llibret 1971
La Vida es Sueño.

EL FUEGO, PARA DESTRUIR...
José Vicente Mateo.

 
Risueño o cejijunto, o con el talante entreverado, cada vez que los menudos compromisos anuales me ponen en el brete de dedicar unas palabras a las Hogueras, las chispas de este incendio que participa de la mentira ficción verdadera y la benigna realidad simulada me chamuscan, y no tan sólo en las barbas, al decir de la gente desorientada, eclesiásticas, que ahora cultivo, quién sabe si con inconsciente designio de suicida pavesa. El evidente y ancestral sortilegio del fuego, del que fuere, me encandila, tal vez como a cualquiera -Bachelard y sus teóricos hachones nos alumbren-, y vuelvo, atraído y distraído, a la perenne y bipolar semántica ígnea: destrucción y purificación.
 
El fuego, también el festivo de nuestro Sant Joan, sirve, amén de un sin fin de funciones prácticas y útiles, irreprochablemente serias y necesarias, para acometer esa pareja de tareas, casi siempre convenientes, ahora apremiantes y saludables. Las Hogueras nos vienen a las manos como una estupenda e insoslayable oportunidad para acabar con algunas cosas que, más o menos al estilo de los viejos tiempos, cuando de deshacernos de los chirimbolos apilados en los desvanes se trataba -doméstica nostalgia, lujosa casi, de los cuartos trasteros-, estorban; oportunidad, seamos comedidos y modestos en el deseo, no realizable a la letra y en vivo; aquí, recalquémoslo, nada es cierto: manipulamos palabras y dejamos incólumes los objetos, aunque "tras el infierno de teatro haya incendio de veras", que no es poco, si se piensa que la mayoría de los festejos no quitan ni desbrozan, antes bien afirman y consolidan, divertidos y enajenados, sin más purga que la vaga y atenuada del vomitorio poco más que fisiológico. Nosotros no vamos a ser tan ambiciosos que pidamos a estos días más locos que geniales lo que en parte alguna dan. Contentémonos con soñar, o imaginar, que con la madera y el cartón, con las inocentes materias combustibles, con un poco de suerte representadas por ellas, se destruyen unas, muy pocas, imágenes amargas y opresoras; depuramos y limpiamos los ánimos para las veinticuatro horas del año que cuelga a la espalda.
 
Sin consejos precisos que ofrecer a quienes asumen la responsabilidad y el esfuerzo de poner en pie el tinglado festival, con el convencimiento de saber, eso sí, en qué consiste y por dónde, aproximadamente, debe orientársele, voy a permitirme obsequiarles con unas palabricas de incitación. Metan en la pira cuanto les pese y agobie, cuanto les preocupe y ocupe a pesar suyo, cuanto -de los mil modos posibles- les esté haciendo la pascua, cuanto, bueno, cuanto los celosos celadores de las normas de pacífica y sana convivencia les toleren, y rocíenlo con la gasolina de más octanos que encuentren. Las fiestas, ay, las fiestas resultan -¿por qué no van a resultar?- un ensayo bonito, amable e incruento; una operación que, cuadra del círculo, hace dichosos a todos.
 
Cuando una ciudad dispone, con su fiesta mayor, de un instrumento infalible, el fuego, para aniquilar y purgarse, esa ciudad, sus ciudadanos, tienen, casi, el derecho, o el hecho, de sentirse satisfechos, vecinos de la dicha, mientras toca el alegre y despreocupado cornetín del juego. Si la ciudad, sus ciudadanos, no comprenden que el fuego es también, fatalmente, para destruir, tanto peor para ella, para todos nosotros.