llibret 1977
La Festa del Poble.

LA EDUCACION DEL NIÑO.
Luisa Bernabeu.
 
Cuántas veces, mis queridas amigas, al ir por la calle os habréis encontrado con niños que por sus palabras o por sus acciones os habrán hecho exclamar: ĦQué lástima de criatura, tan mal educada!
 
Desgraciadamente es así. Pero esos pobres niños no tienen la culpa: son sus padres, que, despreocupados de esta misión, confían sólo en los maestros lo que en gran parte corresponde a ellos mismos.
 
La misión del maestro es puramente pedagóqica, pero la formación espiritual del niño corresponde a nosotras las madres.
 
Hay que empezar esta labor desde que el niño nace, para ir preparando su tierno corazoncito y enseñarle el camino que ha de seguir en la vida.
 
Si cuando es pequeño le toleramos con exceso creyendo que cuando sea mayor habrá de corregirse, estamos en un error. Cuando haya crecido será tarde para que se enmiende, y entonces hará su voluntad sin atender los consejos de los mayores que tratan de guiarle por buen camino.
 
Debemos procurar ante todo que no vea en nosotros malos ejemplos. Que nuestros modales y nuestras actitudes sean dignos de imitar.
 
Que el niño se desenvuelva en un hogar tranquilo y apacible donde reine la mayor armonía, base principal de un futuro feliz.
 
El niño es curioso: todo le llama la atención, todo lo pregunta. Hay que saciar su curiosidad que es inagotable. No todos los padres están capacitados para esto. Al niño no se le puede decir todo; hay que emplear una habilidad especial y discreta para que no tenga que tropezar antes de tiempo con la cruda realidad de la vida. En ocasiones es preciso recurrir a la fantasía para idear algo que satisfaga al pequeño sin levantar el velo de la verdad que pudiera perjudicarle moralmente. Sin embargo, al llegar a esa edad en que los niños empiezan a sentir deseos de mayores, de saber el por qué de su existencia, entonces es cuando, tanto el maestro, como los padres, deben agudizar el ingenio para enseñarles y hacerles comprender lo que es la vida, antes que entre ellos, se formen una idea errónea de lo que es la realidad.
 
Si velamos de este modo por la educación de nuestros hijos, el día de mañana, cuando sean hombres, ellos mismos nos lo agradecerán y darán gracias a Dios por el bien que han recibido de nosotras que a la vez sentiremos la satisfacción de haber obrado sensatamente cumpliendo con el sagrado deber educando bien a nuestros hijos.