llibret 1977
La Festa del Poble.
FANTASMAGORIA.
Martínez Mataix.
El pequeño mundo, abigarrado y colorista, desordenado a la vez,
que viene a ser el taller de un artista constructor de “fogueres”,
merece la pena ser visitado en los días inmediatos que preceden
a la plantificación del monumento en la calle. En cierto modo,
aquello es un lugar de sorpresas y misterio... si el visitante pone
la suficiente imaginación para olvidarse de la ficción que le rodea.
Entre aquel laberinto de estrechos callejones formado los trastos
que luego, bien ordenados, serán el catafalco “fogueril”, es cosa
fácil encontrarse súbitamente cara a cara alguno de los “ninots”,
que bien apoyado sobre la pared sitio resguardado, parece como
si desde su rincón estuviera ojo avizor espiando cuanto en el local
sucediera. A veces, la perfección del trabajo de los artistas en la
realización de esos muñecos consigue tales expresiones vivaces,
que el visitante percibe extrañas sensaciones ópticas rayanas en
la fantasmagoría, porque tal vez al revolverse rápido le pareció
que alguno de esos “ninots” se había movido o parpadeado, para
quedar de nuevo quieto, rígido, con la mirada perdida en la nada.
Todo esto se acentúa todavía más en las horas nocturnas,
terminada la jornada de trabajo, en las que el local queda
oscurecido, solitario y silencioso. Apenas algún rayo de luz que
desde el exterior penetre por un ventanuco o rendija deja medio
ver el abigarramiento de ampulosas formas, el resplandor
momentáneo y fugaz del oropel de los ornamentos o quizá el
perfil impreciso de aquellas figuras que se asoman inquietantes,
curiosas y burlonas, desde sus escondrijos, reprochando al
visitante su indiscreta presencia en las horas propicias al embrujamiento.
Para captar estas sensaciones tal vez haga falta ser mediterráneo,
de bien reconocida exuberante imaginación y fantasía, pero es lo
cierto que aunque se sepa que en aquellos pechos de cartón no
se esconde voz humana alguna, ni en aquellas miradas de vidrio
hay ni siquiera una chispa vital, no por eso los oídos dejan de
percibir rumorosos bisbiseos, como igualmente, la vista nos hace
la jugarreta que nos llevaría a casi a la afirmación formal de que
alguno de aquellos muñecos se movió de su sitio, torció la cabeza
o agitó sus manos.
Ese pequeño mundo que viene a ser el taller de un artista «fogueril» es mucho más
auténtico de lo que pueda suponerse. Nadie que no haya tenido la oportunidad de visitarlo
podrá imaginar con qué ahincada intención modela el escultor las figuras, exigiendo a la
arcilla con febril esfuerzo ademanes y gestos que reflejen con exactitud lo que han de
representar luego en la farsa, cuando la “foguera” esté en la calle. Nadie, igualmente,
puede adivinar la sutileza que precisa el pintor para, mezclando los colores, dar
encarnadura a esas figuras que serán delicadas y pálidas damiselas éstas, bravas mozas
lozanas aquéllas, coloradotas y chocarreras mujeres de rompe y rasga las de más allá. Y
así, inculcando retazos de la propia vida, los artistas van poco a poco dando forma al
boceto que se imaginó de antemano hasta dejarlo listo, pronto a saltar desde el taller a la
calle y ofrecerse en la delirante “nit de la plantá” a la curiosidad de todos.
Luego, en la noche de San Juan, cuando en la cima de la fortaleza de Santa Bárbara que
corona el Benacantil se enciende la palmera de fuego, todo ha de arder convirtiéndose en
chispas como lágrimas encendidas, en pavesas y cenizas, donde queda soterrado todo ese
maravilloso mundo que nos hizo percibir misterios y fantasmagorías en la visita al taller de
un artista “fogueril”.