llibret 1983
El circo nuestro de cada día.
LA APORTACION DE LO ALICANTINO A LA MODERNA FIESTA DEL FUEGO.
Ludovico Correa Lillo.
Indiscutiblemente la fiesta del fuego, siendo eterna en si y fiel a su fondo espiritual, cultural e histórico, ha
sido, es y será cambiante en su ritual, en su forma, moldeando ella a los pueblos o dejándose moldear por ellos.
Su sentido ha ido pasando de rito religioso a invocación de arte, pero siempre exponente de formas
plásticas, armónicas, a las que el fuego les da su máximo grado de belleza. Sobrecogedora belleza, que
dejando tensos los sentidos, nos admira, cohibe, exalta o anula, que nos hace leones o corderos, y siempre
impresiona, impone, atemoriza. Pues bien a esa cambiante forma, la aportación de nuestra “terreta” ha sido
de una importancia capital, que en un estudio exhaustivo, no localista, de su historia debe ser muy tenido en
cuenta, pues dejando otras formas primitivas del fuego hoy, que todos los pueblos han celebrado y celebran,
sólo Orientales e Ibéricos -Valencianos y Alicantinos la visten con ropajes- de fantasía y realizaciones
materiales, capaces de convertir la “pira” en obra de arte, que admira cuando brota en plena calle, que sige
admirando en su corto vivir, y de crear en su agonía conjuro tal, que siendo capaz de sobrecoger el ánimo
más plantado, no destruye la admiración por lo bello.
Titánica lucha entre las luces que de ella nacen; irradiando colores que hacen irreal lo real cuanto en su
efímera muerte ilumina, que tiñen cielo y materia, sombreando en humos, diluye en la nada, trabajos,
esperanzas, ilusiones, noche que todos admiramos, que de su negro, hace brotar en forma de ígneas
pavesas, su complacencia por la ofrenda que el hombre le hace, pavesas que pareciendo nacer de su
sombrío color es siembra de dones, ilusiones y ánimos para seguir... y seguir.
Cuando el año 28 nació en lo alicantino, la fiesta del fuego nació tal cual era conocida con vicios, y virtudes,
materia y materiales que pronto al alicantino, le dijeron que no iban.
Ellas, en nosotros, nacieron, con caras y manos de cera, ropajes de tela y forma clásica; muñecos en torno o
contorno de un bastidor o telón, plano o corpóreo, sobre una tarima, de altura variable, en casos mediana,
pero en general, respetable.
La fecha, con su calor, obligó a colocar, cual ridículos bisoñés pellas de algodón, que un vigilante iba
empapando de agua, sobre todo en las horas puntas del paso del Sol por su vertical, cualquier negligencia,
por descuido, en el ritual convertía en feo monstruo a bella princesa y hacía, con sus churretes de cera, más
horroroso el horroroso.
En el año 32 de nuestra fiesta el alicantino sustituyó la cera por el cartón, rostros y manos, dejaron de ser
pesadilla y fueron, hasta ser humo, lo que el artista
quiso que fueran -¿fue influencia de nuestra artesanía de la muñeca? o ¿brote genial de sus
constructores?- por la misma época casi nacen en las hogueras de Gastón, grupos de figuras, en
las que la tela de los trajes es sustituida por el cartón –“filá mora de la hoguera del Ayuntamiento,
año 33-, en un principio moldeados con la figura y posteriormente “vestidas” las figuras con cartón.
Exactamente igual, la Hoguera de Reina Victoria presentó el año 36 un “Riu-Rau” cuyo suelo
estaba “casi” al nivel del suelo.
Estas al parecer pequeñas modificaciones, han moldeado lo que hoy es falla u hoguera, y has
sido aportadas por Alicantinos, sí Alicantinos.
También en el entorno de su nacimiento, la secular institución de “les festes de carrer” se instituye
en la fiesta constituyendo “la Barraca”, algo tan alicantino, que los alicantinos no han querido ver.
Todo lo aportado, se ha institucionalizado, es más,
la Barraca fue exportada con el mote
de “casal”, que si hacen en un lugar cerrado es porque allí, en esa época, por la noche, no se
puede estar en la calle, y luego aquí, nuestras comisiones, han copiado sin pensar que copiaban
algo, tan nuestro como es la barraca, a la que tanto odian y sin las cuales las hogueras serían fallas.