llibret 1974
Fogueres.

HISTORIA DE UN AMOR RADIOFONICO.
Luisa Bernabeu.

 
Rosita, de 10 años de edad, salió del colegio; al cruzar la calle no advirtió la llegada de un coche. Al verlo tan cerca quiso retroceder con la mala fortuna de caer de espalda; se oyó un frenazo, todo fue muy rápido pero tarde: las piernas de la nena quedaron aprisionadas bajo las ruedas delanteras del coche. En grave estado la llevaron al sanatorio donde quedó internada: practicantes, médicos, especialistas, operaciones.
 
Así pasaron cinco años, la nena ya era una mujercita, pero no podía caminar; en su sillita de ruedas recorría la casa. Sus padres y familiares la colmaban de atenciones, sus amiguitas la visitaban en muchas ocasiones y vivía feliz con esa conformidad que Dios sabe dar.
 
Tenía un transistor que le acompañaba mientras hacia alguna labor escuchando los programas de radio.
 
Poco a poco se fue dando cuenta de la voz de un locutor, su manera de hablar, de decir las cosas, le gustaba su voz, le encantaba oírle; tanto, que deseaba escucharle todo el día. Su voz le daba alegría, felicidad, ganas de vivir, y lo que empezó siendo como una ilusión terminó siendo un gran amor; estaba enamorada de una voz que no sabía a quién pertenecía, pero le sonaba a gloria, a música. Miraba sus piernas siempre quietas: sabia que no podía aspirar a nada en esta vida, pero al escuchar la voz maravillosa su corazón latía como una mujercita enamorada y se sentía feliz.
 
Así pasó algún tiempo. Un día, dejó de oírse la voz del locutor; pasó un día, y otro día, y otro... Rosita estaba triste, muy triste, apenas comía y dormía, fue perdiendo poco a poco hasta que enfermó. Sus padres estaban muy preocupados y los médicos también; el corazón le fallaba y nada podían hacer; Rosita se iba acabando y la voz, esa voz que ella soñaba, esa voz que durante algún tiempo supo darle vida, esa voz que amaba sin saber quien era su dueño, esa voz que ya no se oía por radio.
 
Sus padres, que sabían del gran amor de su hija, decidieron ir a la emisora. Allí estaba el locutor, era un joven casado y con dos hijas pequeñas; en pocas palabras le pusieron al corriente de lo que ocurría y de la gravedad del caso. Este señor comprendió y prometió ir todas las horas libres que tuviera.
 
Asi lo hizo. Durante dos meses, todos los días la visitaba, le hablaba, leía poesías, historietas en voz alta para que se hiciera la ilusión que era a través de la radio: ella le miraba con cariño y sonreía.
 
Pero, un día, al entrar en la casa se dio cuenta que todo había terminado. Allí en la cama estaba Rosita, con su pálida carita vestida de blanco y en sus labios entreabiertos una sonrisa de felicidad.
 
Esta es la historia de amor
de la triste y frágil Rosita,
enamorada de una voz
que daba luz a su vida.
Amor que brotó en su pecho
puro y claro como un sol,
amor limpio, sin pecado,
que vibró en su corazón.
Amor que la hizo sufrir,
amor apasionado y ardiente,
amor que la hizo feliz,
amor que le dio la muerte.