llibret 1977
La Festa del Poble.
MAZZANTINI Y YO.
Apuntes para una historia taurina de Alicante.
Juanito Santero (+).

Para los que peinamos canas, y en el caso mío bastantes más que
cabellos negros, la memoria suele ser mala consejera, propicia
siempre a gastarnos bromas rayanas en la paradoja, pues, por
ejemplo, si se nos pregunta por algo sucedido pocas horas antes,
lo más probable es que no sepamos contestar y en cambio,
daríamos fácilmente detalles de algún hecho de medio siglo atrás.
Por otro lado, me complace sobremanera evocar el pasado,
seguramente porque unido a él están mis años pueriles y
juveniles, cuando todavía el mundo me parecía un lugar idílico.
Esa es en gran parte la razón por la que voy dejando poco a poco
constancia escrita de hechos de escaso mérito, lo sé, pero que a
mí se me aparecen como un reflejo rosado del tiempo feliz. Y es
el caso, que aquel torero Luis Mazzantini, una de las grandes
figuras de finales del siglo pasado y principios del actual, era para
mí, en aquellos años de mi niñez, algo así como un dios olímpico
pero con traje de luces. Contribuía a esta especie de idolatría el
que don Luis, como le llamaba todo el inundo, era casi un
gigante, con más de un metro noventa de estatura y un
corpachón de hércules circense. Además de esta espectacular
presencia física, se comentaba que era hombre de alta formación
cultural, como lo demuestra el hecho de que cuando dejó el toreo
al fallecer su esposa, ocupó varios cargos públicos, como
Gobernador Civil de Avila y de Guadalajara. Mazzantini se hizo
torero sin tener una vocación muy definida, pero según una frase
suya que se hizo famosa, en España, “país de los prosaicos
garbanzos, no se puede ser otra cosa más que cantante de ópera
en el Teatro Real de Madrid o matador de toros”, y ni corto ni
perezoso, dejó su cargo de jefe de estación en Santa Olalla y se
lanzó a la aventura de ser torero, pues lo otro, lo de cantante de
ópera -que también hizo pruebas de ello-, no estaba dentro de
sus posibilidades y tener que dar el “do” de pecho le forzaba a
tener que soltar algún que otro “gallo”.
En Alicante, en 1897, lo anunciaron en una corrida de nueve
toros en unión de Fuentes y Minuto. Como en aquel tiempo las
corridas se anunciaban por lo menos un mes antes, a mí me tocó
estar limpiando los zapatos de toda la familia a diez céntimos el
par para poder recoger el dinero de la entrada, que para mí, un
niño de nueve años, valía dos pesetas, porque para los mayores,
el precio era la “respetable” suma de tres pesetas con cincuenta
céntimos. La corrida estaba organizada por la Diputación Provincial,
en ayuda de los establecimientos de beneficencia y como antes digo,
se lidiaban nueve toros, tres de Eduardo Miura, tres de José Antonio
Adelid y tres de José Moreno Santamaría.
Fui a los toros, claro que fui, y salí impresionado, porque como yo había leído infinidad de
veces en las crónicas taurinas lo arriesgado que era entrarle a matar a los toros al hilo de
las tablas y don Luis, a volapié neto le hundió toda la espada a uno de sus tres toros a dos
palmos de la barrera, aquello colmó mi admiración. Por eso, terminada la corrida, me fui
con el tropel de gentes que salía de los toros hacia el hotel donde paraban los toreros.
Tuve la suerte de ver a través de un ventanal a mi ídolo, que se disponía a abandonar el
hotel junto con su cuadrilla, camino de la estación. Con la nariz pegada al cristal no me
perdí movimiento de los toreros, ya vestidos de paisano, algunos, como el picador Badila, a
la usanza andaluza, y les seguí hasta el coche de caballos en el que cargaron los equipajes
y fueron montando.
Con las manos atrás, probablemente con los ojos bien abiertos y quizá la boca
también, a punto de caerme la baba, parado ante la portezuela del coche miraba
yo alelado a aquellos hombres marchosos, arrogantes, para mí aureolados de
todas las glorias, cuando el propio don Luis se me quedó mirando y me
preguntó: “¿Qué chaval, has ido a los toros?”. A mi se me aflojaron todos los
tornillos del esqueleto, pero rehaciéndome le contesté: “Sí, señor. Y le he visto
hacer a usted una cosa que yo no había visto hacer antes: matar un toro a
volapié, al hilo de las tablas”. La mirada de don Luis fue entonces mucho más
penetrante, dejó de sonreirme y volviéndose a los del coche, llamó: “Pepe, Pepe
-era el picador Badila a quien llamaba-, mira lo que dice este chiquillo, que no
había visto nunca matar a un toro a volapié al hilo de las tablas”. Lo comentaron
brevemente y hablándome de nuevo me contestó: “Pues mira, si tú no lo habías
visto nunca, yo. tampoco. Porque para hacer eso hace falta llamarse Luis Mazzantini”.
Seguí unos instantes todavía allí, en pie, esperando que marchara el carruaje y
cuando el cochero animó al caballo con la fusta y la voz de “arre”, volviéndose
otra vez a mirarme Mazzantini, sentenció: “Enhorabuena, chaval, porque tú vas a
ser un buen aficionado”.
En aquella ocasión ya alejada entre la bruma de los muchos años que pasaron,
quedé confirmado en esta afición taurina que ahora, cuando en mi cabeza hay
más alarmes de plata que cabellos negros, sigue igual de entusiasta que cuando
tenía que pasarme todo un mes limpiando zapatos de mis hermanos a perra
gorda que valía el par para recoger las dos pesetas que valía una entrada de toros.