llibret 1980
El Fuego.

LAS PUERTAS DEL ALMA.
Miguel Signes.

 
El alma tiene puertas, como las tiene nuestra interioridad, nuestra intimidad. Quizá podríamos aceptar que alma e interioridad son la misma cosa, aunque no es así. El alma habita en nuestra interioridad, y debe ubicarse en su lugar más noble y entrañable. Tampoco todas las almas, ni todas las interioridades -como todos los cuerpos- son iguales, ni tienen el mismo toque jerarquizado en la escala de los sentimientos, de los pesares y sentires, -y no digamos- de la propia inteligencia. Naturalmente, nosotros nos referimos al alma noble, a la interioridad acogedora, a la intimidad sublimada por toda prenda generosa, sensibilizada, humana; nunca nos podríamos referir, y menos en una ocasión como ésta, a las negras y abisales profundidades, ni a estancias malvadas donde suelen anidar, o agazaparse, las turbiedades de más de un espíritu. Hablamos de claridades y de generosidad.
 
Y al hablar así, alta y pródigamente, creemos que nuestra Fiesta de San Juan, nuestra Fiesta del Fuego, en el que bien pueden quemarse cualesquiera ruindades, es acreedora a que nosotros abramos de par en par la puerta, o las puertas, de nuestra alma, para que por ellas pueda salir a la calle, al encuentro con los demás, todo lo que de noble y solidario abriguemos en nuestra interioridad, en nuestra intimidad. Dejemos que nuestra alma se oree en el aire y con el aire de la amistad, de la confraternidad. Y arrojemos,  también,  puesto que la ocasión es única, al
fuego de junio, cualquier adherencia, cualquier desperdicio, cualquier trapo de suciedad o malquerencia que cargue y abrume nuestra interioridad y nos avente, una noche sí y otra también, la bendición del sueño y del ensueño.
 
Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que debamos llevar nuestra generosidad, nuestro desprendimiento, ni un milímetro más allá de lo que permita nuestra dignidad. Quemar, y más en honor de la Fiesta y en defensa de la misma, podemos quemarlo todo, menos una cosa: menos las prendas de nuestro sustento moral, de nuestra estima personal; menos aquello que al quemarse, o al perderse, nos deja desnudos y despreciables. Pero está muy claro dónde reside exactamente la frontera que marca los valores de unas y otras cosas. Si llegase un momento, o un punto, en que esta frontera se nos presentase algodonosa, con perfiles huidizos, entonces deberíamos inclinarnos por la prodigalidad en la poda de nuestra alma, en la limpieza de nuestra interioridad, en la barrida de nuestro patio interior.
 
La Fiesta de Junio, nuestra Fiesta del Fuego, la que celebramos en recuerdo de aquel espiritado del desierto, que bautizó a Cristo y que luego degollaron en Mackeronte, quiere de nosotros, exige de nosotros, que abramos de par en par nuestra alma, para que por ella salga la alegría y la luz que llevamos dentro.