llibret 1978
Cincuentenario de las Hogueras de San Juan.

AMOR O FUEGO.

 
Hablo de mi ciudad y la sueño como gigantesco pebetero de dulces aromas o como entraña ví a donde se nutre y surge un deslumbrante manantial de luz. Luz por sus calles: como leves alfombras tejidas con pétalos de oro; luz de su mar: como ancha caricia o beso que las olas reciben con transfiguración cromática de amor, y luz en su cielo, dosel inefable de original inocencia.
 
Yo vivo a Alicante en su pureza, en su elemental y paradisíaca sencillez, como rosa que engendrara el sol en regazo de espumas. Este es el Alicante de mi corazón que mira con hondo reposo de sentimiento. Pero este quieto espejo se quiebra, gime, se exalta y canta en los días de San Juan. Se pierde el dormido y bellísimo jardín estelar en su rostro, se agita la gama cadenciosa de su playa, y las palomas de sus nubes huyen a latigazos de las cárdenas centellas. En esta noche, Alicante no es flor, sino lengua multiforme y sonora; no aroma, sino canción. La crujiente voz de las telúricas moradas rompe la placidez de un letargo de meses, entonando el himno eterno de las sublimes creaciones con el dolor y gozo de la Nada vencida. Se alza no la luz, sino el fuego, elemento que, destruyendo, purifica. Se alza y se expande como un limitado   abrazo   de   ríos   de  sangre,  recamados  en
oroplata. Es un fuego joven, casi infantil, gozoso y travieso que se despierta en la justa mitad de la noche. Y todo lo inunda de su cálida gracia: pone rubor en la luna; abandona en el aire un férvido beso estremecido y hasta el mar parece sentir, como vivo corazón, el diamante abrasador de esta hora. Y es el sueño, legendarios caminos y fantásticas delicias las que pueblan nuestra imaginación con raro asombro oriental, primitivo casi, pero siempre en el huerto intuitivo y profundo, revelador de lo poético. Alicante ya no es ciudad, inmenso corazón o cráter arrebatado en embriaguez de belleza apocalíptíca, donde brotan extrañas fuerzas ancestrales con vigor más allá de lo humano. Es eclosión vibrante de todos los elementos geológicos, ungidos en el espíritu creacional que se evidencia en un instante grandioso, único, de memoria indeleble.
 
Si la pasión incendia las almas. el fuego, quema la noche. Voz y entraña. Amor, tan sólo. Amor en las piedras y en las aguas. Amor en las estrellas cubiertas de ardientes miradas. Amor en ritmo dulcísimo de brisa. Amor íntegro, total, abismando los espíritus en las hondas gallerías de lo misterioso.
 
Esta es mi ciudad en la noche sanjuanera: inmensa selva de oro con hálito de rosas.