llibret 1979
Cincuentenario de la Hoguera.

NOCHE DE SAN JUAN DE 1937.
Martínez Mataix.

 
Cuando levantó la vista del papel en que escribía, estaba oscureciendo. Por el bosque abierto por un cañonazo en la pared de la pequeña casa, en que se guarecía, veía la extensa perspectiva del ubérrimo valle aragonés-catalán que bañan y fecundan las cenagosas aguas del Ebro. Aquel pueblo de bajos edificios de sillería, con rejas y balcones de hierro primorosamente forjado, servía a la sazón de albergue por unos días a las tropas que aquel año de 1937, se batían a una y otra ribera del río en las enfangadas trincheras.
 
Por el hueco de luz veía la fértil campiña, las lejanas cumbres de las sierras de Pandols y Cabalis, el punto más alto de La Picosa, los montes de Corbera, la serpenteante carretera de Venta de Camposinos, y allá, a lo lejos, las montañas que guardan Zaragoza.
 
Firmó y al ir a cerrar el sobre, se dio cuenta de que no había puesto fecha, cosa que siempre dejaba para último, porque, en ocasiones, el escribir una carta representaba tarea de varios días con las frecuentes interrupciones que !a actividad del frente imponía. Volvióse, y a otro soldado preguntó:
 
- ¿Tú, qué fecha es hoy?
 
- ¿Hoy? -respondió el interpelado-, 24, 24 de junio.
 
Si no llega a ser por la carta, ni siquiera hubiera sabido que era el día de su santo, el día de San Juan Bautista.
 
Poco a poco fueron apagándose las luces del día mientras que en el negro celaje se encendían, bellas y rutilantes, miles de estrellas que con su pálido resplandor permitían distinguir los contornos de las lejanas montañas. Tapó como pudo con unos trapajos el hueco de la pared y encendió una lámpara que él mismo había hecho con una pequeña botella con gasolina y un trozo de torcida de algodón. A su luz comió el rancho que le dieron, patatas y legumbres en revoltijo, que si en verdad no era cosa exquisita, por lo menos, mitigaba su hambre. Apenas terminó el parco condumio, sonó por el contorno un clarín, oyéndose voces de mando: "¡A formar con armas y bagajes". Carreras, ajetreos, cintos ciñéndose a los cuerpos, mochilas sobre las espaldas, casco hundido hasta las orejas y fusil al hombro...
 
- ¡Nu...merarse!
 
- ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!...
Batallón por batallón fue corriéndose la voz de uno a otro hombre, perdiéndose en la oscuridad unas veces o ganando intensidad en otras. El estaba allí, en su puesto, al lado de un muchacho, casi un niño, recién llegado para cubrir la baja de otro que dejó la piel en la última operación. ¡Cómo notaba ahora su ausencia!
 
Las voces fueron acercándose:
 
- ¡Veintidós! ¡Veintitrés! ¡Veinticuatro!...
 
Al responder con su número, otra vez se le hizo presente la fecha, 24 de junio, San Juan, cuando allá en su tierra, Alicante, se celebraban las fiestas de "Les Fogueres".
 
La columna de hombres, en la luminosa noche solsticial, parecía hecha de acero con el brillo de los cascos, del cañón de los fusiles, de las empuñaduras de los machetes. De pronto se oyó una voz tonante:
 
- ¡Atención! Dee frente! ¡Mar...!
 
La formación, en marcha, silenciosa, levantaba, sin embargo, un rumor vago y confuso con el roce de las toscas ropas, con el golpear de unos con otros los diversos objetos del equipo y las rítmicas pisadas de las claveteadas botas en el suelo.
 
Con la mano izquierda agarraba la correa del fusil pendiente del hombro, caminando a largas zancadas como un autómata porque en su mente sólo había una idea: 24 de junio, fiestas de "Les Fogueres" en Alicante.
 
Recordaba otros años, la alegría de las gentes, las luces en las calles, músicas por todos los contornos de la ciudad, felicidad hogareña.
 
Reaccionando de su abstracción, levantó la mirada hacia la infinita comba de los cielos. Vio relucir sobre él la Estrella Polar, y orientándose buscó anhelante el punto más lejano con dirección a Alicante, como si en su afán pudiera alcanzar a ver el Benacantil, el plácido mar, el hogar familiar... Y fue acongojándose con la evocación de tantas cosas amadas, tal vez perdidas para siempre.
 
Aquella noche de San Juan de 1937, camino de las trincheras, los añosos árboles de los caminos, la campiña aragonesa-catalana, las rumorosas aguas del río Ebro, vieron pasar a la pálida luz de las estrellas del solsticio vernal, a un rudo soldado al que por el atezado rostro caían unas lágrimas.