llibret 1977
La Festa del Poble.
HOGUERAS, 1977.
José Vicente Mateo.
Entre mis defectos, limitaciones. carencias y, ¿por qué no?,
vanidades, lo he escrito más de una vez, no cuento la afición a la
futurología. Bastante tiene uno con el presente en el que,
quiéralo o no, está enfrascado, para meterse en las camisas de
otras varas que las propias medidas: las del porvenir que se nos
viene, y se nos viene encima y tan encima que está a la vuelta de
la esquina y en no sé qué altura buena para aplastarnos, para
aplastar cuanto menos a quienes están instalados donde uno, en
el cabo de la buena o la mala esperanza, de la larga espera,
como que dura tanto como su propia vida, de algo, a fuerza de
llamado y loado, en primer lugar por quienes lo cubrieron, amén
de cadenas y torturas, de dicterios, insidias y execraciones,
tópico, degradado y hasta despreciable. En este país que si no
fuera, nos fuera tan desgraciado resultaría ameno y divertido
como ninguno, las palabras más nobles y necesarias han sido
violadas y secuestradas por sus enemigos de siempre, ya no
sabernos cómo hablar, a qué apelar, en quién confiar. A media
España, a la media que, cuando da uno con alguna expresión
feliz, por lo certera, que no por la cantidad de dicha que expresa,
no se resiste a abandonar, vive o malvive desde 1939 a expensas
de dudoso indulto de la otra media, nos han arrebatado los
signos a los que nos aferramos para no sucumbir, despojado de
una voz que llenábamos, con ira y angustia a veces, con nuestra
sangre con frecuencia derramada siempre, y se llama, o llamaba democracia.
Vacíos de nosotros mismos ignoramos qué va a pasar, a pasarnos
mañana, cuando se armen y a seguido quemen estas hogueras
de 1977 que no pocos llamarán democráticas, que ojalá sean,
pero que, ay, en su antevíspera, cuando escribo este papel,
ignoro qué clase de señora democracia van a agasajar, porque,
eso sí, me parece seguro que los furtivos de todo gatuperio, los
impunes que ayer cazaban en los cotos de El Pardo y hoy en los
Ports de Beceit, o en las crestas de Gredos, o, en definitiva, por
toda la geografía hispana, van a seguir armándolas como si aquí
no hubiera pasado nada desde que armaron la gresca terrible de
1936 que, cuarenta y un años después, en éste que algún mísero
le parece que no va a desatar nada de lo que atado y bien atado
quedó embrollado y bien embrollado.
Atentos a las tonadas que se desentonan, nuestros “foguerers”, lo doy
de antemano por cierto, y que me disculpen benévolos a la sagaz
observación, van a despacharse a sus anchas con un sinfín de
variaciones sobre el tema democrático, ése que, confusión de
confusiones y todo confusión, se está, van a identificar ellos con la
mecánica de la urna y el voto, esos objetos que un ausente, el “ausente”
del gran revival, ordenaba a sus mesnaderos rompieran para darles cumplido y
brillante destino. Se disponen seguramente a efigir en el transitorio argumento
del cartón estos días y, ojalá, acierten en su desatino como para a fuerza de
desenfado, buen humor e inclusive inconsciencia, caricatura jovial de la otra gran
caricatura, de la superchería macabra de los signos expropiados, restituirle su
dimensión legítima, restituirla a sus pobres, cuitados y a la postre expoliados fieles.
Expectantes, no aspiramos a más, aguardamos las hogueras de 1977
para ver qué ocurre, ocurrió en sus casi comienzos, qué reflejo,
transparencia o trasunto salvaron de la irrisoria y a la vez seria, casi
dramática “crema” del 15. Esa que en una etapa más del perdurable
estado de excepción que es el Estado en este país, jugaremos otra
opción, apostaremos un as más de la loca y marcada baraja que se nos
entregó, con hado funesto, en días que no sabemos, enloquecidos o
desesperados, si son antes, todavía o siempre.