Batallón por batallón fue corriéndose la voz de uno a otro hombre, perdiéndose en la oscuridad unas veces
o ganando intensidad en otras. El estaba allí, en su puesto, al lado de un muchacho, casi un niño, recién
llegado para cubrir la baja de otro que dejó la piel en la última operación. ¡Cómo notaba ahora su ausencia!
Las voces fueron acercándose:
- ¡Veintidós! ¡Veintitrés! ¡Veinticuatro!...
Al responder con su número, otra vez se le hizo presente la fecha, 24 de junio, San Juan, cuando allá en
su tierra, Alicante, se celebraban las fiestas de "Les Fogueres".
La columna de hombres, en la luminosa noche solsticial, parecía hecha de acero con el brillo de los cascos,
del cañón de los fusiles, de las empuñaduras de los machetes. De pronto se oyó una voz tonante:
- ¡Atención! Dee frente! ¡Mar...!
La formación, en marcha, silenciosa, levantaba, sin embargo, un rumor vago y confuso con el roce de las
toscas ropas, con el golpear de unos con otros los diversos objetos del equipo y las rítmicas pisadas de
las claveteadas botas en el suelo.
Con la mano izquierda agarraba la correa del fusil pendiente del hombro, caminando a largas zancadas
como un autómata porque en su mente sólo había una idea: 24 de junio, fiestas de "Les Fogueres" en Alicante.
Recordaba otros años, la alegría de las gentes, las luces en las calles, músicas por todos los contornos
de la ciudad, felicidad hogareña.
Reaccionando de su abstracción, levantó la mirada hacia la infinita comba de los cielos. Vio relucir sobre él
la Estrella Polar, y orientándose buscó anhelante el punto más lejano con dirección a Alicante, como si en
su afán pudiera alcanzar a ver el Benacantil, el plácido mar, el hogar familiar... Y fue acongojándose con
la evocación de tantas cosas amadas, tal vez perdidas para siempre.
Aquella noche de San Juan de 1937, camino de las trincheras, los añosos árboles de los caminos, la campiña
aragonesa-catalana, las rumorosas aguas del río Ebro, vieron pasar a la pálida luz de las estrellas del solsticio
vernal, a un rudo soldado al que por el atezado rostro caían unas lágrimas.