llibret 1972
Apocalipsis.

CARLOS V EN TABARCA.
Vicente Martínez Morella.

 
A mediados del siglo XVIII el jesuita alicantino P. Lorenzo López -en su partida de bautismo aparece Llopez y debió castellanizar su apellido a consecuencia del Decreto de Felipe y sobre el particular- terminaba de poner en orden todos los apuntes que su compañero en la Orden, el P. Juan Bautista Maltés, había ido compilando para hacer una historia de Alicante.
 
Tan interesante obra, a nuestro juicio, no debiera titularse “lIIice ilustrada” como corre en las fuentes bibliográficas de las historias regnícolas, sino como “Disertación histórico apologética en defensa de ser Alicante la verdadera lllice”, como lo consigna el autor después del prefacio. Era creencia muy extendida en el campo histórico por aquel entonces, que la ciudad de Alicante estaba asentada sobre el solar que ocupó la antigua colonia romana Illice.
 
De la referida obra tomamos el dato, poco divulgado, de la estancia del emperador Carlos V en la Isla de Tabarca, isla que a través de los tiempos tuvo varias denominaciones, desde Isla Planesia, llamada así por carecer de altitudes terráqueas; de San Pablo, por creer, según tradición que en ella estuvo el Apóstol de las Gentes, cuando estuvo en España a predicar la Buena Nueva; de Santa Pola, en honor de la celestial patrona de los marineros; del Puerto Ilicitano, por estar frente del famoso puerto de Elche (Santa Pola) -yacimiento importante de un cementerio paleo-cristiano de muchos metros cuadrados de extensión y que fue estudiado por el arqueóIogo P. Belda- y de Nueva Tabarca, tomado a consecuencia del asentamiento de la redención de los cautivos de la isla de igual nombre, perteneciente a la Señoría de Génova, gracias a la generosidad de Carlos III.
 
Vayamos al relato. Carlos V volvía en 1541 de la empresa afortunada de Argel. Mandó poner proa hacia Alicante: se hallaba fatigado y necesitaba descanso. La derrota de la Flota era hacia Cartagena. Pero el César deseaba ir a Alicante. Con fino tacto D. Bernardino de Cárdenas, duque de Maqueda y marqués de Elche, le manifestó que la población no era muy abundante y el puerto nada seguro para el desembarco de su real persona.
 
Entonces fue la flota a la “isla de Santa Pola”. Enterada la Ciudad de Alicante hizo su salva real al pasar frente a ella la galera real. Era una prueba de gratitud y respeto a su rey, que años antes le había enviado para su defensa, dos cañones de cien quintales para ser instalados en el Castillo, en los que estaban sus reales armas.
 
Alicante envió a la isla un bergantín cargado de volatería, de dulces, de vinos, de terneras y otros regalos que pudo acopiar en breve tiempo. El emperador lo recibió con agrado y manifestó al citado marqués de Elche: “Mirad, duque, que estos servicios y regalos no salen de lugares chicos y de poca monta, como me habéis dicho”.
 
A lo visto, el célebre Cárdenas, impidió el desembarco en Alicante para evitar los grandes gestos que ocurrirían con ello de una parte y otra, por desear fuera la cesárea majestad, su huésped.
 
Dato curioso para la historia es que con los regalos que Alicante presentara a Carlos V iba un plano de la ciudad con una breve descripción de la misma y que al verlo mostró su pesar de no haberla podido visitar. Desgraciadamente ese manuscrito no sabemos dónde fue a parar, a pesar de haber visto copia el P. López.
 
Y Tabarca celebró la efemérides del II Centenario del asentamiento de los redimidos por Carlos III, con las publicaciones de una síntesis histórica de Alejandro Ramos; del plano arqueológico de la isla del llorado P. Belda y con la nómina de los asentados que efectuamos, tomada del códice conservado en nuestro Archivo Municipal.