Esto que voy a relataros no se puede calificar historia ni cuento, pero casi, casi, realidad:
Veréis. Había una familia que vivía en las afueras de un pueblecito; se componía del matrimonio
y tres hijos; vivían alegres con esa paz y esa tranquilidad que se respira en el campo. El padre
y sus tres hijos, al amanecer el día, se dirigían al trabajo; el más pequeño, que tenía pocos años,
con su mochila al hombro y su pequeño rebaño, al monte se encaminaba; los dos mayores, junto
al padre, iban en busca de los aperos de labranza y se internaban en los bancales sembrando y
recogiendo para llevar al pueblo el fruto de su trabajo. La madre quedaba al cuidado del hogar,
confiada y siempre cariñosa, reinando en la casa un ambiente sano y alegre. Así pasaron los años
y los hijos fueron creciendo. Los padres notaban cierta inquietud en el hijo mayor; hablaba poco y
se le veía siempre preocupado, como si algo quisiera decir y no se atreviera, hasta que un día todo
se aclaró; quería ir a la ciudad, quería conocer la vida de la ciudad. Los
padres le dieron su permiso y allí se encaminó con
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entusiasmo y optimismo. Buscó trabajo y luchó noche y día. Hizo nuevas
amistades, también conoció algo que en el campo ignoraba; las falsedades de la gente. Quiso ver
más, saber más, conoció a las mujeres y disfrutó de placeres y correrías sin par. Así pasó algún
tiempo hasta que al fin llegó a la conclusión de que no es una buena solución esta clase de aventuras
y empezó a sentir nostalgia de la placentera vida, de aquella paz hogareña que en su casa disfrutaba
y pensó: ¿Qué es la vida en la ciudad?. Mucho ruido, ajetreo, devaneos, vanidad, orgullo. Estos
pensa-mientos iban haciendo mella en su ánimo y, no encontrándose a gusto, por fin decidió volver a
su campo junto a los suyos.
De nuevo en su casa rehizo su vida, disfrutando de tranquilidad y bienestar, que era lo que él anhelaba.
Al leer esto la mayoría opinará de diferente manera pensando que en las ciudades y grandes capitales
se aprende más, se vive más. No dudo que así será, pero cada uno toma su vida como quiere y como
puede, y... sobre gustos no hay nada escrito.
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