llibret 1978
Cincuentenario de las Hogueras de San Juan.
JUAN.
Martínez Mataix.
De una Dolora de Campoamor.
"En mi niñez, viendo una estrella errante,
creí, sencillamente
que era un ángel que venía amante
a darme abrazos y a besar mi frente.
Ya joven, ví otra estrella que corría,
y dije, en mi locura:
"es mi estrella del Norte, que me guía
al placer, al amor y a la ventura".
Ví ayer volar un astro mortecino;
que descendió hasta el suelo;
era la estrella de mi buen destino,
que, ya de vieja, se cayó del cielo".
Junto a un amplio ventanal, sentado ante la mesa de un café en una populosa ciudad europea, Juan, un
español ausente de la patria muchos años, veía caer la lluvia sobre las gentes que transitaban por la calle.
Desde su abrigo observaba a cuantos pasaban, adivinando en todos los rostros y en los ademanes idéntica
ansiedad, igual nerviosismo. Caminaban hombres y mujeres como autómatas, sin apenas, al parecer, importarles
el agua que les iba empapando, inmersos sin duda en el frenético ritmo en que la ciudad entera vivía. Allí,
en aquel lugar confortable, pensaba Juan en todo el largo tiempo pasado desde que abandonó Alicante en
pos de una aventura ilusionada, sumiéndose en el torbellino de una existencia que ahora, envejecido y con
precaria salud, se le representaba vacía e inútil porque sólo desengaños y soledad ofrecían al recuento en la
hora austera de la ancianidad inminente. Hundiéndose cada vez más en la meditación, su vida toda fué desfilando
por la mente, retrotrayéndole hasta los años pueriles pasados allá, en Alicante, donde en aquellos días estarían
preparando la celebración de sus fiestas del fuego...
Juan fué un niño imaginativo, inquieto, propenso a sueños y fantasías quiméricas como buen mediterráneo, y
siempre pensó que el limpio cielo alicantino lucía rutilante la estrella de su buen destino de hombre fuerte,
valiente y afortunado, dones de los que estaba seguro que algún día le llevarían a conquistar el mundo.
Cargado de vehemencias y esperanzas, Juan partió un día de su tierra en busca de mayores incentivos para su
espíritu inquieto. Ante él, aureoladas de leyendas, se ofrecían París, Londres o Berlín como lugares mágicos, en
donde los ímpetus juveniles iban a encontrar ambiente adecuado a sus afanes de placer y ansias de fortuna. Para
él, ansioso de la marcha, la escasa herencia legada por sus padres era apenas nada, por lo que con generosa
irreflexión hizo donación de su parte a su hermano, hombre de carácter apocado pero realista, que en verdad
nunca acabó de comprender los arrebatos de Juan.
En principio todo fué bien para el aventurero porque su gallardo porte, el entusiasmo y aire resuelto que se
reflejaba en su mirada le facilitaron amistades, dinero y fáciles conquistas femeninas, pero después, cuando
los años desmoronaron su arrogante físico y la salud fué quebrantándose, se daba cuenta del tremendo desamparo
y soledad en que vivía, pensando constantemente en el hogar de la infancia, donde a buen seguro, si volviera,
encontraría cobijo y cariño entre la familia del hermano, al que nunca olvidó y favoreció en constantes envíos de
dinero y regalos...
Obceso con la idea del regreso, nuevamente presa del frenesí de sus vehemencias e ilusiones, liquidó cuanto no
podía llevar con él y dispuso casi con precipitación el viaje.
Su llegada a Alicante coincidió con las fiestas de "Les Fogueres de Sant Joan", ofreciéndosele la ciudad radiante
de luces y colores. Nada había anunciado al hermano de su decisión, pensando en que sería recibido jubilosamente,
pues en las cartas que recibiera tanto de él como de la esposa, al par que el agradecimiento por sus obsequios,
siempre le hablaban del gran cariño que por él sentían todos.
Por el camino hasta la casa, al mismo tiempo que en su rostro se marcaba una sonrisa por el reencuentro con
tantas cosas entrañables que le recordaban el pasado, en sus ojos pugnaban por brotar unas lágrimas, mezcla
de felicidad y pena porque íntimamente se sabía vencido.
Le acogieron con grandes alardes de efusión, interrogándole con admiración y curiosidad porque Juan había sido
siempre para aquellas gentes como un personaje fabuloso y espléndido.
Sin embargo, la esposa del hermano, mujer calculadora y astuta, algo adivinó en aquel viaje inesperado, porque
la cara demacrada de Juan, aquella voz medio quebrada y la tosecilla que de vez en cuando cortaba las palabras
le hacían intuir algo que ella quería saber... ¡y pronto'
Entre remilgos y forzada sonrisa, recalcando cada palabra, dirigiéndose a Juan le dijo: "Nos alegra mucho que
hayas venido y si no tienes prisa, puedes quedarte con nosotros unos días y cuando quemen las "hogueras", te vas".
Como buscando rectificación a las palabras de la mujer, Juan miró al hermano ahincadamente pero éste ocultó la
cara y rehuyó la mirada, sin atreverse a hablar. Reaccionando con hombría al propio tiempo que tristeza, Juan,
con arrogancia y voz que recobraba por unos momentos el recio tono de otra hora, respondió: "No, no puedo quedarme.
Solamente vine a ver por última vez el hogar de mi infancia y decir adiós para siempre a mi hermano. No soy más que
un visitante apresurado".