llibret 1972
Apocalipsis.

EL FUEGO.

 
Hace milenios, esta ribera mediterránea, ocupada hoy por el contorno alicantino, estaba habitada por unos pequeños grupos de toscos seres humanos que, para buscarse el sustento, habían de estar en constante movimiento de un paraje a otro, hurgando en las oquedades de las rocas o en los agujeros de la tierra, a la busca de pequeñas animales que allí anidaban. Iban aquellos primitivos hombres y mujeres armados de recios garrotes hechos con las ramas desgajadas de los árboles y a veces, sin duda los más valerosos cazadores de la tribu, los que se atrevían a luchar con el enorme oso de las cavernas, esgrimían, en vez de un palo, un sólido hueso femoral proporcionado por las propias víctimas, muertas entre sus manos poderosas y engullidas luego en un, para ellos, suculento festín de carne. A veces, la horda brutal se acercaba a la orilla del mar, sólo cuando éste estaba en calma porque el oleaje los espantaba, y entre gritos de júbilo sacaba de entre las piedras grandes crustáceos que trituraban con caparazón y todo entre sus potentes mandíbulas. Ciertamente, aquellos hombres se diferenciaban en bien poco de otros seres a ellos parecidos aunque cubiertos de pelo y poco propicios a vivir a pie firme sobre tierra, que hacían sus cubiles en la copa de los árboles, a más de tener preferencia en su alimentación por los frutos que al alcance de sus manos tenían en su propio refugio y nido. Sin embargo, no era esto únicamente lo que marcaba una sustancial separación entre el hombre primitivo y los simios, sino su inteligencia, que se manifestaba en todo su comportamiento. En los ojos, en la mirada, reflejaba los cambiantes estados de ánimo, y esto, unido a la risa con la que expresaba su alegría, le hacía distinto a todos los demás animales de la Creación. Aquella nobleza asomada a sus ojos suavizaba sus accesos de fiereza en los momentos de lucha y especialmente, en ciertas circunstancias, un velo de tristeza, de pesar, dejaba traslucir la profundidad de sus reflexiones.
 
Un día, un grupo de estos hombres y mujeres vieron pesadas nubes cenicientas cuajar el cielo y al poco, resonó por entre los valles de la comarca, el fragor horrísono de la tormenta. Primero acogieron jubilosamente las gruesas gotas de agua que sobre ellos caían pero después, al romperse las nubes en rayos y centellas, huyeron despavoridos, buscando refugio en cuevas y agujeros que ellos mismos habían acondicionado en las rocas. Uno de estos hombres, mirando hacia afuera desde la entrada de la guarida, vio caer un rayo sobre un árbol y arder el espeso ramaje. El resplandor del fuego pudo más en su ánimo que el temor a la tormenta. Acercóse a la hoguera casualmente encendida y estuvo un gran rato contemplándola, encantado con el jugueteo inquieto de las llamas. Cuando ya estaba medio extinguida se dio cuenta que entre las brasas había quedado un animalejo achicharrado y con un largo palo, lo sacó de las cenizas. Aquella carne tostada olía bien y, además, su feroz hambre no solía poner muchos reparos a los alimentos que la Naturaleza le brindaba. Le hincó el diente y el sabor, comparado con el de la carne cruda, le satisfizo extraordinariamente. Mientras comía con verdadera delectación aquella carne miraba el fuego, que poco a poco iba extinguiéndose, y algo le hurgaba en la mente. De repente lo comprendió. Allí, frente a él, estaba uno de los principales elementos de los que tendría que servirse para su subsistencia. Arrojó, incluso, la comida que todavía le quedaba y corrió anheloso en busca de más ramas para avivar el fuego, con el propósito de que ya nunca jamás se apagara. Los demás hombres y mujeres de la horda así lo comprendieron también y desde entonces, desde la lejanía de miIenios, arde en este rincón de la ribera mediterránea ese fuego.
 
Por eso, pensamos que como penacho del escudo alicantino, unas llamas serían singular airón, porque el fuego hizo posible que aquellos primeros seres humanos dejaran su vagar incierto de un lado a otro de valles y montañas y se establecieran en firme alrededor de aquellas perennes llamas que la tormenta providencial había encendido y que ardiendo está todavía.