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Hablo de mi ciudad y la sueño como gigantesco pebetero de
dulces aromas o como entraña ví a donde se nutre y surge un
deslumbrante manantial de luz. Luz por sus calles: como leves
alfombras tejidas con pétalos de oro; luz de su mar: como ancha
caricia o beso que las olas reciben con transfiguración cromática
de amor, y luz en su cielo, dosel inefable de original inocencia.
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oroplata. Es un fuego joven, casi infantil, gozoso y
travieso que se despierta en la justa mitad de la noche. Y todo lo
inunda de su cálida gracia: pone rubor en la luna; abandona en
el aire un férvido beso estremecido y hasta el mar parece sentir,
como vivo corazón, el diamante abrasador de esta hora. Y es el
sueño, legendarios caminos y fantásticas delicias las que pueblan
nuestra imaginación con raro asombro oriental, primitivo casi,
pero siempre en el huerto intuitivo y profundo, revelador de lo
poético. Alicante ya no es ciudad, inmenso corazón o cráter
arrebatado en embriaguez de belleza apocalíptíca, donde brotan
extrañas fuerzas ancestrales con vigor más allá de lo humano. Es
eclosión vibrante de todos los elementos geológicos, ungidos en
el espíritu creacional que se evidencia en un instante grandioso,
único, de memoria indeleble.
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