llibret 1971
La Vida es Sueño.
EL MILAGRO DE LAS NOCHES DE SAN JUAN.
Raúl Alvarez Antón.
A veces creo que he soñado cuanto os voy a relatar. Pero juraría
que no es sueño, sino que alguien me ha relatado esto, en algún
rincón de nuestra pintoresca provincia. Lo cierto es que, sueño o
relato, quedóseme clavado este milagro y en ocasión de estas
fiestas de San Juan me permito aflorarlo.
No sé dónde fue, pero sucedió allí, en un pueblecito pacífico que
dormía sus noches en el cabezal de una montaña. Sus gentes,
como todas las de esta comarca, vivían unidas, sin saber de
discriminaciones, ya sociales, ya económicas. Y celebraban sus
fiestas de San Juan a su modo. La chiquillería se preocupaba de
amontonar en la noche de San Juan cientos de objetos que
sobraban en cada casa. En la plaza del pueblo, pronto surgía la
llama pequeña, que se agrandaba paulatinamente, hasta
convertirse en una gigantesca hoguera que "acorralaban", con sus
manos enlazadas, los chicos alegres e ingenuos. Era un año feliz
para todos. Y había alegría a raudales. Pero poco duró. En la noche
de San Juan, resonó primero un grito de terror. Poco después era
una macabra sinfonía de voces y alaridos de angustia.
Unos niños, en sus juegos en derredor de fa "fogata", habían,
posiblemente, sufrido un mal paso y uno de ellos dio con sus
tiernas carnes sobre la candente hoguera.
Carlitos fue el niño accidentado. ¿Cómo fue su desgracia? Nadie lo
pudo saber. Pero Carlitos había quedado ciego. Niño rico del
pueblo, tuvo a mano los más eminentes oftalmólogos, pero todos
coincidieron en su diagnóstico. Carlitos quedaría para siempre en
la sombra, pese a no tener lesión declarada en sus ojos. Su
ceguera, de tipo emocional, no era de fácil curación.
Carlitos creció. Bueno de carácter, fue siempre querido por todos
sus vecinos. Poderoso económicamente, encontró en la
generosidad su mejor consuelo. Y así, su fortuna estaba a la
disposición de todos sus amigos. Y el pueblo se transformó bajo
su protección. ¡Cuántas veces lloraron sus ojos por no poder ver
lo que su mano hacia de bien!. Pero lloró siempre en silencio, a
solas, y para todos tenía su mejor sonrisa. En las noches de San
Juan, Carlos oía reir a los chicos, como en sus años mozos,
cantando y "acorralando" a la hoguera. Sentado junto a los
suyos, era feliz en la noche de San Juan, pese a su triste
recuerdo. Y Carlos quiso que su pueblo tuviera su "hoguera"
como las de la capital, y puso manos a la obra.
La hoguera se construía en un almacén de propiedad suya. Había
elegido el artista, Pedro, un amigo de la infancia que tenía
aficiones pictóricas y escultóricas, fue el encargado de ella.
Todas las tardes Carlos visitaba el taller del "foguerer" y consumía
cigarrillos entre sus dedos mientras sus ojos miraban fijos a la nada.
Llegó la fecha. La "foguera" se plantó. Pedro no quiso decirle la
realidad del tema de la "foguera". Pero el pueblo si que lo supo una
vez plantada. Y Carlos se enteró entonces. Toda su altruista labor a
favor del pueblo quedaba plasmada en bellos cuadros esculto-pictóricos.
Llegó la noche de la "cremá". Carlos aguardó sentado en las cuatro
Esquinas el momento decisivo de la fiesta. Junto a él, hizo que se
sentara el artista, Pedro. Sus aprendices se preocupaban de dar fin
a la "foguera”. Pronto, a las 12, el viento se impregnó de gasolina.
Pronto, la pólvora puso la rúbrica de la muerte sobre la "foguera".
A poco, las llamas bailando lamiendo el cartón y la madera. Allí
estaba representado Carlos, cuando chico, y saltando la fogata que
le dejó ciego. El vecindario aplaudía y reía ese momento. Pero
también lloraba cuando las llamas se aferraban al cuerpo de
Carlitos, rememorando aquella triste noche... que quedó atrás ya
va para 20 años. El propio Pedro lloró. Sentado cabe Carlos, sollozó
a rienda suelta. Carlos adelantó su mano..., palpó en la noche y
encontró la mano de Pedro. La llevó a su corazón a la vez que le
decía: "No tengas pena alguna, Pedro. Hace ya muchos años que
cuentas con mi sincero perdón..."
Y aquella noche esos dos hombres quedaron abrazados, llorando,
mientras el fuego purificaba la noche de San Juan de aquel
pueblecito montañoso.
Este es mi relato, que no sé si soñé o alguien me lo contó. Lo
cierto es que esto sucedió, y me atrevo a asegurar que Carlos, esa
misma noche, volvió a ver con sus ojos, antes de sombra, esa
sombra que sólo los celos de un niño travieso, Pedro, le acarrearan
una noche de San Juan.