El alma tiene puertas, como las tiene nuestra interioridad, nuestra intimidad. Quizá
podríamos aceptar que alma e interioridad son la misma cosa, aunque no es así. El
alma habita en nuestra interioridad, y debe ubicarse en su lugar más noble y
entrañable. Tampoco todas las almas, ni todas las interioridades -como todos los
cuerpos- son iguales, ni tienen el mismo toque jerarquizado en la escala de los
sentimientos, de los pesares y sentires, -y no digamos- de la propia inteligencia.
Naturalmente, nosotros nos referimos al alma noble, a la interioridad acogedora, a
la intimidad sublimada por toda prenda generosa, sensibilizada, humana; nunca
nos podríamos referir, y menos en una ocasión como ésta, a las negras y abisales
profundidades, ni a estancias malvadas donde suelen anidar, o agazaparse, las
turbiedades de más de un espíritu. Hablamos de claridades y de generosidad.
Y al hablar así, alta y pródigamente, creemos que nuestra Fiesta de San Juan,
nuestra Fiesta del Fuego, en el que bien pueden quemarse cualesquiera ruindades,
es acreedora a que nosotros abramos de par en par la puerta, o las puertas, de
nuestra alma, para que por ellas pueda salir a la calle, al encuentro con los demás,
todo lo que de noble y solidario abriguemos en nuestra interioridad, en nuestra
intimidad. Dejemos que nuestra alma se oree en el aire y con el aire de la
amistad, de la confraternidad. Y arrojemos, también, puesto que la ocasión es única, al
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fuego de junio, cualquier adherencia, cualquier desperdicio, cualquier trapo de
suciedad o malquerencia que cargue y abrume nuestra interioridad y nos
avente, una noche sí y otra también, la bendición del sueño y del ensueño.
Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que debamos llevar nuestra
generosidad, nuestro desprendimiento, ni un milímetro más allá de lo que
permita nuestra dignidad. Quemar, y más en honor de la Fiesta y en defensa de
la misma, podemos quemarlo todo, menos una cosa: menos las prendas de
nuestro sustento moral, de nuestra estima personal; menos aquello que al
quemarse, o al perderse, nos deja desnudos y despreciables. Pero está muy
claro dónde reside exactamente la frontera que marca los valores de unas y
otras cosas. Si llegase un momento, o un punto, en que esta frontera se nos
presentase algodonosa, con perfiles huidizos, entonces deberíamos inclinarnos
por la prodigalidad en la poda de nuestra alma, en la limpieza de nuestra
interioridad, en la barrida de nuestro patio interior.
La Fiesta de Junio, nuestra Fiesta del Fuego, la que celebramos en recuerdo de
aquel espiritado del desierto, que bautizó a Cristo y que luego degollaron en
Mackeronte, quiere de nosotros, exige de nosotros, que abramos de par en par
nuestra alma, para que por ella salga la alegría y la luz que llevamos dentro.
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