llibret 1974
Fogueres.

RECUPEREMOS LA LENGUA.
José Vicente Mateo.

 
Los tiempos, agraces para no sé cuántas cosechas, inclusive las de las palabras -pensemos en las que a diario se secuestran, escamotean, violan o suplantan-, están en sazón para recuperar, depuradas, las viejas y ancestrales de la tribu. Sabemos al fin, si el oído es sensible para escuchar y entender, que la lengua vernácula, la de los valencianos áureos -March, Martorell, Roís de Corella, Roig...-, retorna de lo vivo lejano, soterrado, durante larga noche enmudecido, para brizar el dificultoso ensueño y encauzar la alerta y tensa vigilia. Después de una pausa, interminable corno un verdadero sepelio, cuando todos los signos apuntaban al definitivo e irremisible silencio de las voces domésticas, trasmigradas a Castilla, volvemos a ellas, a las antiguas y entrañadas de la tradición y la historia genuinas. Rumorean gozosas en los labios de la gente moza y renovada, las leemos en los papeles más cercanos y actuales. Los alicantinos, y no tan sólo los iletrados depositarios de la herencia en la Marina, las Valls y el Alcoainés, coloquian francamente en el “pus bell catalanesc del món” que escribió el cronista Muntaner, el viajero que vino a vivir y morir sedentario en Xirivella, en plena “horta” de Valencia. Numerosos, cada día más numerosos alicantinos prueban con su ejemplo la posibilidad de una normalización lingüística, es decir cultural, enfrascados con un fervor inimaginable ayer mismo en un proceso que es, ni más ni menos, que la búsqueda de la identidad perdida, o extraviada.
 
Pues bien, a estas alturas, en la coincidencia de un progresivo estado de conciencia social con la plausible decisión de estimular y favorecer el decoro y el apresto de los altavoces populares que son los “llibrets”, me parece que quienes manipulan éstos deben plantearse seria y rigurosamente el problema de la lengua, el de la vernácula, por supuesto. El bilingüismo es inobjetable: por evidente, porque esta comunidad es bilingüe, e ignorar o escamotear tal realidad sería una trampa o una estupidez. La cuestión que deben afrontar con valor y con escrúpulo es la de la lengua que, para no meterme en embrollos y provocar sarpullidos pequeñopatrióticos y disquisiciones ahora inoportunas, llamaré también “valenciana”. Ya está bien de zarandearla arbitrariamente. Ha llegado el momento de salir resueltos al paso de la incuria, la barbarie y el desparpajo silvestres e irresponsables con que se la viene usando. Atajemos entre todos la viciosa confusión entre una escritura llana y conversable, la requerida por la circunstancia y la mayoría destinataria, y la jerga híbrida y suburbial, anárquica y desgramaticada con que se pergeñan, e imprimen, las colaboraciones. Que se pongan en ellas análogos cuidados que en las castellanas. Ninguno más, pero tampoco menos. El “valenciano”, convenzámonos de una vez para siempre, es un idioma tan viable y apto, tan “culto” como el que más. Vivo, abierto y libre, si, pero regulado, en orden, con su estructura y su aparato científicos. Un medio de comunicación y expresión suficiente, a todos los niveles, en el que bastantes alicantinos piensan y sienten.
 
A pesar de la holgura anual de su cadencia, los “llibrets” pueden y deben cumplir un rol útil, a largo plazo -inevitable en estos empeños- tal vez fecundo. Ellos y, claro está, cuantos del Ayuntamiento de la Ciudad, para abajo ponen intenciones y obras en la fiesta, en esta fiesta que permanece tozuda y resistente a sus periódicas, combustiones, y que hemos de restituir a su bienaventurado patrón, “Sant Joan”, mientras arde, en la pira simbólica y purificadora el “Chuan” de la oreja ineducada y la grafía torpe. Pueblo, fiesta y buenas letras deben juntar sus manos en el corro jubiloso del solsticio de verano.