En el principio, al formar Dios el Mundo, puso un trocito de cielo azul sobre el verde mar de
esmeraldas: en la tierra un Paraíso; risas de sol; eterna Primavera, y naciste tú, Alicante.
El suspiro de la noche deposita un beso en tu seno. y un aura fresca mece la palmera.
cimbreando con dulce cadencia la verde palma.
El Mediterráneo, es un ancho espejo donde coqueta se mira la luna vestida de alicantina. Las
olas rompen en la playa rizando su cintura de blanca espuma. Las sirenas despiertan surgiendo
de las profundidades. Al emerger, las gotas de agua resbalan convirtiéndose en finas perlas. Sus
cuerpos desnudos se embalsaman con arenas de oro.
Allí donde no llega ni un eco perdido y reina el silencio de la soledad, las caracolas con dulces
sones, anuncian que, el día de San Juan llega a su fin. Millones de estrellas como un gran
enjambre de luciérnagas guiñan sus pupilas ardientes formando un torrente de piedras preciosas.
La Diosa del Fuego, solitaria viajera de la noche, hermosa entre las hermosas, flotando al viento
entre luminarias de mil colores, monta en su carroza engarzada en diamantes; su corazón
palpita violentamente inundado de felicidad. La hora bruja de San Juan espera su visita. Suenan
las doce campanadas. La palmera sale disparada de las entrañas de la fortaleza de Santa
Bárbara, turba al viento en su giro y dilatando las sombras nace una aurora. Al caer, se abre en
primoroso abanico, derramándose en vivísimas lágrimas.
Los geniecillos de la fiesta danzan sobre las nubes de humo del torbellino de las carcasas y
saltan juguetones la luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, llevando en
alto antorchas invisibles. iHa llegado la hora final de las Hogueras!.
Envuelta en un halo resplandeciente, la Diosa del Fuego desciende de su carroza peregrina y
corona con su aureola al Monumento Fogueril, transformándolo en una pira sagrada.
Hay momentos que el vaso de la imaginación se desborda y sueña sumergiéndose en la
maravillosa realidad que ofrecen las Hogueras Alicantinas.
Una voz escapada de un cuerpo grotesco, grita:
- iCantar! ¡Cantar el himno de nuestra terreta! iArrullar mi despedida entonando las más bellas
estrofas del alma del pueblo! iCantar y mi adiós será dulce entre el fuego purificador...!.
El estruendo de los castillos artificiales interrumpen los sollozos del triste ninot. El muñeco se
va abrasando. De pronto, siente unos brazos delgados y unas manos finas que se aferran a su
cuello; vacila, va perdiendo pie
y cae con un rumor sordo arrastrando en un fuerte