llibret 1981
Nos la dan con queso.

IMPRESIONES.
Martínez Mataix.

 
Usted, amigo mío, si no ha tenido oportunidad de visitar el taller de un constructor de “fogueres” en los días anteriores a las fiestas de San Juan, no puede suponer lo que es aquel lugar de sugestivo encantamiento. Además, para poder valorar luego adecuadamente esos monumentos callejeros de tan efímera vida, haría falta que se asomaran por alguno de esos mágicos obradores, en donde en las fechas vísperas de “la plantá” se amontonan ya casi totalmente terminados los elementos que formarán la “foguera”. Apoyados en las paredes o simplemente colgados de la techumbre, llenan agobiantemente todo el amplio espacio trastos de ampulosas formas, vario colorido y relucientes oros, como también una trapilla de “ninots” de pícaro gesto que, ciertamente, en ocasiones hacen que el visitante pierda la noción de su fingida humanidad, creyéndose observado al experimentar la extraña sensación de haber sorprendido alguna mirada de soslayo, forman entre todo un caos de mamparos, objetos y figuras por el que unos estrechos pasillos, como de un laberinto, permiten que el artista y sus ayudantes, como si jugaran al escondite, vayan de un lado a otro retocando detalles, dando las últimas y acertadas pinceladas a la colosal obra, en la que todo es igual a un sueño de gigante, pues la fantasía creadora del artista si reproduce unas frutas, por ejemplo, lo hace a tamaño enorme, igual que si naranjas, manzanas o tomates se convirtieran por arte de birlibirloque en hinchados globos aerostáticos.
 
Sin embargo, no son los objetos más o menos grandes y vistosos los que absorben la atención del que allí entra, sino las figuras, aquellos inmóviles “ninots” de gesto y ademán intencionado, en los que como decimos, parecen tener viva la mirada, brillándoles una luz chiquitita en los ojos, en los qua el barniz ponen un matiz cristalino. En ellos, en esos ojos, creemos en ocasiones descubrir al volvernos hacia el “ninot” un algo de sorpresa por haberles sorprendido en un quehacer furtivo.
 
Cuando al término de la jornada el maestro y sus ayudantes abandonan el taller cerrando puertas y oscureciendo luces, si nos fuera dado escondernos en algún rincón del atiborrado local, donde nos ignoraban, tal vez descubriríamos que en ese mundo de ficción fruto de la ilusión y la fantasía, no todo es cartón y pintura, sino que el artista, al dar forma y expresión a los muñecos, fue también depositando en ellos un poquito de su propia alma, de su propia vida, una vida que sólo ha de palpitar en el breve episodio en que la “foguera” ha de estar en la calle.