llibret 1974
Fogueres.
MI AMIGO EL INGLES HAROLD DAWBER.
Martínez Mataix.
Mi amigo Harold Dawber es lo que pudiéramos definir como un Inglés clásico en su aspecto
psicológico y físico. Su carácter es reposado y reflexivo, sin excluir en ello acusados rasgos
de apasionamiento por sus convicciones. También es alto, fuerte, rubio, de claros ojos y
mesurados ademanes. Vive Harold en Wigan, pequeña localidad entre Manchester y
Liverpool, frente a la Isla de Man, en el mar de Irlanda. Tiene un alto puesto administrativo
en ferrocarriles, lo que le proporciona ciertas facilidades para andar cada dos por tres de
aquí para allá, por lo que conoce más de medio mundo, por lo menos, ese medio mundo
que se puede recorrer sobre rietes de acero. En uno de esos viajes sin horizonte
determinado, hace ya unos años, cayó por Alicante un verano, iniciándose nuestra amistad
del modo más peregrino que imaginarse pueda. Llovía en nuestra ciudad por entonces,
pero llovía torrencialmente, con esos impresionantes aguaceros acompañados de truenos y
relámpagos con los que las famosas cabañuelas agosteñas nos refrescan algunos años.
Nuestro estudio de escultura, situado entonces al pie de la escalinata de la Iglesia de Santa
María, en un bajo, se inundó porque el agua que corría por la calle rebasó la acera y
superó el bordillo del portal. Afanosamente nos entregamos a la tarea de achicar agua del
local por medio de unos cubos, cuando el bueno de Harold, que se habla refugiado bajo el
dintel de la puerta, sin decir palabra vino hacia adentro, se despojó de su chaqueta. se
descalzó y agarrando uno de los baldes nos prestó generosa ayuda. Desde entonces pasó
Harold Dawber a ocupar un puesto destacado en el registro de nuestros afectos.
Más también el hecho relatado trajo consigo el que cada vez que Harold siente deseos de
abandonar su mesa de trabajo allá en Wigan
y lanzarse al mundo, lo haga en dirección a Alicante, por lo que sus
vacaciones de verano, de Navidad o de cuando sean, las pasa
invariablemente entre nosotros, donde le acojemos como si fuera de la familia.
Sin embargo, mi amigo Harold no conoce las fiestas de “Les Fogueres de
Sant Joan”. El pasado año quiso verlas y se puso en viaje, pero llegó a
Alicante al día siguiente de quemarse las hogueras, o sea el 25 de junio, y
sólo alcanzó esa segunda parte de los festejos que entra de lleno en la
celebración de San Pedro. Tratamos de explicarle lo que son “les fogueres”,
su origen y significado, lo que representa para las gentes del país
valenciano la casi adoración del fuego, pero nos tememos que mientras
nos esforzábamos en clarificar y justificar esta fabulosa creación de
nuestros artistas y su posterior destrucción, el amigo Harold pensaba en
aquellas otras hogueras de la guerra que asoló media Europa en los años
40. La visión retrospectiva le entristecía sin duda, porque nos escuchaba
como ausente y muy serio. Tuvimos que decirle que nosotros también
conocimos otras hogueras más espantables que éstas de San Juan.
También hemos visto hogares hasta entonces plácidos y tranquilos
convertidos en desolados montones de ruinas, entre las que asomaban
rotos sillones forrados de añejos terciopelos, trozos de marcos decorados
con pálidos oros, búcaros de porcelana descantillados y destrozados y
retratos de seres amados por las personas que allí habitaran. Sí, aquí
también sabemos el profundo significado de esa famosa frase de Mr.
Churchill de “sangre, sudor y lágrimas... ”. Pero nuestras “fogueres” son
otra cosa, aunque en la noche de San Juan arda Alicante por los cuatro
costados y estallen a puñados los cohetes en el incomparable terciopelo de
un cielo tachonado de estrellas.
Tal vez los alicantinos concebimos “les fogueres” como algo paralelo al
destino humano de vivir y morir. Tal vez por eso reflejamos en los
monumentos callejeros retazos le la vida misma, aunque claro está, los
personajes no son más que cartón y pintura en la superficie y listones por
esqueleto. Sin embargo, el “ninot”, desde que nace, lleva consigo un
trocito del alma del artista que le dio forma, que puso en él el gesto burlón,
el ademán intencionado, la mirada pícara o la actitud graciosa, y como el
alma no muere, resulta por eso que “les fogueres” tiene en si algo
aleccionador, algo que permanece pese a su inmediato fin.
Nosotros quisiéramos que este año no hiciera tarde el amigo Harold y
llegara a Alicante a tiempo de ver “les Fogueres de Sant Joan”. Para él no
es nada cruzar Inglaterra y dejar atrás la albura de las rocas costeras de
Dover, pasar de punta a punta Francia y saltar los Pirineos. Desde ahí, el
paseo por ese trozo de España es una delicia hasta llegar a Alicante.
Que procure el amigo Harold estar aquí el 24 de junio porque es su noche,
una inmensa eclosión de chispas de mil colores anuncian desde la cima del
Benacantil el principio del holocausto purificador hasta convertir en cenizas
las carnes de cartón de los “ninots”.
Quizá entonces comprenda nuestro amigo inglés que el fuego, entre los
hombres nacidos en las orillas mediterráneas, es un impulso y una
inspiración que llega hasta nosotros desde la lejanía de milenios.