Uno, tímidamente, estas confesiones no se hacen sin alguna vergüenza, no
es ni fue en sus años mozos de ánimo demasiado jovial y divertido, las
fiestas, que por añadidura suelen ser bastante ruidosas, y multitudinarias,
nunca lo han atraído mucho que digamos. Más bien, sí, eso debe ser, lo
asustan. A lo mejor es que, pagado de la propia imagen, la de una persona
grave, perpetuamente abismada en asuntos, trascendentes o inmanentes, en
todo caso de seriedad evidente, para él, claro, teme que el jolgorio y su
nervioso torbellino le arrastren y se descomponga y altere la figura. Que,
quien puede garantizarlo, quizá sea tan falsa, subjetiva, convencional como
otra cualquiera, la de otro, o la que otro ha perfilado. Sí, puesto a sincerarse,
un servidor declara que esquiva las fiestas, así, en general, porque no está
nada convencido de que de veras sea refractario a su seducción. Metido en
jarana puede gustarle como al que más, o más inclusive.
¿Toda fiesta? ¿Y si fuera, precisamente ésta, la del fuego, la que rechaza
porque le atrae? Sólo guardando las distancias puede mantener uno la
razonable seguridad de que no lo va a chamuscar ninguna chispa. El fuego es
peligroso, subjetiva, emocionalmente peligroso. Lo han explicado prolijas y
convincentes no sé cuántos sabios. No se trata, claro está, de sus evidentes
riesgos materiales o fisiológicos. Es de los otros. De sus poderes. De su
fascinación. De la atracción encantatoria que ejerce. No hablo en términos
vagos y genéricos. Me refiero a mí. A él y a mí. A las nupcias que, si me
abandonara, contraería con él. Tal vez un desposorio mortal, a la manera de
los bonzos. O no, nada más que un abrazo, o una larga, variada, cambiante
sucesión de abrazos, de ejercicios de mediación. A lo que me veo abocado es
a echar mano de él como agente, brazo interpuesto, ejecutor y, fatalmente destructor.
Tengo miedo del fuego porque tengo miedo de mí, de que me dé por
entregarme y arrebatado decida acabar, decidir es una figura de lenguaje
discretamente eufemística, se me escape la capacidad de decisión, la lucidez
y en definitiva el control; acabe, no escribo con
todo lo que se me ponga por delante, supongo que no
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sería para tanto, que no me daría tan fuerte, pero sí que la emprenda con un sinfín de cosas, eso, cosas. Presumo que no me daría por las
personas, ni por las otras criaturas llamadas inferiores, de veras enfadosas algunas, por ejemplo, las moscas, que no
abundan en el ecosistema de P,licante, o en el mío privado, pero que de cuando en cuando, una, intrusa, nadie afirma
que deliberadamente, no tendría nada de particular que extraviada, invade, eso sí, impertinente, agresiva, cargante
hasta el fastidio.
Sé, presiento, que secretamente acaricio el deseo, intenso y acuciante en ocasiones, de quemar esto, lo otro y lo de
más allá, y de proseguir siempre, siempre, para siempre. Sin pretender ningún tipo de purificación o catarsis. Por el
placer, que debe resultar voluptuoso como un buen orgasmo, de destruir hasta el arrasamiento, hasta parar en la nada,
hasta que no quede nada al alcance de la mano y el fuego, solos el fuego y yo. El fuego irguiéndose como un centinela
del vacío, dueño ya de un vasto y desolado dominio.
Naturalmente que nunca he cedido y sólo quemo tabaco, o sea, la más ionta, vacua y añadiría gratuita, si no hubiera
recordado a tiempo su precio, de las sustancias combustibles. Se levantan alrededor de uno tantos objetos apetitosos, o
sea, incendiables, que un hombre perplejo y dubitativo como yo no sabe por dónde empezar, se quedaría pasmado con
la llama en los dedos. Y ésta es la cuestión: por dónde empezar.
Sin embargo, advierto la dificultad de mi equilibrio, mi condición de pirómano latente y reprimido. Entiendo que debo
actuar, adoptar alguna medida, ponerme en cura antes de que sea tarde y arme un estropicio. Lo que seguramente me
hace falta para superar este estado incierto e interino, de incendiario potencial, es alguna práctica de fogaje y tizón,
unas pequeñas maniobras inocuas e inocentes que descarguen y desahoguen estas energías susceptibles de provocar
una tensión excesiva. Seguramente obraré con cordura, si aguanto un año más, pidiendo el que viene el ingreso en una
comisión de hogueras, con derecho a manejar todos los útiles para encenderla y avivarla. Saldré de mi perplejidad sin
daría, eso espero, para nada.
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