio en PROSA.
AL PRINCIPIO, poco después que Dios creara el mundo, y sobre las aguas se espaciesen
las pequeñas y ya preciadas tierras de pálidos caminos futurosos; diluidas como el barro
en profundidad hacia la costilla de Adán, el planeta giraba en fuego. Fuego sediento de
gases vaporizados, como exaltación al continuo avanzar; conciencia de carácter en
evolución; símbolo de vida en marcha. La naturaleza paralizada en convulsiva translación
astronómica, comprendía el secreto, aprendido en caminos siderales de millones de
siglos... Fuego, estrellas, sol, corazón y vida de sabores mal arraigados, confundiéndose
en galaxias de años, de millones de estrellas incendiadas y palmeras por nacer.
Más tarde, desde el cielo se dibujó la figura batiente de un cobijo para cuando el hombre
con sus sufrimientos llegase.
Caía vertiginosamente desde la fantasía hercúlia de las imaginaciones, sobre una playa
sin hoteles, envuelta en peces de esmeraldas escamosas y gritos de sirenas
hermosísimas que abandonaban el nácar de sus conchas para poder crecer.
Arena y agua, ingredientes básicos del camino donde los dioses de antiguas culturas
buscarían coral y flor de pino a regalar a las hijas de las hadas de sus sueños. Fuego
natural de huesos por morir iluminaban ya la tierra elegida por el don de calentar
resentimientos de fríos y engatusar a la lluvia para que dejase un día de llorar. Un lugar
donde reposaban los centauros en sus siestas arcaicas; unicornios y pastores musicados
de oberturas yacerán dormidos en esa paz y esa calma, en las aguas de la divinidad
oceánica; alma pura de las almas.
El mediterráneo se lavó la cara mirando al Benacantil. Sus hijos ya se asomaban a los
cabos y bahías al ver el fuego de la noche de San Juan, el fuego-fiesta que no se inventó,
que mucho antes de la nada ya caía en la tierra, salpicando la marea en artificio de luz y
de colores. Y comprendían el sabor de la llama salvaje, y supieron hablar del horizonte y
del futuro sin indiferencia. Y lloraron al ser envueltos en la luz milagrosa de sus hogueras
impregnadas de presagios, y sonrieron al ocurrírseles vivir juntos criando palmeras. Poco
después se inventaron los himnos con los cuales ya podrían ser gloriosos e inmortales.
¡Inmortalidad!. ¡Que fría sombra de desamor de muerte y sombra soterrada! desapego a
las soledades y a las inquietantes puestas de sol..., rojas sombras que el mar unido al
cielo y a la tierra salpicada de claveles con nombre de viento marginado de tres días y
consecuencias vislumbradas en antorchas. Levante, ¡qué dejadez de barca a la deriva!. No
envidies Terral ni Tramontana, hermanos mayores son de la virginidad que bien te guarda.
Alicante no pudo ser hasta que llegaron las trompetas con los ángeles, sonidos de noble
metal fundido en llamas, entonando aquellos himnos de profetas ancestrales, glorificando
el arte de ser fuego en vida y ser inmortal en el fuego de la muerte.
Hoy, más tarde que todo aquello, regustos de carbonilla, y pavesa ciega de vinos y frágil
volar, acunan al recién nacido de estas tierras. El fuego solar de lejanas vibraciones vaga
por la venas siderales de cuerpos de renombrado magnetismo. No son de aquí sus
pobladores. El lugar son ellos, que lo llevan en humo apostulando signos de futuro más
allá de los mares, reventando en un malecón de estrellas de donde pende en soltura
inquieta, en forma de montaña-fortaleza.
Se había dicho que el sol se posó, cansado de volar por los planetas en esta bahía, e
iluminó con su fulgor batiente la vida que vendría. Por eso se recuerda en cada atardecer
y en cada llama que presione la estabilidad de una sonrisa. Este lugar se incendió mucho
antes de crearse. Los dioses mitológicos se estrecharon la mano y con su unión se
forjaron los almendros y las encinas, y palpitaron los montes de ilusión, y se engendró la poesía.
Algunos, los más viejos creerán ver desde la playa, alguna imagen arrogante, valerosa, de
un antiguo colono y señor, mirando sin apartar la vista, anhelante a esa ciudad que
seguirá formándose poco a poco, batalla tras batalla. Levantando edificios, construyendo
muelles, hasta lograr una casa donde elegirá para vivir la primavera y sus bostezos... de
noche duermen las estrellas en sus cielos y cuando llueve, el viejo del castillo se verá
coronado de un arco iris perfecto, hecho con agua de lluvia y cielo de mar.
Hay una noche, sólo una al año, donde el duende de la fortaleza baja a pasear por las
calles, baila con los pobladores y sueña con ellos. El veinticuatro de Junio, pernocta el sol
en Alicante y las aureolas de triunfo y de eternidad brillan sobre todas las cosas, cantando
aquellos himnos de aquellas gloriosas trompetas. Es esa noche cuando a partir de las
doce, el guardián parece sonreir desde su cumbre como si tuviera cosquillas de tanto
trueno y tanto fuego de artificio. El Benacantil suspira, y parecería ser más pequeño si el
mar no estuviera tan cerca, lamiendo sus faldas. El ir y venir de sus olas lo transforman
en una plataforma de ensueño, movible, casi con vida propia. Y es que desde la altura de
sus piedras y con un poco de imaginación todo ser es capaz de divisar las mejores costas.
Viejos muñecos lamidos por las llamas hacen mella en el recuerdo, y los triunfos
añorados aguardan la magestuosidad del día, mirando siempre hacia la luz en brasas de
almas presentes que gozan ya de la inmortalidad y de la dicha de ser parte del fuego
ancestral que ilumina las estrellas.