llibret 1984
Flechazos.
ALICANTINA.
Juan Sanchís Candela.
“Alacant es un chardí
de clavells y roses fines:
Els clavells son els fadríns
y les roses les fadrines”.
Ambos fueron alumnos míos y es inútil que tratéis de saber sus verdaderos
nombres; así, pues, les llamaremos Teresa y Eugenio, y eso basta.
Nacidos en la misma calle de una popularísima barriada alicantina, juntos
crecieron, y sus juegos de niños seguían siendo los que yo conocí en pretéritos
días de mi ya lejana infancia.
Y para que sus vidas fueran en todo parejas, juntos ingresaron en esta Escuela
de Comercio: sus propósitos, como sus almas, estaban llamados a confundirse.
Camaradas de los años dorados de estudiantina, compartieron inquietudes y
satisfacciones en las aulas escolares; mientras tanto, un tierno y recíproco
sentimiento acercaba sus corazones.
Fueron novios y cuando terminados los estudios estuvieron en posesión del
ansiado titulo, la vida empezó a distanciarlos: Teresa fue empleada en las
oficinas de una importante industria local, y Eugenio marchó a Madrid para
preparar ventajosas oposiciones. Miraba en el espejo de otros bellos ojos de
mujer, hasta que el prolongado silencio de su prometido y las confidencias de
personas conocidas, confirmaron la dolorosa deslealtad, tronchando el dulce
sueño de la pobre enamorada.
Es día de San Juan y Alicante está de fiesta: es la fiesta del pueblo hospitalario,
hidalgo y generoso. Por la Explanada, bajo el palio de sus palmeras, nutridos
ramilletes de mujeres alicantinas realzan la sin par hermosura del magnífico paseo;
son mujeres limpias, pulidas y bellas, como las llama Azorín.
No hay plazo que no se cumpla y estaba escrito que Teresa y Eugenio volverían a
encontrarse; se saludaron como antiguos amigos, y juntos, como otras veces,
continuaron paseando.
Era próxima la media noche y el grupo de amigas, escoltado por Eugenio, se puso en
camino para presenciar la “crema” de la “foguera” galardonada con el primer premio.
La “Foguera” era un homenaje de Alicante a la Madre Patria. Catorce preciosas
figuras de mujer, simbolizando nuestros partidos judiciales, ofrendaban a España
cuanto la provincia sabe, hace y produce. Una de las figuras de gracia soberana,
personificaba Alcoy que, con profunda tristeza, contemplaba su ferrocarril en
construcción tantos años suspirado.
Eugenio y Teresa continuaban su coloquio; en un principio hablaron de la fiesta;
luego, del reciente triunfo de Eugenio en sus oposiciones, y, por fin, desconcertado
por la mirada cariñosa y burlona de la hermosa joven, acabó él pidiéndola perdón por
los pasados desdenes, prometiendo que la amaría siempre como ella le había amado.
Un inmenso resplandor iluminó la calle: había empezado la “crema” y de todos los
puntos de la ciudad brotaban ingentes llamaradas que, al reducir a pavesas tanto
prodigio del esfuerzo humano, recordaban a los mortales cuán efímeras son las
glorías de este mundo.
Mientras tanto, los novios reconciliados, ajenos a cuanto les rodeaba, hablaban de
unirse en indisolubles lazos, de crear un hogar, de ser felices.
Las amigas discretas, se alejaron un poco; una de ellas, maliciosa e intencionada,
mujer al fin, no pudo por menos de exclamar: “Ché quin fum fá, chiquetes”.
Y la “foguera” ardía, convirtiendo tanta belleza de arte y tantos anhelos y esperanzas,
en un maravillosa haz de fuego que se eleva hacía el cielo en la noche serena de San Juan.
Mujer alicantina
Que sabes querer y perdonar
¡Bendita seas!.