llibret 1973
La Enseñanza.
ELOGIO, ALELUYA Y AVENTURA, DEL ALICANTE DE LOS AÑOS VEINTE.
Emilio Chipont Martínez-Mongino.
¡Qué duda cabe!... el Alicante de los años veinte merece el elogio de quienes
no le conocieron, o le conocieron poco -a veces se estima lo que no se ve y
oye- quizás lo amaron por eso más. La aleluya del Alicante de la “beIle
époque” está en cada crónica de los amarillentos periódicos de aquel
momento. Y la aventura en cada empresa, en cada personaje, en cada
inolvidable y bella tonadillera; en el altruismo del señor Prutz; la bondad del
señor Pérez Bueno o la carota de Espadín o el “Negre Lloma”. Pero,
dejemos que hable la época...
INTERMEDIO SENTIMENTAL EN EL MERIDIANO DE LA RAMBLA...
Ferrándiz Torremocha escribía en la prensa local: “Como si se tratase de una señal, surge
la luz inquieta del faro y comienza la zarabanda de llamitas que, saltando de la noche,
prenden en las farolas, en los surcos, sobre los palos de las naves inmóviles... Son como
un cortejo fúnebre del dios-sol, como gotas de su sangre fulgente...”. Ferrándiz escribe en
la prensa local, y con éxito, todos los días, y manda sus crónicas líricas a los diarios de la
villa y corte... Ya ha escrito dos o tres novelas, y algún cuento corto...
El Alicante de los años veinte conserva en el nomenclátor de vías urbanas municipales
nombres como; Alfonso XIII, Adolfo Blanch, Algoría, Bartolomé Arques, Barrejón,
Chapalangarra, Ermita, etc.
Por doce pesetas se puede uno comprar un gran par de zapatos en establecimientos del
ramo de la clase de “La Lucentina”, “El Buen Gusto”, “La Madrileña” o “Julián Infante”...
Porque un traje de 100 pesetas lo confeccionan muy bien León Bravo, Orive o “Elegancias”.
Una familia constituida por cuatro persona podía almorzar un cocido de 1,50 con chorizo,
morcilla, carne de “garreta”, garbanzos verdura y patatas...
Pero al mismo tiempo hay mucha miseria, y no poca hambre... Apóstoles de la Medicina
como don Ladislao Ayela, don José Alós, don Carlos Carbonell, don José Gadea, don
Ramón Guillén Tato, don Angel Pascual, don Ernesto Ripoll, etc., se ven y se desean para
atajar los mil y un males del cuerpo que afectan al pobre de solemnidad. Algunos de estos
médicos llegan incluso a dejar, con la receta, el importe de los específicos determinados
para cada caso. Sin el dinero, no hay en muchos diagnósticos posibilidad de curación.
LAS MIL Y UNA FORMAS DE DIVERTIRSE EN AQUEL ALICANTE
Los espectáculos del Alicante de los años veinte, no eran abundantes, pero había calidad.
El Central Cinema, en la avenida de Méndez Núñez -lugar que hoy ocupa una institución del ahorro- era la
“bombonera”. Allí se representaban las buenas películas de Francesca
Bertini, Perla Blanca y Pina Minichelli, las “vamp” de nuestros padres. Otros
cines eran: el Salón Moderno -como todos llamaban al Monumental-; el
Salón España -cine infantil de nuestros recuerdos con los Buck Jones, Ken
May Nard, Bob O’Stele y hasta Tom Mix-; Teatro de Verano -sede de las
tonadilleras de la época, La Goya, Adelita Lulu, Carmen Flores, Chelito-;
Teatro Nuevo, en la calle de Jorge Juan, que después de nuestra Guerra se
convirtió en garage, y hace poco ha sido demolido. El Ideal, ya era un
buen Cine. En los barrios, sólo existía el Salón Granados, de Benalúa, que
también pasó a mejor vida.
Los cabarets eran “music-halls”. Los de esta ciudad estaban en los calles
de Castaños, Zorrilla, Méndez Núñez, Plaza de Castelar, Chapí, y
respondían a los nombres de “Maxims”, “La Marina”, “Meravillas”, “ideal
Rosales”, “La Golondrina”, “Ideal Artístico”, etc. Por allí desfilaron artistas
de las variedades de la fama de Custodia Romero, La Yanke, Pastora Soler,
Sepepe, Pirulets, Ramper, Balder, Luisita Esteso, Miguel de Molina... Se
podía admirar el espectáculo, tomando un café que costaba sentado una peseta.
La Plaza de Toros ya daba sus buenos espectáculos. Como hoy las corridas
de San Juan y San Pedro alcanzaban fama, sin esquinas.
En las cervecerías y bares, existían muy buenas tertulias, donde el tute
“subastao”, el mus, el cabalito, etc., eran juegos vigentes. Eran las más
famosas: “Bar Alhambra” en la playa del Postiguet; “American Bar”, en los
bajos del Hotel Samper; Bar Nido, en la calle Mayor; Petit Bar en Explanada
6, al lado de la actual “Goleta”; Cantábrico, en Rambla 26; Catiu, en San
Vicente, 2; Pilsen, en San Vicente, 31; La Marquesina, en Plaza de
Castelar; Lledó, en Altamira, 1; o el “As”, en Velázquez, 8.
COLOFON CORDIAL EN EL ESPACIO Y EL TIEMPO
¡Qué tiempos aquéllos, del veinte al treinta...!, diría un castizo, sin pensar
en lo que se avanzó en todos los órdenes. No siempre cualquier tiempo
pasado fue mejor...
La tienda de Leopoldo Asensio tenía de todo, pero... ¿Quién podía comprar
una perdiz estofada, medio kilo de jamón en dulce o una botella de buen
champañ?... La gente trabajaba casi de sol a sol. Con los restos del
“cocido” del mediodía, se elaboraba la “ropa vieja” de la noche. Pollo se
consumía en las grandes solemnidades -la Navidad, o el santo del padre,
entonces patriarca- y no bebía la gente popular coñac de malta.
Tres librerías de lance había en la capital. Las de Emilio Reig en Plaza de
Isabel II -hoy Gabriel Miró-; Ballester, en Mayor 27, y Cándido García en la
Plaza de Alfonso XII. Pero nadie leía, y se “morían” de risa las obras de
Galdós, Baroja o Pereda.
Don Ramón Lloréns, que fue directivo de una gestora de hogueras de los
años cincuenta, poseía un huerto en Primitivo Pérez 4, con una colección
de rosales compuesta por 2.100 variedades. Una docena costaba dos reales, de aquéllos...
En el espacio y en el tiempo nos acordamos de los años veinte, con
cordialidad, poro sin nostalgia. Porque en éste, como en otros casos,
cualquier tiempo pasado no fue -ni mucho menos- mejor que el actual.