llibret 1976
Cuentos y Realidades.

SIDORO Y LA CAGAORA.
Martínez Mataix.

Le llamaban Sidoro, aunque claro está, su nombre era Isidoro. En el Arrabal Roig, donde vivía, nadie se tomaba la molestia de corregir la mutilación del nombre del santo arzobispo de Sevilla, su patrón. Tenía un alias, un alias que en el barrio era casi una institución: “El Pato”. Como eran varios hermanos y al nombrarlos había que distinguir a unos de otros, a lo de ”Pato” se les anteponía el nombre de pila.
 
Sidoro no era de mucha estatura, pero sí recio, ciclópeo. Tenía un tórax de gigante y sus brazos, largos y gruesos como los de un oso de las cavernas, remataban en unas manos enormes, abotargadas y pesadas igual que guantes de boxeo. La expresión de su rostro era siempre la misma, sin que jamás dejara traslucir sus emociones, como si en su alma simple no existieran alegrías o pesares. Quienes no le conocieran podían, incluso, pensar que fuera mudo porque ni siquiera para saludar abría la boca, limitándose a un ligero movimiento de la cabeza y una mirada fugaz, huidiza, si encontraba a alguien de su trato. Sidoro era un alma cándida, tal vez podríamos asegurar que infantil, con una timidez que le impulsaba a refugiarse en un cariño sin medida por su madre, la única persona en el mundo que al parecer le comprendía y hasta mimaba como si fuera un niño al que hubiera que tratar amorosamente.
 
Tenía nuestro héroe unos grandes y abultados ojos oscuros y tristes, como los de un animalito asustadizo, pero bajo su humilde apariencia se escondía la bravura de un león si alguien o algunos, creyéndole inofensivo, trataban de embromarle para reirse de él. Más de una vez, la oportuna intervención de la madre evitó un desaguisado, pues Sidoro, con su colosal fuerza, constituía una verdadera amenaza para la integridad física de cualquiera.
 
Trabajaba en la Lonja de Pescado y para él era apenas nada cargar cajas y banastas con varias arrobas de peso, quedándole fuerzas todavía, tras despachar la captura de los barcos, para barrer y baldear concienzudamente el recinto. Sobre medio día, con un pequeño capacito colgando de su brazo, llevando en él un puñado de pescado, con andar lento y bamboleante, andar de marinero corriendo un temporal, silencioso, taciturno, regresaba a su casa, de donde había salido antes de hacerse de día.
 
La única distracción de Sidoro era refugiarse en el rincón más oscuro de una taberna del barrio y paladear a pequeños sorbos un vaso de vino, uno sólo, entre otras cosas porque su dinero no le permitía más, y, sobre todo, porque su madre se lo había vetado.
 
Una cierta víspera de San Juan, hace ya muchos años, Sidoro, contagiado sin duda del ambiente festivo reinante en la ciudad, permitió que en la taberna donde como era su costumbre estaba pasando el rato mano a mano con su vaso de vino, le invitaran un grupo de individuos alegres y bullangueros que se mostraron con él amistosos y campechanos. Sidoro desarrugó el ceño y hasta perfiló en sus gruesos labios una mueca que quería ser una sonrisa al ver que aquellos hombres  le  trataban  como  a  un  igual y que además,
ponían ante él un vaso de vino tras otro mientras le palmoteaban amigablemente la espalda. Pero no llegó a emborracharse, ni mucho menos, solamente se puso contento, un poco fuera de sí de alegría, de una alegría que, además, estaba en todo, en las calles, en las personas, rompiendo la monotonía de su retraimiento... Pero se equivocaron todos, Sidoro y aquellos hombres, pues cuando llegó el momento que creyeron oportuno para las bromas y burlas a costa del infeliz cambió por completo el tono del jolgorio. A Sidoro le pareció que cuanto le rodeaba volvía a ensombrecerse y presintió que aquellos individuos pensaban de él que era un pelele, una sombra de hombre, un fantoche del que podían reirse impunemente, y enarbolando las terribles aspas de molino de sus brazos tumbó a tres o cuatro de aquellos sujetos de otros tantos terroríficos mamporros. Como otras veces, la oportuna intervención de la madre, avisada con apuros por alguien, evitó mayores males, pero la buena señora lo que no pudo evitar fue que una pareja de agentes municipales llevaran a Sidoro a la Inspección, que entonces estaba en el propio Ayuntamiento.
 
Para que se sosegara, encerraron a Sidoro en una dependencia destartalada, oscura y maloliente, conocida por sus habituales “inquilinos” como “la cagaora”, que servía de improvisado calabozo para aquéllos que se desmandaban en la ciudad sin que las faltas llegaran a ser nada grave. Pero Alicante estaba en plena vorágine festiva y entre unos y otros se olvidaron de Sidoro, y allí tuvo que pasar la noche, una agitada noche porque las pulgas se encargaron de mantenerle en vigilia.
 
Al día siguiente fue el Alcalde al Ayuntamiento y al entrar en el vestíbulo de la puerta principal algo le llamó la atención. Allí, en la ventana de gruesos barrotes férreos del calabozo, colgante de un hilo había un trozo de cartón con un letrero en grandes caracteres. El Alcalde no pudo reprimir la risa mientras subía presuroso a su despacho, preguntando a los agentes municipales quién estaba encerrado en la improvisada cárcel. Algo confusos, dando explicaciones por el olvido, le dijeron que era Sidoro “El Pato”, pero que si lo creía conveniente, iban a soltarle en seguida. Naturalmente, el Alcalde dijo que sí. pero que lo subieran antes a su despacho. Así se hizo y el propio Alcalde puso en sus manos cinco duros para que pasara las fiestas.
 
Lo que motivó la risa del Alcalde, y no sólo de él sino de todos después, fue que, por lo visto, Sidoro encontró entre los desperdicios y basuras de su incómodo "aposento", una gran tapa de una caja de cartón y con un trozo de madera quemada, probablemente residuo de alguna hoguera hecha por un anterior “inquilino”, escribió unas palabras, puso un hilo y colgó el letrero en la parte de afuera del ventanuco de “la cagaora”, letrero que despertó la hilaridad del Alcalde, porque Sidoro, con extraño sentido del humor en él y probablemente pensando en la zarabanda de las pulgas, había escrito: ESTA NOCHE, BAILE.