llibret 1985
Los Pueblos, el Fuego, su Folklore.

VII CERTAMEN LITERARIO.
Premio en PROSA.
Título: "FUEGO EN EL ALMA".
Autor: Víctor Manuel Sánchez Berenguer.

AL PRINCIPIO, poco después que Dios creara el mundo, y sobre las aguas se espaciesen las pequeñas y ya preciadas tierras de pálidos caminos futurosos; diluidas como el barro en profundidad hacia la costilla de Adán, el planeta giraba en fuego. Fuego sediento de gases vaporizados, como exaltación al continuo avanzar; conciencia de carácter en evolución; símbolo de vida en marcha. La naturaleza paralizada en convulsiva translación astronómica, comprendía el secreto, aprendido en caminos siderales de millones de siglos... Fuego, estrellas, sol, corazón y vida de sabores mal arraigados, confundiéndose en galaxias de años, de millones de estrellas incendiadas y palmeras por nacer.
 
Más tarde, desde el cielo se dibujó la figura batiente de un cobijo para cuando el hombre con sus sufrimientos llegase.
 
Caía vertiginosamente desde la fantasía hercúlia de las imaginaciones, sobre una playa sin hoteles, envuelta en peces de esmeraldas escamosas y gritos de sirenas hermosísimas que abandonaban el nácar de sus conchas para poder crecer.
 
Arena y agua, ingredientes básicos del camino donde los dioses de antiguas culturas buscarían coral y flor de pino a regalar a las hijas de las hadas de sus sueños. Fuego natural de huesos por morir iluminaban ya la tierra elegida por el don de calentar resentimientos de fríos y engatusar a la lluvia para que dejase un día de llorar. Un lugar donde reposaban los centauros en sus siestas arcaicas; unicornios y pastores musicados de oberturas yacerán dormidos en esa paz y esa calma, en las aguas de la divinidad oceánica; alma pura de las almas.
 
El mediterráneo se lavó la cara mirando al Benacantil. Sus hijos ya se asomaban a los cabos y bahías al ver el fuego de la noche de San Juan, el fuego-fiesta que no se inventó, que mucho antes de la nada ya caía en la tierra, salpicando la marea en artificio de luz y de colores. Y comprendían el sabor de la llama salvaje, y supieron hablar del horizonte y del futuro sin indiferencia. Y lloraron al ser envueltos en la luz milagrosa de sus hogueras impregnadas de presagios, y sonrieron al ocurrírseles vivir juntos criando palmeras. Poco después se inventaron los himnos con los cuales ya podrían ser gloriosos e inmortales. ¡Inmortalidad!. ¡Que fría sombra de desamor de muerte y sombra soterrada! desapego a las soledades y a las inquietantes puestas de sol..., rojas sombras que el mar unido al cielo y a la tierra salpicada de claveles con nombre de viento marginado de tres días y consecuencias vislumbradas en antorchas. Levante, ¡qué dejadez de barca a la deriva!. No envidies Terral ni Tramontana, hermanos mayores son de la virginidad que bien te guarda. Alicante no pudo ser hasta que llegaron las trompetas con los ángeles, sonidos de noble metal fundido en llamas, entonando aquellos himnos de profetas ancestrales, glorificando el arte de ser fuego en vida y ser inmortal en el fuego de la muerte.
 
Hoy, más tarde que todo aquello, regustos de carbonilla, y pavesa ciega de vinos y frágil volar, acunan al recién nacido de estas tierras. El fuego solar de lejanas vibraciones vaga por la venas siderales de cuerpos de renombrado magnetismo. No son de aquí sus pobladores. El lugar son ellos, que lo llevan en humo apostulando signos de futuro más allá de los mares, reventando en un malecón de estrellas de donde pende en soltura inquieta, en forma de montaña-fortaleza.
 
Se había dicho que el sol se posó, cansado de volar por los planetas en esta bahía, e iluminó con su fulgor batiente la vida que vendría. Por eso se recuerda en cada atardecer y en cada llama que presione la estabilidad de una sonrisa. Este lugar se incendió mucho antes de crearse. Los dioses mitológicos se estrecharon la mano y con su unión se forjaron los almendros y las encinas, y palpitaron los montes de ilusión, y se engendró la poesía. Algunos, los más viejos creerán ver desde la playa, alguna imagen arrogante, valerosa, de un antiguo colono y señor, mirando sin apartar la vista, anhelante a esa ciudad que seguirá formándose poco a poco, batalla tras batalla. Levantando edificios, construyendo muelles, hasta lograr una casa donde elegirá para vivir la primavera y sus bostezos... de noche duermen las estrellas en sus cielos y cuando llueve, el viejo del castillo se verá coronado de un arco iris perfecto, hecho con agua de lluvia y cielo de mar.
 
Hay una noche, sólo una al año, donde el duende de la fortaleza baja a pasear por las calles, baila con los pobladores y sueña con ellos. El veinticuatro de Junio, pernocta el sol en Alicante y las aureolas de triunfo y de eternidad brillan sobre todas las cosas, cantando aquellos himnos de aquellas gloriosas trompetas. Es esa noche cuando a partir de las doce, el guardián parece sonreir desde su cumbre como si tuviera cosquillas de tanto trueno y tanto fuego de artificio. El Benacantil suspira, y parecería ser más pequeño si el mar no estuviera tan cerca, lamiendo sus faldas. El ir y venir de sus olas lo transforman en una plataforma de ensueño, movible, casi con vida propia. Y es que desde la altura de sus piedras y con un poco de imaginación todo ser es capaz de divisar las mejores costas.
 
Viejos muñecos lamidos por las llamas hacen mella en el recuerdo, y los triunfos añorados aguardan la magestuosidad del día, mirando siempre hacia la luz en brasas de almas presentes que gozan ya de la inmortalidad y de la dicha de ser parte del fuego ancestral que ilumina las estrellas.