llibret 1973
La Enseñanza.

UNA PROPOSICION PERTINENTE.
José Vicente Mateo.

 
Desde hace años, cada vez que la ocasión se me depara y alguna con la incomprensiva irritación de uno que otro que muy apegado a la tradición echa a mala parte mis palabras, suelo comentar que las fiestas, las nuestras y las ajenas, han cambiado de sentido. Cundo todo lo que envuelve y cobija la vida nuestra de cada día, y ella por supuesto, se ve sometido a radicales mudanzas, es absurdo, aunque no nos tomemos el trabajo de bajar a la calle, sumirnos en el jolgorio y experimentarlo, sostener con una pasable seriedad que el carácter de la festividad, de las “Hogueras”, subsiste inmutable. Sería tanto como proclamar, vaya prueba de amor, que se reduzca a categoría fósil o gemelamente paleontológica. Y nada de eso. A gusto o a disgusto, general o panicular, caluroso o tibio, San Juan se deja caer puntual por Alicante, y sus oficiantes no faltan a la cita. Más, menos que en los tiempos que fueron. Cualquiera sabe. Uno advierte un gentío copioso en la plaza. Claro que vecinos, asimilados y transeúntes crecemos sin parar.
 
Pero, a lo que iba. Las “Hogueras”, porque el repertorio de urgencias se ha transformado desde las calendas en que se las “reinventaba”; porque somos bastantes más que éramos; por todo lo que ustedes quieran meter en el saco, y mucho cabe, han pasado, o están a punto de pasar, de “diversión” a “inversión”. El tránsito es sustancial. Desplaza algo más radical que los modos y los gestos, la piel y el ademán festivales. Modifica la sustancia de la actividad lúdica. Por consiguiente, las actitudes y las aptitudes, las virtualidades participativas de la comunidad.
 
Cada vez más remisos a aceptar la que para algunos, que como uno deben andar, si mueven los pies, descaminados, constituye la desiderata de la dicha, la civilización del ocio, el negocio, su negación, copa y absorbe ansias y afanes, gobierna y orienta el año entero, incluidos, ay, estos cuatro días que nos tomábamos o se nos daban para el relajamiento de ánimo y cuerpo, liberados de las habituales coerciones, pesadumbres, responsabilidades y demás ataduras restrictivas. Al pobre hombre unidimensional le quedaba, poco era, es cierto, pero menos ofrece la nada, un boquete anual por el que escapar hacia el placer sin que tal expansión supusiera la ruptura o la insolidaridad con su grupo, su clan o su tribu; al contrario. La vieja fiesta, la de la escala demográfica modesta, con posibilidad de relación interpersonal, venía a ser un rito de comulgantes en el que actores y espectadores confundíanse, inseparables ambos roles. Tocaban a fiesta y las tensiones y apetitos espontáneos y naturales reprimidos estallaban en un desbordamiento que aquí y allá se manifiesta explosivo, vomitivo, inclusive, permisivo siempre para arrojar la máscara y dar la cara la desnuda y veraz expresión del semblante. Tal era la fiesta, cuando era “diversión”.
 
Mas hogaño las cosas pintan distintas. La fiesta popular ha pasado a la condición de espectáculo seriado y programado, y espectáculo utilitario, inserto en la mecánica general de los negocios, de los mil y no sé cuántos expedientes para sacarle al prójimo y al extraño el aburrimiento y los humores del cuerpo a fuerza de atacar sus finanzas; inserto en la mecánica particular del negocio turístico. La fiesta es ahora una “inversión”, una más entre las infinitas practicadas.
 
Pues bien, si la fiesta es un hecho distinto al que fue, debe acometerse con talante, procedimientos y, quizá, si los que solían no se adaptan, también hombres distintos. Soy consciente, al aventurar esta sugerencia, de su gravedad, de lo sensible que resultará a los “foguerers” en activo, y les pido perdón, porque, acreedores a mi respeto, acreedores de quienes definen u benefician los destinos últimos de la “sanjuanada”, podrían interpretarla erróneamente. De lo que se trata es que, entre el correr incoercible de los acontecimientos y los decretos inapelables de las alturas, nuestros entrañables y castizos fabricantes de bulla, los desinteresados repartidores de alegría que eran los “foguerers” no tienen sitio. Se pide, se exige que promuevan otra “cosa”, ordenada, reglamentada, codificada y facturada para uso y consumo, consumo y gasto, sobre todo, de forasteros.
 
En tales condiciones pregunto si es conveniente dejar que armen el tinglado de “hogueras” y “barracas” unos aficionados, entusiastas, desinteresados, abnegados, curtidos, es evidente, pero aficionados; si es honesto que los “aficionados” perseveren, desbordados y desplazados como de hecho están, haciendo el caldo gordo a los “inversores”, ¿no habrá llegado el momento de plantearse el futuro de las “Hogueras” de una manera fría, racional y técnica?
 
Las “Hogueras” como “inversión”, como operación rediticia y especulativa, vamos, aneja a las inmobiliaria y mobiliaria en boga, pide a gritos rigor, eficiencia y profesionalidad, una bien administrada reforma tecnológica. Yo, ciudadano consciente de las necesidades más perentorias de Alicante, propongo a los estamentos públicos a quienes compete nuestro desarrollo pongan manos en el asunto y le den los cauces legales, formales, académicos adecuados. Acaben, por mucho que sentimentalmente duela, con los espontáneos, los intrusos, los empiristas, los aficionados en definitiva. Puesto que disponemos de varios centros docentes –CEU, Ciencias Empresariales, Escuela Oficial de Turismo, Profesional de Comercio- véase a cuál se confía la toda y graduación de una propincua, diserta, cualificada, eficaz y desideologizada tecnocracia turísticofestiva. El porvenir de las “Hogueras”, lo que es lo mismo, el porvenir de Alicante reclaman unos doctores ingenieros en “Fogueres”. Ayuntamiento, Diputación, lnformación y Turismo tienen, por nada, por voluntad de servicio público, la idea. Que me perdonen los buenos amigos sumidos hasta hoy en la danza festival, ésos que hicieron efectivo el regocijo de todos, la granjería de pocos. Alicantinos sabedores de que el bien “común” prima sobre toda consideración personal, sé que no serán un obstáculo. También comprenderán que el progreso hace siempre víctimas. Estas, felizmente incruentas. El monumento al “foguerer”, si no sale al “foguerer” tecnocrático, se lo pagará.