Premio al mejopr trabajo relacionado con la HISTORIA DE LA HOGUERA.
Aquella mañana, fue distinta a todas las transcurridas en la Casa de Beneficencia. Al
alborear el día, comenzó la fiesta. Fiesta, sí, pues no era para menos lo que estaba
aconteciendo en aquel siempre ingrato recinto para asilados y niños amparados por el
anonimato del “torn” y la caridad.
Sor Soria, la veterana Superiora de las dulces monjas que allí impartían su cariño entre
niños y ancianos, iba y venía dominante, por las amplias salas de los dormitorios, poniendo
a la gente en pié.
- Venga, venga... niños... arriba... que hoy es fiesta grande.
Los niños aquí, las niñas allá, abrían poderosos sus ojos, pero la autoritaria voz de Sor Soria,
les obligaba a abrirlos definitivamente.
Solamente tres, tres de las niñas no habían podido conciliar el sueño en la noche, por vivir
próximo ese otro sueño que les llegaba.
Un grupo de monjas, inquietas, con pasos ágiles y suaves que se escondían bajo sus
amplias faldas marengas, tocadas con albas y almidonadas alas, mostraban su alegría en
sus nacarinos rostros y secundaban las voces de mando de la Superiora, que pese a sus
años, competía positivamente, con ellas, en rapidez de acción.
Tres, solamente tres de las asiladas iban a ser las elegidas para protagonizar la fiesta. Y
esas tres niñas, casi mujercitas ya, se entregaban dóciles a manos de sus monjitas, que
como buenas “madres” y aún cual novias en vísperas de nupcias, gozaban como propias las
dichas de las tres elegidas.
Sí, porque Lolita, Antoñita y Pepita, iban a gozar desde ese día, directamente, nuestra fiesta
de les Fogueres de Sant Joan, compartiendo y conviviendo con todos, sus maravillosos encantos.
- Vamos Loli -decía Sor Soria- que ahora mismo está ahí la Comisión.
- Toñi, Pepi, daos prisa que el tiempo vuela.
Y las monjas sonreían, mientras a poco, les enjabonaban y perfumaban. Porque ese día era
excepcional para estas tres mujercitas. En ese día cabía la tolerancia del perfume, del
colorete y aún del carmín para los labios. Y en eso se estaban mostrando diestras las
monjitas, sacando a relucir su feminidad sacrificada.
Sor Soria, hacía la vista gorda con suficiente maestría, para no ver lo que en el fondo,
asumía y aceptaba para que sus “niñas”, fueran tan guapas como las demás bellezas del
distrito. Sus queridas “niñas” no podían ser menos.
Y eso mismo había dicho, días antes, el Presidente de la Diputación, D. Agustín Mora Valero,
un muy apreciable hombre que tenía su ferretería en la calle de San Francisco esquina a la
de Castaños. Lo había dicho días antes, mediado el mes de Marzo del año 1.934
justamente a la Comisión de la calle de Calderón de la Barca.
- Las tres muchachas que ustedes elijan, irán dignamente vestidas y con la debida
elegancia, en todos los actos consiguientes de la fiesta.
Porque la comisión de esta “foguera” que presidía D. Vicente Arnau, visitó al Presidente de
la Diputación para exponerle sus pretensiones:
- D. Agustín, esta Comisión que me honro en presidir, ha tomado el acuerdo unánime y
como consecuencia del criterio que han manifestado las muchachas de nuestra barriada, de
que este año, si usted lo autoriza, nuestra Belleza y Damas de Honor sean elegidas entre
las acogidas en la Casa de Beneficencia. Queremos que nuestra fiesta, sea vivida por toda
mujer alicantina cualquiera que sea su condición.
Accedió emocionado el Presidente y la Comisión giró visita a la Casa de Beneficencia en
aquel antiguo y romántico Paseo de los Capuchinos y entonces como hoy, Paseo de Campoamor.
Y ese día fue de gala para los asilados. Sor Soria, previamente advertida, tomó a su cargo
la dirección, como tantas otras veces, de las limpieza de las dependencias y aseo general.
Todo barrido, baldeado, repasados los suelos con bayetas impregnadas de petróleo, para
que cuando llegara la Comisión, la encontrara sin mota alguna. Los niños con sus delantales
recién planchados y ellas con sus faldas perfectamente plisadas, alineados esperaron la
llegada de los “foguerers” que la anunciaron con una estrepitosa traca que resonó y
atemorizó a los niños, en el patio central del caserón.
Y allí estaban, no podían faltar, como símbolo simpático de su gentes, esa serie de
personajillos que alcanzaran cierta popularidad, como los hermanos “Diego” y “Teleta”,
“Pepe Caña”, “Quico”, “Toni” y otros que con sus ingenuos ademanes, daban lugar a que
Sor Soria, les llamara cariñosamente al orden:
- Quico... quietecito, que no quiero que se enfaden los señores...
- Yo... yo... bummm! bummmm! tre... nos...
“Teleta” con su habitual chaqueta larga que le llegaba más abajo de las rodillas, dejaba
pacíficamente que las monjas, le limpiaran frecuentemente la nariz para que no lucieran
sus tan personales “velones verdes”. “Diego” su hermano, con sus popularísimas piernas en
equis, su apenas nariz, respingona, su sombrete de fieltro siempre en la cabeza, juntos el
índice y el pulgar de la mano derecha a modo de batuta, dejó oir con su atipladísima voz su
primer remedo de dulzaina y tabalet en cuanto se vislumbró la presencia de los visitantes.
- Rata... tatata... plam!. Rata... tatata... plam!. Nana... nero... nana... nero... nana... nanannnn na...!.
Los primeros aplausos, para Diego, que imitaba como nadie tan alicantinísimos
instrumentos folklóricos. Tras ello, visita a las salas en donde esperaban las candidatas,
nerviosas, azoradas, ruborizadas ante ese mundo extraño de la calle que penetraba
cariñosamente pero audazmente en la intimidad de su “Casa”.
La Comisión eligió como Belleza a
Dolores Bañuls y como Damas a
Antoñita Quiles y
Pepita Navarro, mientras sus compañeros aplaudían cariñosamente y eran besadas a seguido por
las delicadas “palomas” de la caridad. “Pepa Caña” aprovechó el momento para dar su
“cabalgada” a lomos de su siempre inseparable caña, cual Rocinante estilizado. “Toni” con
su escopeta de madera, marcó también su obsesiona te ritmo militar.
- Opp... Oppp... Opppp...
Y esa mañana del 22 de Abril de 1.934 fue vivida con emoción por todos, incluida la propia
Comisión de la calle de Calderón. Las costureras de la Beneficencia, esmeráronse en coser
tres lindos vestidos, conforme había dispuesto D. Agustín, para la Belleza y las Damas. Sor
Soria vigilaba atentamente la acción. Peinadas con delicadeza y vestidas por las propias
monjas, fue la costurera quien fijara el colorete y el carmín en los limpios rostros de las
muchachas. Sor Soria tosía ligeramente, moderando la escena. A poco, llegó el alquilado
“simón” con los foguerers. El Presidente, cortés, dio el brazo a la Belleza, que azorada y a
instancias de Sor Soria, prendió en él su nerviosa mano y tras ellas, las Damas
acompañadas gentilmente por dos comisionados.
Esa gran familia de asilados, “sus hermanos” palmotearon de alegría.
Partió el “simón” y el trotecillo lento del jamelgo, levantó a su paso una tenue nubecilla de
polvo, como queriendo borrar tras de él, esa estampa de soledad de ese mundo de los
asilados. El Teatro Principal, en esa misma mañana, fue testigo de la gran salva de
aplausos que recibiera Dolores Bañuls, sabedor el público de su humilde condición, cuando
ella desfiló para optar como todas al entorchado de Bellea del Foc.
Allá en el Paseo de Campoamor, en la Casa de Beneficencia, Sor Soria y sus monjitas
rezaban devotamente, porque todo fuera feliz para esas tres muchachas que así, tan
efectivamente, contactaban con ese mundo variopinto de la fiesta de “les fogueres de Sant
Joan”, gracias a la rebosante humanidad de aquella siempre recordada Comisión de la calle
de Calderón.
Mientras, en el patio, Quico, Teleta, Pepe, Caña, Tony, muchos vejetes y niños degustaban
las golosinas con que la Diputación quiso endulzar el gozo del día.
Diego, con sus piernas en equis, amenizaba la jornada con su inimitable:
- Rata... tata... plan! Rata... tata... plan..! Nana... nero... nana... nero... nana... nana na... Rata... tata... plan!...
Han transcurrido cincuenta años... Da gozo recordar este gesto que ennobleció el brillante
historial de la Comisión de Calderón de la Barca.